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DOMINGO 4 DE PASCUA C 29 de abril de 2007 "MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ" Autor: Jesus Marti
Ballester |
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1. Ya Pablo ha sido elegido por Jesús resucitado, -¡qué adquisición!-,
y viaja con Bernabé a la patria de éste, Chipre. Desde allí, llegan a
Antioquía de Pisidia, en Anatolia, lo que hoy es Turquía asiática. Pablo y
Bernabé van el sábado a 2. El rechazo del evangelio en la sinagoga, se extiende a la ciudad,
incitado por los judíos que sublevaron a las mujeres distinguidas y devotas,
y promovieron un motín contra Pablo y Bernabé. "Ya comienza a
alborotarse el demonio, algo le trae", decía Teresa de Jesús. Pero esta
oposición es providencial. Dios escribe con renglones torcidos, que no son
torcidos. De hecho la palabra del evangelio comienza a abrirse paso entre los
paganos. Es su destino. La universalidad. "Dios quiere que todos los
hombres se salven" (1 Tim 2,4). No escucharon porque no eran ovejas de
Jesús. 3. Lo mismo había ocurrido con Jesús. Los judíos que no aceptaban su
palabra, murmuraban, como el antiguo pueblo de Israel. Murmurar es no querer
creer. Con la murmuración, con el rechazo a la palabra, se impide el
movimiento de atracción del Padre hacia Jesús, su revelador. Mientras Jesús
atrae exteriormente con sus palabras y signos, el Padre atrae actuando en el
interior por la gracia de su Espíritu. Las tres lecturas de hoy nos hablan
del gran don de la Pascua: la vida eterna, vida que ya poseemos ahora y que
esperamos conseguir plenamente en el cielo. Decía Santa Teresita: “No sé qué
poseeré más en el cielo. Todo lo tengo ya aquí”. Le falta la plenitud en la
visión y en el gozo del amor. Por eso al morir dice: “Yo no muero. Entro en
la Vida”. Proclamemos que la vocación del cristiano es la vida eterna,
vocación que no sólo no excluye, sino que implica con mayor ahínco y
tenacidad nuestra lucha en la tierra para construir un mundo mejor donde
reine la justicia, la paz, el amor, como frutos de santidad. 4. Los convertidos de Antioquía de Pisidia aceptaron llenos de alegría
la palabra de Dios que los llamaba a “la vida eterna”, conquistada y
prometida por el buen Pastor: “Yo doy a mis ovejas la vida eterna”. El
Apocalipsis nos dice poéticamente la realidad de esta vida eterna, la
bienaventuranza final. San Juan nos presenta su visión de una muchedumbre
inmensa, marcados en la frente con “el sello del Dios vivo” significando que
están bajo su protección. El número de los marcados es de 144.000, o sea,
12.000 por cada una de las 12 tribus del nuevo Israel. No es un número
cerrado, como pretenden algunas sectas, sino un número convencional de la
totalidad del pueblo de Dios, según el simbolismo de las cifras, constante en
el Apocalipsis. 5. Después, el águila de Patmos nos traslada al cielo y nos muestra la
muchedumbre de señalados llegados ya a la meta después de haber combatido
victoriosamente en 6. Somos un pueblo peregrino en marcha hacia la meta final, donde la
fe se convertirá en visión, la esperanza en posesión, el dolor en gozo, el
destierro en patria. Pero bajo la tienda de Dios “no pasarán hambre ni sed”
los que en este mundo hayan apagado el hambre y la sed de sus hermanos; y
“Dios enjugará las lágrimas” de los que en este mundo hayan enjugado las
lágrimas de sus hermanos con la práctica de las obras de misericordia:
“Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de
comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis;
estaba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis... En
verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis... E irán los justos a la vida eterna”. 7. Nos narra San Juan que los judíos estaban inquietos por el origen
de Jesús y se lo manifiestan: - "Si eres el Cristo, dínoslo claramente
de una vez". - "Os lo he dicho con toda claridad y no me habéis
creído". Tenéis ante vuestros ojos mis credenciales, mis obras. Pero no
me creéis porque no sois de las ovejas de mi rebaño, pues "Mis ovejas
escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen" Juan 10, 27. Los que
escuchan su voz están abiertos al proyecto de Dios y lo miran con
simplicidad, sin condicionarlo ni prejuzgarlo. Para comprender a alguien es necesario
sintonizar con él, poseer una mínima afinidad con él, simpatizar con su
persona y escucharle atentamente para poder comprender lo que nos dice o
intenta transmitirnos. Poco a poco, contando con el factor tiempo, el que así
escucha, acaba no sólo por entenderle, sino por identificarse con él. 8. Ocurre en Palestina donde hay muchos y distintos rebaños. Cuando
llega el pastor por la mañana al redil, donde la noche anterior diferentes
pastores han encerrado sus propios rebaños, comienza a llamar a las ovejas, y
cada una reconoce la voz de su pastor. ¿Es fácil reconocer la voz del pastor?
