HOMILIA EN EL PRIMER ANIVERSARIO DEL TRANSITO DE CONCHITA.

Autor: Jesus Marti Ballester

 

No sería sincero si no os dijera que este año de separación de mi hermana no ha sido duro y amargo para mí. No hemos de hacer una religión inhumana y seca que pierde la sensibilidad ante la separación de los que amamos. Ciertamente me ha dolido mucho la separación. He recordado con verdadera angustia los últimos días de mi hermana humillantes y frágiles, su dolor y sus gemidos y lágrimas, el proceso de su debilitación, sus postreras palabras sus respuestas a las jaculatorias que yo le sugería, su agonía y ¡ay dolor!, su último suspiro. ¡Es cruel contemplar el desmoronarse implacable de una vida joven y vigorosa sin poder hacer otra cosa que entregarla en los brazos de Dios! Después he pensado mucho en su vida sacrificada, sin otra compensación humana que el cariño a sus padres y hermano y a la Obra por la que ofreció todos los dolores de sus operaciones y sus resultados.

Nada supo de las alegrías que, aunque efímeras, el mundo puede ofrecer. Siempre fiel y enormemente sacrificada, obediente y sumisa a sus padres y hermano, a quien idolatraba.

Todo esto me ha hecho sufrir mucho y me lo he tenido que pasar solo porque a mi anciana madre no la he querido amargar más, y los demás, a pesar de u cariño y buena voluntad, no han podido llegar a ese nivel de dolor.

Pero ¿de dónde he sacado los resortes para pasar este año sin depresión ni desánimo?

Ah! Yo he compadecido a los que no tienen fe ni esperanza o su esperanza y su fe son débiles. Porque en estos momentos, ¿dónde encuentra el hombre apoyo, estímulo, fortaleza para no dejarse apabullar y no hundirse, sino en la fe y en la esperanza? Yo os confieso que estos tres años han sido para mí un curso intensivo de fe y esperanza. Nunca había contemplado el misterio de la Participación en la muerte y en la Resurrección del Señor como en estos últimos años. Y nunca lo había predicado tanto.

Ante el misterio de la muerte sin fe todo es absurdo y carece de explicación. Con fe todo se agranda, se sublima se magnifica.

Quiero dar gracias por el don de la fe. Don inmerecido totalmente gratuito, puro regalo de Dios.

Y quiero participaros mi fe al dar testimonio de ella

A mis amigos he comunicado mi dolor, .mi necesidad de ayuda, mi falta de fe más fuerte y viva. Algunas cartas que he recibido de almas santas me han dado el espaldarazo de Dios.

Algunos días he experimentado la presencia de mi hermana, llenando con su amor toda mi casa.

Este amor tan inmenso que nos une -le decía días antes de su partida- no se puede romper, continuará siempre. Y es verdad. Es un argumento que prueba la resurrección y la inmortalidad. ¿Puede terminar y morir un amor tan intenso, limpio y sacrificado ? ¿Puede caer en la nada una criatura tan noble, espiritual y digna y participación de Dios? No. Ese amor no puede morir. Y sigue ahí, está presente aunque invisible, pero operante y activo sin cesar en lo grande y en lo pequeño, aunque sea alertando de la necesidad de un suéter, o del olvido de un monedero. Si; he comprobado que su acción en la tierra la continua en el cielo donde está con María Inmaculada a quien tanto amó e invocó con su jaculatoria predilecta “Madre Inmaculada”, que tan frecuentemente tuvo en sus labios, y quién sabe cuanto en el corazón! Testigo de su amor a la Madre Inmaculada es ese altar de su capilla que, con sus compañeras clavariesas le dedicó.

Su chispa de gracia y humor que nos alegraba la vida familiar y su espíritu emprendedor que no se acobardaba ante nada, su creatividad y actividad eficaz y llena de iniciativas no han muerto. Ahí está en activo, siempre solícita y despabilada, aguda e intuitiva, sagaz e inteligente previsora y entregada hasta muerte.

Aquellos besos al Sagrario de la Clínica llenos de delicadeza, aquellos pequeños servicios, olvidada por completo de sí que le dictaba su gran corazón, aquel empuje para ayudar con tanta eficacia, los veo continuados desde los brazos de Dios y en el esfuerzo de las almas que prosiguen el surco por ella abierto.

¡Conchita no ha muerto! Yo lo afirmo desde el profundo hontanar de mi fe. Conchita actúa. Yo lo confirmo desde el ardor de mi caridad. Conchita nos espera junto a María Inmaculada, cuya fiesta nos ha reunido por ser su santo, y en los brazos de Dios, y nos envía mensajes de amor para alimentar la esperanza de que un día saldrá a nuestro encuentro en la Patria donde ella es feliz, tan feliz, que si ahora me dijeran que vuelve a vivir en la debilidad de la carne, diría: No. No la despertéis de su sueño! Dejadla en el abrazo de su Dios y de su Madre que “¡ya pasó el invierno, y cesaron las lluvias y han brotado flores en la vega y el arrullo de la tórtola se deja oír en los campos; apuntan los frutos en la higuera y la viña en flor difunde perfume”(Cant 2,7). “Dejad a la paloma que anida en el hueco de la peña” (Cant 2, 14) del Corazón de su Dios dejad que se sacie de la hermosura de Dios sin fin ni acabar nunca y que coma el banquete del Reino inmortal, la que cada día se nutrió con el Banquete de la Eucaristía hasta morir. Porque quien come mi Carne y bebe mi Sangre vivirá eternamente y yo lo resucitaré el último día, porque mi Carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre vive conmigo y yo con él... quien come de este pan vivirá para siempre”:(Jn 6,55).”¿Crees esto? – Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Jn 11,26-27).

Yo creo, Señor, que la has resucitado y que es una lámpara encendida en tu Iglesia triunfante." Yo creo que la has bañado en la Sangre del Cordero y que la has recreado y hermoseado para el festín de sus bodas eternas. Gloria a Tí por los siglos!