DIA: 7

ORACION

“Estoy percibiendo un perfume a tierra humedecida con albores de humanidad que sube del valle verde inundando mi cuarto de vida. Miro mi estancia en penumbra. En un rincón, la arqueta y la rueca de mi madre; en otro, la cesta, rebosante de ropa limpia, junto a la sillita de coser. Más allá, un búcaro de agua y un tiesto con flores del campo que había recogido con mimo ayer. En la fresquera, albaricoques y manzanas. Las entrañables cosas habituales.

Cada mañana la penumbra me invita al silencio y a recitar el salmo: Levanto mis ojos a ti que habitas en el cielo. Como los ojos de los esclavos pendientes de la mano de su amo, como los ojos de la esclava pendientes de la mano de su señora. Ya estaba desposada con José. Mi ser interior se ensanchó y se abrió en mis entrañas. Mi alma se perdía en un mar de luz. Sentí en los ríos de mis venas una inundación. Algo nuevo, muy especial, estaba ocurriendo dentro de mí. ¿Era la primera vez que veía un ángel? No sé cómo expresarlo con palabras, con mis torpes palabras de aldeana de Nazaret, Sólo sé decir que oí pronunciar mi nombre como una música interior: -Ave María.

La voz del mar, la voz de las estrellas, la voz del llanto, la voz de los mudos sin voz, la voz de los salmos, la voz de la poesía, la voz de la mirada.

-Ave María.

-¡Hola, María -me dijo--, hola!.

¿Hay algo más hermoso para una mujer enamorada que oír pronunciar su nombre? Pues era Dios mismo el que lo pronunciaba con sonido tan peculiar, y me piropeaba diciéndome:

-¡Alégrate, preciosa mía, el Señor está contigo!.

¿Cómo no iba a sentir alegría? En aquel momento era yo la alegría, pues nadaba en el Ser. Enrojecí como lo que era, una adolescente turbada por tanto elogio. «Favorita, llena de gracia, enamorada, preciosa. Y detrás de mi nombre el de mi hijo: Jesús.

Iba a ser madre, me aseguró la luz invisible de Dios, que me visitaba, se iba a hacer visible, iba a tomar carne, nacer como un niño, vivir y morir como un hombre. ¿Era un mensaje? ¿Era una certeza? ¿Era una aparición? No puedo explicar lo que sentí. Me sentí diminuta, como una violeta escondida. Quizás fue por ser la belleza que no se sabe bella, como las rosas son bellas porque no saben que lo son, por sentirme tan pequeña, tan natural como una rosa o una estrella perdida.

Aquel mensaje me anonadó. ¿Iba yo, María, a dar a luz a la Luz, al prometido por los profetas? ¿Al que Dios llamaba hijo: ”Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy”? ¿Al que Isaías anunciaba como protector de los pobres y príncipe de la paz y que Daniel calificaba de semejante a un hijo de hombre? Pero la voz del mensajero repetía como un poema:

-“El Señor está contigo, contigo, contigo”.

Aquella promesa era como un bálsamo, una lengua de fuego que calentaba mis entrañas.

-“No temas, María, porque gozas del favor de Dios”.

-“Concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo: el Señor, Dios, le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre, y su reinado no tendrá fin”. ¿Cómo decirlo? ¿Puede el poeta atrapar en el poema o el escultor en la estatua toda la plenitud de la vivencia? Algo parecido me sucede a mí. Supe desde dentro que iba a engendrar al Hijo de Dios y me anonadé. Pues estas palabras encendían mi rostro de joven azarada, casi una niña.

Jesús. ¡Nombre nuevo y bello que aromatizó para siempre el mundo! Ya iría siempre unido al mío. “Se llamará Jesús”. Yohsua, en hebreo. Mis labios iban a repetir ese nombre cientos, miles de veces, y mi corazón iba a latir al compás del caminar de sus sandalias, pisada a pisada. Pero ¿cómo se puede concebir a Dios? ¿Ser madre de Dios? ¿Engendrar al increado? ¿Qué iba a hacer yo, una joven de pueblo que acababa de celebrar sus desposorios y a punto de casarse?

El ángel me susurró sobre una fuerza que me acompañaría: una sombra, una protección de Dios. El Espíritu: Ruah, el aliento, el hálito vital, la sabiduría misma. Siempre sobre mí sentía dos manos grandes que aleteaban sobre mi cabeza. Sabía que él hablaba en las Escrituras, cuando el salmista escribía “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

-“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te hará sombra”.