Para las ovejas sí lo es. El timbre de una voz queda grabado en el oído de
las ovejas a fuerza de tanto oírlo y de sentir una querencia por él. Nosotros
tenemos a nuestro alcance la posibilidad de oír cuantas veces queramos la voz
del Pastor. 9. "Las ovejas oyen y conocen su voz". Escuchan la palabra
de Dios, que levanta el alma caída, desinfla la hinchada, corta lo superfluo,
suple lo defectuoso y sana las almas. Porque es espada de dos filos (Hb 4,2),
que corta lo que estorba y lo que impide el crecimiento. No nos cansemos de oír
su palabra. Cuando leemos la Escritura es la voz de Jesús la que nos habla,
es su misma palabra la que escuchamos. Por eso quien desconoce la Escritura
desconoce a Cristo (ambos Testamentos) dice San Jerónimo. Pero hay que
conocerla genuinamente, e integralmente, no leerla ni funtamentalísticamente,
ni selectivamente y a retazos, discriminando y eliminando los más exigentes,
teniendo en cuenta el género literario y la cultura en que se escribió. Para
captar el mensaje de la Escritura, es necesario oír su explanación o
exégesis. Y, sobre todo, orar la Escritura: "El Espíritu os enseñará
toda la verdad" (Jn 16,13). Un paso más será conocer a los Santos Padres,
que gozaron de un carisma especial para su interpretación: "Dios les dio
una sabia perspicuidad para penetrar en el valor de la palabra revelada"
(Card. Herrera). Y conocer a los místicos, a los nuestros sobre todo: San
Juan de la Cruz y Santa Teresa. Y escuchar el Magisterio de 10. Las hagiografías de los grandes cristianos que vivieron con heroísmo
la Palabra, son un espléndido manjar y sustancioso, que no podemos
despreciar: La Iglesia ha puesto en el candelero a Santa Teresita del Niño
Jesús, Nueva Doctora de La Iglesia, luz para 11. Pero hay que oír su voz también en los acontecimientos y en las
vicisitudes por las que estamos pasando, o por las que hemos de vivir.
También le hemos de escuchar en lo que nos dice un hermano o la comunidad, o
en el consejo que cualquiera pueda darnos. No nos creamos portadores seguros
y únicos de la verdad, que nos estrellaremos y sembraremos de sal el campo de
la Iglesia, queriendo acaparar, y apagaremos el Espíritu. 12. "Yo las conozco". El nos conoce a fondo, tal como somos
y sin las caretas que nos ponemos para vivir en sociedad. "Y ellas me
siguen". No se trata pues de tener un conocimiento conceptual y teórico
de Jesús, sino de seguirle vitalmente, caminando con él, rastreando sus
huellas: "El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz cada día, y que
me siga" (Mt 10,38). Los oyentes de Jesús, todos oían, pero no todos
escuchaban, ni menos, no todos practicaban. Por eso dijo: "No todo el
que dice: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos; sino el que
cumple la voluntad de mi Padre" (Mt 7,21). 13. "Y yo le doy la vida eterna". Quiere que vivamos para
siempre con él. Cuando dos se aman sienten horror de tener que separarse
algún día. Cuentan los días y los minutos. Alejandro Casona en “Corona de amor
y muerte» dice en el acto 3.° «Diez años. Pero ¿sabes, lo que son diez años
felices de mujer? No, pobre Pedro, ni lo sospechas siquiera. Son tres mil
días de angustia entre todos los miedos posibles: el de perder la juventud y
la belleza, el de no encontrarte una mañana al despertar, el de sólo pensar
que dejaras de quererme. Y, a veces, el más terrible y estúpido de todos: el
miedo de que algún día, sin saber cómo, pudiera dejar de quererte yo».
(Madrid 1967). A Jesús nadie podrá arrebatarle de la mano al que él conoce y
ama y le da 14. Como "ovejas de su rebaño" Salmo 99, esperamos, pasada
la gran tribulación, lavados y blanqueados nuestros mantos en la Sangre del
Cordero, ser conducidos hacia fuentes de aguas vivas. "Allí Dios
enjugará las lágrimas de nuestros ojos" Apocalipsis 7, JESUS MARTI BALLESTER |
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JESUS MARTI BALLESTER |
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Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |