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DOMINGO XX DEL TIEMPO
ORDINARIO CICLO C 19 de agosto de 2007 “EL FUEGO QUE SEPARA DEPENDE DE TODOS QUE EL
MUNDO SEA MEJOR. CADA UNO DEBE COMPARTIR LA LUZ QUE HA RECIBIDO. NO RETARDÉIS
MÁS LA CONVERSIÓN Autor: Jesus Marti
Ballester |
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1. "Ese hombre debe morir porque está
desmoralizando a los soldados y a todo el pueblo con sus discursos". -
"Ahí lo tenéis", respondió el rey Sedecías, hombre voluble y de
débil voluntad, a sus dignatarios, cuando les escuchó. Entre otras muchas,
esta escena de su entrega, asimila Jeremías a Jesús de Nazaret. Y lo
arrojaron en el aljibe, donde Jeremías cayó de golpe y se hundió en el lodo.
¡Qué precio tan alto hay que pagar por la verdad! Jeremías 38, 4. 3. El profeta sufre la más cruel persecución. Sus
enemigos intentan matarle y para eso lo arrojan en una cisterna. Jerusalén
sufre un asedio prolongado de dieciocho meses. Se multiplican las escenas de
terror: hay madres que se comen a sus propios hijos y comen beben sus propios
excrementos. El mismo rey Sedecías huía con su familia y fue capturado en
Jericó, y vio asesinados a sus hijos, uno a uno, en su presencia. La ciudad
ha sido saqueada, demolida e incendiada, los supervivientes han sido
desterrados a Babilonia, y Jeremías, salvado de la prisión y conducido a
Egipto, muere apedreado por sus compatriotas. Rilke lo ha visto así: "Antes era yo tierno como trigo temprano, mas tú, oh enfurecido, tú has logrado irritar el corazón que yo te había ofrecido, de modo que ahora hierve, igual que el de un león. ¿Qué boca me exigiste que tuviera, entonces, cuando yo era casi un niño? Se ha convertido en una herida: ahora, años fatales sangran de ella, uno tras otro. "Cantaba yo a diario nuevas penas que tú, insaciable, habías inventado, y no fueron
capaces de matarme la boca; mira a ver
cómo puedes calmarla, cuando los que destruyamos y rompamos estén perdidos y dispuestos y hayan perecido en el peligro: pues entonces, en el montón de escombros, quiero, por fin, oír mi voz de nuevo, que era desde el principio sólo un llanto". Jeremías, tipo auténtico de Jesús, inspirador del
poema del Siervo Paciente de Isaías, anticipa también la resurrección de Cristo
al ser liberado de la muerte en la cisterna. San Juan de la Cruz lo rememora
en la "Noche oscura del espíritu", como prototipo de
aniquilamiento. 4. "He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojala
estuviera ya ardiendo!". Estas palabras de Jesús tienen el mismo sentido
que las que pronunció en el Cenáculo, la víspera de su Pasión: ¡Cómo he
deseado comer esta Pacua con vosotros! He venido a prender fuego: a encender las conciencias apagadas, a despejar las mentes embotadas, a levantar los ánimos decaídos, a infundir energía a los abatidos. A eso he venido, a eso os envío: a alentar, a estimular, a reconfortar a los esforzados, a avivar las mechas humeantes, a prender fuego. He venido a prender fuego: el mío es el fuego que arde sin consumirse, el fuego que ilumina a todo hombre y mujer, el fuego que incendia los corazones, el fuego que alumbra en la oscuridad, el fuego que brilla en las tinieblas. A eso he venido, a eso os envío: a arder e incendiar, a brillar. Jeremías, entregado por el rey Sedecías con las
palabras entreguistas: "Ahí tenéis al Hombre", anticipa la entrega
de Jesús al pueblo por Pilato, con las mismas palabras: "¡Ecce
Homo!". Y arrojado en el fango de la cisterna para que allí se pudra, y
liberado, anticipa el calabozo donde Jesús fue metido, y la crucifixión
horrorosa, y la liberación por el Espíritu con su resurrección. Y Jesús no se
echa atrás ante lo que le espera, porque sabe que no hay otra manera de
redimir al mundo y cumplir la voluntad del Padre. 5. El Dios de Jesús no es un dios griego que actúa de
espectador del devenir del mundo, y de los hombres en el mundo, como
"convidado de piedra", sino que actúa como Redentor. Es un actor
más de la historia humana. Con Amor Eterno introduce a su Hijo Amado en la
vorágine de las pasiones de los hombres para que sufra y padezca con ellos y
sea discutido por ellos, convertido en bandera discutida y en "Signo de
contradicción" (Lc 2,35). No viene a quemar al mundo con el fuego de su
Espíritu desde fuera del mundo, sino sumergiéndose en el mar proceloso del
pecado y de los intereses creados de los hombres, del poder y del mal. 6. El anciano Simeón lo había predicho al tomar en
brazos a Jesús Niño: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en
Israel, y para ser señal de contradicción a fin de que queden al descubierto
las intenciones de muchos corazones» (Lucas 2, 35). La primera víctima de esta contradicción, el primero
en sufrir la «espada» que ha venido a traer a la tierra, será precisamente
Él, que en este choque perderá la vida. Después de Él, la persona más
directamente involucrada en este drama es María, Su Madre, a la que de hecho
Simeón, en aquella ocasión, dijo: «Y a ti una espada te traspasará e l alma». 7. Viene Jesús en brazos de María, Mira, bosteza y continúa durmiendo; Su padre José le mira sonriendo. Lo mandaba la Ley, a los cuarenta días. El sacerdote ofrecía la Víctima Ignorando lo que estaba sucediendo María sabía que ya estaba redimiendo En gesto de amor y de eucaristía. Los infiernos se comienzan ya a inquietar Sintiendo que su mentira iba a finalizar. Simeón el justo va a profetizar: División, espada, luz y oscuridad. ¿Quién militará en cada bandera? El Reino de Cristo ha comenzado ya. 8. No. Jesús no es un pirómano que enciende el fuego
impunemente desde fuera, sino un acelerador y propagador del fuego, que está
deseando meterse entre las llamas para destruir el mundo viejo de pecado y
crear un mundo nuevo de redención y de gracia y de amor. Toda su vida desde
el pesebre hasta el Calvario, ha sido un reguero de amor. Con ese amor
purifica a los hombres y los salva. Unos le aceptan, otros le contradicen.
Pero él no ha venido a traer al mundo una paz falsa y ficticia, que deje las cosas
como están. Portador del Amor, desencadenará inevitablemente la espada. Los
que se quieran separar de él, no serán forzados a permanecer con él. Cuando
sus discípulos comiencen a extender su fuego de amor, "más fuerte que la
muerte" (Cant 8,6), experimentarán las palabras del Maestro. Si él fue
discutido, también ellos lo serán (Jn
15,20). La palabra de Jesús viene a separar a los hombres, y a romper los
lazos de la sangre y del egoísmo, para crear una familia nueva y universal,
la familia de los hijos de Dios, que "cumplen la voluntad de su
Padre" Lucas 12, 49. Pero el mal, la mediocridad, y la visión mundana de
la vida no se dejan arrebatar la presa sin lucha, incluso en el santuario más
íntimo y primigenio de la familia y del hogar. Santa Juana de Chantal tuvo
que vencer, como tantos, la resistencia de su propia familia al seguimiento
de Cristo. La palabra de Dios ilumina las sombras de nuestra realidad, y
quienes viven en la tiniebla siempre intentarán apagar esa luz (Jn 1,5). Por
eso, para evitarse problemas, siempre ha habido quienes, queriendo vivir a
costa de la palabra de Dios (Am 7,14), la han dulcificado, limándole las
aristas, convirtiéndola en un mensaje de salvación para la otra vida, como si
no tuviera nada que decir sobre la presente. A éstos son a los que denuncia
el profeta Jeremías, porque engañan al pueblo ocultándole que está enfermo y
haciendo así imposible su curación: «Porque, pequeños y grandes, todos
procuran aprovecharse; profetas y sacerdotes practican el engaño. Pretenden curar
a la ligera la fractura de mi pueblo diciendo: paz, paz, y no hay paz» (Jr
6,13-14). 9. “Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra
pelea contra el pecado” Hebreos 12,1. La Carta a los Hebreos individualiza la
naturaleza de la lucha, basada en la palabra evangélica del “abneget
semetipsum”. Niéguese a sí mismo. No hay que esperar las luchas de fuera. Hay
otras luchas previas que pelear, sin las cuales no seremos auténticos
cristianos. Hay que luchar contra el pecado y las pasiones; las costumbres y
los criterios propios que, cuando uno comienza a darse a Cristo en edad
madura, tienen más fuerza porque están muy arraigadas. Es lo que dice San
Agustín: Las zarzas parecen inofensivas cuando están brotando, pero ¡ay
cuando hayan crecido! El fuego de Cristo ha de abrasar las malezas, los
matorrales y el monte bajo que está muy crecido por la lluvia de los años y
porque dejar una costumbre es morir. Para tener fuerza en esa guerra nos
aconseja el Apóstol que no nos sintamos solos e invisibles, sino que sepamos
ver la nube ingente de espectadores que nos contemplan desde la eternidad, el
primero Cristo, cuyo ejemplo de renuncia del gozo inmediato, nos estimula y
nos fortalece. El modelo de Cristo y el de los espectadores que nos
contemplan, junto con la experiencia y la filosofía que nos dicen que vale la
pena pelear como única manera de gozar la paz interior, propiciada por la
gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siempre está orando por nosotros, a
cuya oración hemos de unir la nuestra, para que no nos deje caer en la
tentación y nos libre del mal. El Señor nos pide mucho, pero no nos quita
nada y nos lo da todo. Vale la pena negociar con él. 10. Las palabras de Jesús continúan siendo verdaderas
y actuantes, sobre todo cuando vamos a traerle sobre el altar con el fuego
del Espíritu, presencializando "el bautismo con el que él deseaba
ardientemente ser bautizado", el de su sangre derramada en su muerte en
la cruz para destruir nuestros pecados y los de todo el mundo, que estamos
preparando asistidos por la Madre, a quien Simeón profetizó la espada, para
conducirnos a la intimidad de su vida resucitada, con el Padre y con el
Espíritu Santo. JESUS MARTI BALLESTER. |
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JESUS MARTI BALLESTER |
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Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |