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LA ASCENSION DEL SEÑOR Ciclo C 20 de Mayo de 2007 Autor: Jesus Marti
Ballester |
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1. "Después los sacó hacia Betania, y levantando las manos los
bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos subiendo hacia el
cielo" Lucas 24,46. El triunfo de Jesús ha sido su admirable
Resurrección, que pedagógicamente se desglosa en tres fases: la resurrección,
que es la victoria sobre la muerte; la Ascensión, que es la exaltación de su
humanidad resucitada; y la misión del Espíritu Santo, que es la culminación
del misterio de la Encarnación. 2. "Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la
vista. Mientras miraban fijos al cielo".
Jesús ha entrado en una nueva manera de existir. Cuando los discípulos
están esperando contemplar su presencia corpórea y visible, "dos hombres
vestidos de blanco, les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando
al cielo?". 3. Desde hoy su presencia en el mundo será distinta; será una
presencia múltiple y misteriosa. El mismo nos ha dicho que El se va, pero
vuelve (Jn 14,28). "No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro
de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis. Aquel día
comprenderéis que yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en
vosotros" (Jn 14,18). Su presencia entre nosotros no será física y
visible, pero será real, según sus palabras: "Yo estaré con vosotros
todos los días". "Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre".
"Lo que hagáis a uno de estos pequeños a mí me lo hacéis".
"Donde dos o más estén reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de
ellos". Todo realidades misteriosas. 4. Va a comenzar la presencia del amor. Los que se aman, aunque estén
distantes, pueden a la vez llevar en sí una presencia de los amados, muy real
y unitiva. Viven compenetrados y participan de los sucesos, dolorosos o
gozosos, que acontecen a cada uno de ellos, interior o exteriormente y están
seguros de la fidelidad mutua, dentro de su misma libertad. Esta presencia
enamorada puede explicarnos la presencia de Cristo con nosotros. 5. Cristo además, se va al Padre: "Si me amarais, os alegraríais
de que me vaya al Padre" (Jn 14,27). Cristo Hombre va al Padre, se
sumerge en el Padre, en el seno del Padre, en la LLama de Amor Viva del
Padre, de la que como Dios, nunca se separó: "Subió a los cielos y está
sentado a la derecha de Dios Padre". Y como Cabeza de la humanidad lleva
consigo a todos los miembros, nosotros. Y así está también presente en
nosotros y nosotros en El. "En El vivimos, nos movemos y
existimos": "Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros
conmigo y yo con vosotros" (Jn 14,20). 6. El libro del Apocalipsis representa el trono de Dios rodeado de los
cuatro Vivientes, que representan a la creación, y de los veinticuatro
Ancianos con vestiduras blancas, que representan al Antiguo y al Nuevo Pueblo
de Dios. Delante del trono aparece Jesucristo en la alegoría de un “Cordero
en pie, como degollado”. “En pie”, o sea, vivo, resucitado. “Como degollado”,
conservando las cicatrices de su inmolación, resaltando los dos aspectos del
misterio pascual: Cristo muerto y resucitado. Cuando Jesucristo, Cordero
vencedor de la muerte, se acerca al trono del Padre y se sienta a su derecha,
resuena en el cielo un himno solemne: “Al que esta sentado en el trono y al
Cordero, la alabanza, el honor, la gloria, la potencia por los siglos de los siglos.