Pero hasta las piedras pueden ser pan. El mensajero me dijo que Isabel, mi prima, casada con Zacarías, había concebido en su vejez. De lo joven y lo viejo, del abrazo y de la virginidad nace lo nuevo, nace Dios. Él es siempre el padre de los versos y de las risas, de los trabajos y del arte. Las entrañas muertas de Isabel engendraban, La tierra reseca puede florecer, este pequeño mundo puede dar a luz a Dios.

Siempre había vivido en la luz de Dios. Ahora percibí mejor su sombra, la que hace hermosos todos los abrazos y fecundas todas las lágrimas, la que se proyecta cobijando a cada niño que nace o cae en la tierra para abrazar a los que se apagan en la muerte. Y sentí susurrar al mensajero: -“pues nada, nada es imposible para Dios”.

Vi entonces, como en un suspiro, lo que iba a ser mi vida: la alegría. Y el peso de mi misión. Vi mi soledad habitada y  tiempo de fama y de piedras, de amor y de miedo. Supe que decir que «sí» era como aceptar en mi tierra una semilla que daría al mismo tiempo jardines de flores y punzantes espinas. Pero ¿puede el campo decir no la lluvia y el torrente pararse en el barranco? ¿Puede la flor no perfumar y el cinamomo no destilar aceite para la unción y la curación? Recliné ni alma en la oración, como dice el salmo, “como un niño acurrucado en los brazos de su madre” y enmudecí. Venían como ejércitos de criaturas para llamar a mis puertas de niña-madre encendida en el amor virgen. Querían que les abriera la puerta para poder liberarse y correr hacia el mar. Querían un nombre con el que poder llamar a Dios y una mano de hombre que' poder estrechar y una palabra de hombre para poder escuchar, y una sangre de hombre para aliviar su dolor. Querían un cuerpo blando de hombre al que poder machacar. Todos venían corriendo hacia mí, comenzando por el pueblo de Israel, Moisés al frente por el desierto y seguido de los reyes, los patriarcas y los profetas. Todas las manos suplicaban y todos los ojos me buscaban.

Demasiado peso sobre los frágiles hombros de una niña.

Dije que sí. ¡Dije que sí! ¡Dije que sí!

-“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Dije sí con la naturalidad con que el agua de la fuente se escapa al arroyo y la abeja liba en la flor del manzano. Desde la insignificancia de una sierva sin nombre que habla en nombre de todo un pueblo olvidado, triste pecador y oprimido.

He aquí la esclava, la niña, la última, la servidora, la disponible, atenta, callada, entregada, tuya, amor, toda tuya. Poco a poco las cosas habituales recuperaron su presencia: la arqueta, el canasto, la rueca. El sol ya brillaba radiante en mi ventana y de lejos se oían las voces de los labradores. Para miles de hombres que no creen en el valor de lo pequeño nada había ocurrido en realidad. Porque es tan difícil creer en lo que ocurre en el corazón de una pobre muchacha perdida en una recóndita aldea de Israel, mientras medita sentada en un rincón de su pobre alcoba horadada en la montaña. Dios ama lo pequeño y cuando nace una flor es primavera en el universo.

También me sentí mirada y elegida y llamada y más pequeña, más frágil que nunca. Por vez primera no sólo me supe, sino que me evidencié hecha de tierra y cielo. Mujer”.

Por eso, ahora al terminar de escuchar tu relato inefable, ya no me atrevo a decirte, a orarte, “hermana”, porque acabas de aceptar ser Madre, aunque sigo sintiéndote “hermana”, mi hermanita pequeña, y por tanto más asequible, más comprensiva, más igual, más criatura y ¿qué te voy a decir? ¿qué te voy a pedir? Tú no pudiste estar enferma, porque no tenías el gusano de pecado, yo sí lo puedo estar y lo estoy, y todos los que yo quiero, también lo están, que seas nuestra hermosa enfermera, que nos unjas, que nos cures, que nos des fuerza para seguir escribiendo y hablando de ti, Madre tierna, hermanita pequeña. Díselo a tu Hijo, a nuestro Hermano Jesús. Hazlo, Madre. Amen.

JESUS MARTI BALLESTER