DIA: 8

ORACION

Por fuera todo seguía igual. Como siempre, tenía que caminar por los mismos caminos y saludar a las mismas gentes; pero dentro de mí respiraba la luz y mi corazón podía volar. Vivía con todos, sonreía a todos, pero percibía detrás de las cosas como si el mundo entero fuera un fanal. Mi éxtasis cotidia­no cruzaba por el griterío de la plaza.

Pensaba en la nube sobre mí, la que me protegería. ¿No era una nube de luz? Ella se encargaría de ir aclarando las cosas.

Cuando pocos días después, antes de que amaneciera, cogí un atillo para ir a Ain Karim a visitar a mi prima Isabel, sen­tí que la vida se imponía con sus acontecimientos. Siempre he sabido que hay un plan y que no hay que forzar nada, pero dentro de mi paz sentía una excitación especial.

¡Todos estaban tan ajenos a lo que yo había vivido! Al llevar el cántaro a la fuente las amigas me saludaban como si tal cosa, y mis parientes me decían que se me notaba como más ensimismada y misteriosa. Sólo yo lo sabía. Callaba, sonriendo, pues iba bien acompañada. Me sentía iluminada, arrobada por el abrazo de una palabra pronunciada dentro de mí.

Cuando comencé a vivir con José, mi amor no había cambiado. Le quería más. Mi esposo era un hombre maravilloso. Siempre estaba en el lugar justo. Cuidaba de mí y su sencillez ungía las tardes de quietud hogareña. Pero yo percibía que mi experiencia era in­comunicable, Pero José estaba allí y me quería. Me encantaba apoyarme en su hombro y sentir el rozar de su barba en mi frente.

Yo no le dije nada con palabras, y lo veía preocupado, no porque desconfiara de mí, sino como inquieto, como el ena­morado que intuye secretos inaccesibles en la amada.

Le dije que quería visitar a mi prima Isabel. Hacía medio año que su marido, Zacarías, había tenido una espléndida noticia mientras oficiaba en el templo. Salió de allí con los ojos llenos de lágrimas y completamente mudo. Todos lo miraban sorprendidos. Sólo por señas pudo explicar que, a pesar de su ancianidad, mi prima Isabel, su esposa, estaba embarazada. Isabel estaba como unas pascuas. Hay que conocer lo que para una judía supone ser madre y la tragedia que en nuestra tradición es la infertilidad. «Dame hijos, porque si no me muero», pedía Raquel a Jacob, envidiosa de su hermana; y la vieja Sara se volvió loca de alegría cuando supo que iba a dar a luz en su ancianidad. Todas las mujeres de Israel llevábamos clavada esa historia en el alma. José aceptó  que me pusiera en camino. Así que salí hacia Aim Karim, que distaba más de 150 km de camino desde Nazaret.

-Ve tu sola -me dijo José-, no puedo dejar el trabajo. Te echaré de menos.

Avanzaba por la llanura del Esdrelón, camino polvoriento entre los secos rastrojos de cebada y trigo húmedo, cuando .atravesábamos los verdes sembrados de tréboles. Envuelta en mi manto, me sentía feliz sólo por existir. Me limitaba a escuchar la canción de todas las cosas que armonizaban con mi música interior. El perfil ruborizado del monte Tabor y el campesino que uncía el arado, la brisa fresca que me acariciaba el rostro, cada brizna tenía un sitio y yo podía conversar con Dios sin hablar. ¡Oh, Dios, qué bella la palabra que no se dice y qué música la del silencio interior! El mun­do entero era un salmo y el corazón del mundo me habitaba. Cuando dirigía la mirada al Tabor, me parecía estar viendo a Deborah, que encontró allá arriba a Baraq y a sus galileos, cuando se abalanzó y venció sobre aquella llanura al ejército de Sísara. Esa victoria mili­tar se debió a dos mujeres: Deborah, la profetisa, y Jahel, la es­posa de Jéber. Allí se vio la fuerza de lo débil. Llanuras regadas por la sangre de nuestros padres. Como si los  viera pasar con sus caravanas, cautivos, rumbo a Babilo­nia. Guerras y más guerras. Sangre de madianitas, vencidos por Gedeón. Y al fondo, la sierra de Gelboé, donde cayeron Saúl y Jonatán. Recordé que el Arca de la Alianza fue llevada por aquellos caminos y que David exclamó al llegar a la casa de Obededóm: “¿Cómo es que el arca de mi Señor viene a mí?”.

Cruzamos la praderas de Dothain, donde fue vendido el patriarca José por sus hermanos y partiría a Egipto como esclavo, para ser luego señor de los egipcios. Mi pensamiento voló hacia el otro José, mi esposo, tam­bién hijo de Jacob. Cruzamos Betulia, llena de recuerdos de Judit. Finalmente, divisamos el templo de Jerusalén ardiendo a la luz del ocaso. Una voz me seguía repitiendo sin palabras: “No te­mas, María”. A los cuatro días de viaje, despuntaron las casas blan­cas de Ain Karim, que verdeaban de olivos, viñedos y árboles frutales. Un gozo inexplicable me rebosaba, pues era entonces casi una niña. Por dentro iba a estallar de alegría.

Me encaminé a casa de Isabel. Estaba tendiendo la ropa, me vio desde una ventana y corrió hacia mí loca de alegría.

¡Qué abrazo aquel entre mujeres que se entienden sin pala­bras! Yo me quedé muda. Isabel estaba como arrobada.

-Lo sé, lo sé todo -decía-, “Bendita entre la mujeres, bendito el fruto de tu vientre. ¿Cómo se te ha ocurrido venir, María? ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” ¡Qué vuelco! He sentido un salto de alegría, un baile en mis entrañas. Y mi alma brincaba de fiesta ante la grandeza del Dios que hace cosas grandes. Por un lado salían de mi boca palabras conocidas, repetidas en otros cantos. Engrandecer a Dios era acoger con gozo su presencia, subir a una distancia donde todo se des­borda y volver gozosa y transformada.

¡Todo había sido tan espontáneo y gratuito! Me había mirado. Y su mirada había producido la maravilla. De pronto la tierra yerma florece y la fuerza hablaba por mi pequeñez. Vi palmeras, cinamomos, vides y limoneros en el desierto. No era orgullo lo que sentía exactamente por esa predilección. Era lucidez. Tan poca cosa, como para saberme canal libre donde po­día correr su agua sin medida. Percibía que había llegado el momento del gran cambio, de la esperada noticia.

Porque el Poderoso ha hecho proezas, su nombre es santo.

Su misericordia con sus fieles continúa de generación en generación.

El sol del mediodía había bañado el abrazo de las dos muje­res de Israel, donde el poderoso había hecho proezas. Zacarías se limpiaba las lágrimas. Supe que ellos, como yo, no estaban solos, Eran también predilectos, los escogidos para el canto de la libertad que cambiaba el curso de la historia y nos iba a permitir nacer de nuevo.

Su poder se ejerce con su brazo, desbarata a los soberbios en sus planes, derriba del trono a los poderosos y ensalza a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los  ricos.

Miré con amor los ojos ingenuos y cansados de los que me escuchaban, la gente que trabaja de sol a sol, que lucha por dar algo de comer a sus criaturas, que nunca gozó de abundancia, víctima de un mundo mal repartido. Mi canto no era para los autosuficientes, los que creen saberlo todo, los que están tan llenos de tanta cosa que no son capaces de recibir nada, los in­tolerantes, los intransigentes.

Sentía que venía un tiempo nuevo en que la historia se leería desde abajo, desde los últimos y menospreciados de la tierra. Los ciegos, los cojos, los leprosos, los deprimidos, los fracasa­dos, los desheredados, las prostitutas, los borrachos, los tarta­mudos, los feos, los solitarios, los enfermos, todos ellos se abrían paso hacia la vida.

Los potentados, por su parte, seguirán bien afincados, qui­zás en Roma y Jerusalén, creyendo gobernar el mundo o dis­frutando de unas riquezas tan efímeras como el forraje que olisqueaban las bestias en el corral de mi prima. Creí­an imponerse por la fuerza y el poder. Ahora el mundo, como un calcetín se volvía del revés. Ahora mi canto era mucho más que mi propio canto, señalaba a los que no buscan su seguri­dad en sus riquezas, ni en sus tierras, ni en sus vestidos, ni en su puesto y categoría, ni esclavizan a los demás con este fin.

¡De abajo nacía un hombre nuevo que no se encarama en el trono para oprimir, que no pone su corazón en el oro, ni en el gobierno, sino que anda entre las cosas con el corazón ágil y sabe del amor y de la mesa donde todos pueden sentarse a comer juntos. Me parecía que me iba a estallar de gozo el corazón.

Auxilia  a Israel su siervo, recordando la misericordia, prometida a nuestros padres, en favor de Abraham y su linaje por siempre.

Zacarías reapareció entonces en la puerta de la casa con un cántaro de vino. Aún estaba mudo, pero sus ojos brillantes alababan a Dios mejor que las palabras. Todos los que habían escuchado mi cántico de alabanza fueron invitados. Bajo la parra de la casa del sacerdote el vino corrió de boca en boca con la abundancia de nuestro júbilo, y algunos se pusieron a danzar. Sentí más que nunca, que Dios es Dios de vida y que sólo los humildes, los que están tan vacíos por den­tro como para dejarlo transparentar, pueden disfrutar en el gozo de su danza.

Yo también estreché las manos de aquellos pobres y pequeños, gente como yo, y bailé. Nuestra danza celebraba una protesta y una esperanza. Estaba transmitiendo los gemidos de parto de una tierra hacia su libertad. Celebrábamos, casi sin saberlo, la era de lo gratuito, la grandeza de lo pequeño, la pequeñez de lo grande, el júbilo de ser. El es­píritu hablaba por mí.

Me quedé tres meses para cuidar y acompañar a mi prima Isabel. La hice feliz y yo me sentí también feliz por ello. Paseábamos juntas al frescor del atardecer para compartir confiden­cias. Por un lado, deseaba intensamente volver a estar con José. Por otro, me preocupaba cómo reaccionaría ante mi gran secreto.

-No temas, María -repetía mi prima, dándome su mano. Yo asentía. Como siempre, confiaba en la nube de luz que me cobijaba, me reclinaba en el hondón de mi habitado silen­cio y escuchaba una vez más el favorecida, el contigo, mientras los amaneceres sucedían a las noches dejando en mis labios un sabor a más, un no sé qué de quietud, paso de todo lo visible y permanencia del fuego que desbordaba desde dentro.

Feliz tú porque has creído! Que todo esto que nos has narrado con tanta ingenuidad y belleza se nos haga presente en nuestros días oscuros, en nuestros días sin sol y en los chaparrones, cuando nos traten con desprecio los grandes, cuando nos paguen mal por bien, cuando nos agobie el trabajo, en las noches oscuras del espíritu y en las escasas recompensas de los grandes de este mundo, aún viejo. Que pensemos que todo será nuevo, con tu ayuda, María. Amen.

JESUS MARTI BALLESTER