Y los Ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que vive por
los siglos de los siglos” (5,11). 7. La ascensión es día de
gloria para el Hijo de Dios hecho hombre, y para todo el género humano. Hoy
el hombre llega a su suprema realización. Uno de los nuestros, el hermano
mayor, ha entrado en el cielo y se ha sentado a la derecha de Dios. Nuestra
frágil naturaleza ha sido elevada a la dignidad más sublime, ha sido
introducida en la vida íntima de Dios. El pecado y la muerte han sido
vencidos en Cristo, nuestra Cabeza. En nosotros, sus miembros, continúa la
lucha, pero con garantía de victoria. Lo expresa la oración de la misa de hoy
resumen de una frase de san León Magno: “La ascensión del Hijo es también
nuestra elevación, y a la gloria donde ha llegado nuestra Cabeza, tenemos la
esperanza de llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”. 8. La ascensión contiene un gozoso mensaje para el hombre actual, que
aspira a su realización, al despliegue integral de su personalidad, a llegar
más lejos, a subir más alto, a ejercer su señorío sobre el universo. Estas
nobles aspiraciones tienen su plena realización en Jesús, el Hombre nuevo, el
Hombre perfecto, que ha devuelto al hombre “la imagen y semejanza de Dios”
desfigurada por el pecado y la muerte. Cristo ha querido compartir con
nosotros el sufrimiento y la muerte, pero también su victoria y su gloria
junto al Padre: “Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén
conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me
amabas, antes de la fundación del mundo” (Jn 17,24). “Al vencedor le
concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con
mi Padre en su trono” (Ap 3,21). 9. La Ascensión no se parece más a un “adiós” que a una verdadera
fiesta. Se da una diferencia radical como la que hay entre desaparecer y
marcharse. Jesús no se “marchó”, ni “se ausentó”, sino desapareció de la
vista. Quien se va, ya no está; quien desaparece puede estar allí asún,
aunque algo impide verle. En la ascensión Jesús desaparece de la vista de los
apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino
dentro de ellos. Así como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera la
vemos, la adoramos; al comulgar no la vemos, ha desaparecido, pero está
dentro de nosotros. Cristo se queda presente en la Eucaristía, Cuerpo y
Sangre, ofrenda y don suyo, anticipación de su muerte por el mundo, la prueba
mayor del amor entregado. Y vive en nosotros, su presencia palpita en
nosotros: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en
él". 10. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte. Pero si Jesús
ya no está visible, ¿cómo conocerán las persona para conocer su presencia? Jesús quiere hacerse visible
a través de sus discípulos: «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24,
48). Ese «vosotros» señala a los apóstoles que han vivido con Jesús. Después
de los apóstoles, este testimonio oficial pasa a sus sucesores, los obispos y
los sacerdotes. Pero también a todos los bautizados y los creyentes en
Cristo. Leemos en “Cada laico, leemos
en el Concilio - debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la
vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo” (Lumen gentium 38). 11. Afirmó Pablo VI: “El mundo tiene necesidad de testigos más que de
maestros”. Ser maestro es relativamente fácil, bastante menos ser testigo. En
el mundo bullen los maestros, verdaderos o falsos, pero escasean los
testigos. Los hechos, dicen los
ingleses, hablan con más fuerza que las palabras. El testigo es el que habla
con su vida. Unos padres creyentes deben ser, para los hijos, los primeros
testigos de la fe. Muchos niños reciben la primera comunión. Una madre o un
padre creyentes pueden ayudar a su hijo a repasar el catecismo. ¡Hacen algo bellísimo!
Pero ¿qué pensará el niño si después de todo lo que los padres han dicho en
esa preparación, después no van a Misa los domingos, y nunca se santiguan, ni
rezan? Han sido maestros, no testigos. Teresita del Niño Jesús dice de su
padre: Verle rezar era ver cómo rezaban los santos. El testimonio de los
padres no debe limitarse a la primera comunión o de la confirmación de los
hijos. Con su modo de corregir y perdonar al hijo y de perdonarse entre sí,
de hablar con respeto de los ausentes, de comportarse ante un necesitado que
pide limosna, en la conversación que tienen en presencia de los hijos al oír
las noticias del día, los padres tienen la posibilidad de dar testimonio de
su fe. El alma de los niños es una cámara fotográfica: todo lo que ven y oyen
de niños se les queda grabado y un día se revelará y dará sus frutos, buenos
o malos 12. Cristo está también
presente en la Iglesia, nacida de la Eucaristía y alimentada por ella, y de
esa presencia deviene su fecundidad. Hasta ahora era él solo el que actuaba.
Desde hoy, seréis vosotros los que actuaréis, ejercitando los poderes con que
os ha enriquecido, prolongándole a él para llenar de Dios a toda la
humanidad. Ese es el sentido de la pregunta de los hombres vestidos de blanco
a los discípulos qué hacen mirando al cielo, cuando su tarea ha comenzado en
la tierra que el Señor no ha abandonado, porque va a permanecer todos los
días con ellos hasta el fin de los siglos ayudándoles el primero en la
batalla fragorosa para dar a conocer y amar y a extender el Reino de su Padre
(Mt 28,20). 13. "Así estaba escrito:
el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su
nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los
pueblos. Yo os enviaré el Espíritu Santo, que os revestirá de la fuerza de lo
alto". 14. Todos los que hemos sido bautizados somos los llamados,
vocacionados, a prolongar a Cristo, padeciendo y resucitando. El padecer está
unido indisolublemente al resucitar. Y la fecundidad, unida al padecer de
Cristo. Con el bautismo se le ha dado un corte al hombre viejo, y hemos
recibido un injerto del hombre nuevo, hemos sido naturalizados en Dios. El
bautismo es algo más que la inscripción en un registro. Es el nacimiento de
un pequeño cristo que tiene que ir creciendo hasta llegar a la plenitud de la
edad de Cristo (Ef 4,13). Para eso seguimos viviendo vida sacramental
transfundida por los sacramentos. 15. Cristo no se ha ido pues,
para desentenderse de los hombres, sino para multiplicar su presencia
mediante sus cristianos, miembros de la Cabeza que, subida al cielo, nos
envía al Espíritu que nos fortalece. Para eso, mientras Jesús estuvo con los
discípulos les fue creando sacramentos: "Bautizad, Perdonad los pecados,
Esto es mi Cuerpo, Haced esto en memoria mía". 16. No somos un partido
político, sino una comunidad que vive vida sacramental. Somos un pueblo de
hombres nuevos, llamados a vivir en el amor, como la Santa Trinidad. Con la
Ascensión no se cierra el ciclo salvífico, sino que se nos da entrada a los
hombres cristificados para extender su reino. Que no será tener una lista de
nombres que asisten, sino crear una comunidad de hombres muertos y resucitados,
nuevos, salvados. Jesús, al volver al Padre, lleva con El a la Iglesia, como
Cabeza, a la humanidad, a la que llama a ser hija suya por la fe y la gracia
mediante la palabra y los sacramentos, y a la creación salida de sus manos,
que alcanza así la plenitud, el orden y la paz. Cristo subió a los cielos
para tomar posesión del reino de su gloria; para enviar el Espíritu Santo a
los Apóstoles y a su Iglesia; para ser en el cielo mediador e intercesor
nuestro y prepararnos tronos de gloria: "Tenemos un sumo sacerdote
extraordinario que ha atravesado los cielos, Jesús el Hijo de Dios, porque no
tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades,
sino uno probado en todo igual que nosotros, excluido el pecado.
Acerquémonos, pues, con toda confianza al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia y obtener la gracia de un auxilio oportuno" (Heb. 4, 14).
La ascensión del Señor debe fomentar en nosotros de modo especial la virtud
de la esperanza, puesto que El "subió a prepararnos un lugar en el
cielo" (Jn. 14, 2). Este pensamiento está llamado a fortalecernos en las
luchas y tentaciones de la vida recordándonos que "el compartir sus
sufrimientos es señal de que compartiremos su gloria" (Rom. 8, 17) 17. Esa es la maravillosa tarea
de la Iglesia: Crear y alimentar este pueblo, mediante el anuncio de la
palabra y la celebración de la eucaristía, y la oración incesante, que nos da
fuerza y energía para seguir realizando la misión trascendente, universal y
bella, con la ayuda maternal de la Madre de la Iglesia, también subida al
Cielo.. JESUS MARTI BALLESTER |
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JESUS MARTI BALLESTER |
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Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |