DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

16 de septiembre de 2007

HIJO, DEBERÍAS ALEGRARTE

Autor: Jesus Marti Ballester

 

1. "Señor, da paz a tus fieles" Eclesiástico 36,18. Con esta invocación se abre la misa de hoy. La paz es un don de Dios por Cristo a los hombres. El creador y dueño de todas las cosas  no hizo a los hombres para que se maten entre sí, como estamos viendo horrorizados que ocurre hoy, pues Dios no se recrea en la destrucción de los vivientes.

2. Dios quiere que los hombres vivan en paz, la paz que nos ha ganado Cristo con la sangre de su cruz, y nos dio por sus discípulos a todos. También los hombres deben ser sembradores de paz, para lo cual han de estar en paz con Dios.

3. Por eso al ofrecerle la Eucaristía al Padre le pedimos que "traiga la paz y la salvación al mundo entero" y, cuando participamos del cáliz y del pan que partimos, renovamos nuestras energías para servir a la justicia y a la paz, ya que Cristo se apodera de nuestras vidas para penetrarlas de su caridad.

4. El pueblo hebreo se ha construido un becerro de metal, representando al dios cananeo de la fecundidad, se ha postrado a sus pies y le han ofrecido sacrificios Éxodo 32,7. Se han hecho un Dios a la medida de sus deseos, como dirá Nietzsche: "Si es verdad que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, le salió bien, porque el hombre ha hecho a Dios a su imagen y semejanza".  Hoy, como entonces, los hombres hacen Dios lo que desean que sea su dios, el becerro de oro, o el dinero de plástico, o el sexo, o el poder, o todo a la vez. Después de la idolatría, el Señor dijo a Moisés: "Mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos".

5. Dios quiere disociarse de su pueblo. Moisés intercede y hace recordar al Señor a sus siervos Abraham, Isaac y Jacob, a quienes había prometido una descendencia como las estrellas del cielo. Y el Señor se arrepintió de la amenaza. Moisés se ha convertido en el Intercesor. El Pueblo de Dios, formado a veces integrado por una sola persona, queda constituido en el pueblo con función salvadora en la familia humana. Hoy Moisés, después Jesús y la Iglesia, su proyección. El pueblo descubre a Dios abierto a la intercesión y dispuesto a la misericordia y al perdón. Y conoce la garantía de la continuidad de su Pueblo como pueblo suyo en Dios que perdona.

6. Los fariseos están escandalizados viendo cómo los pecadores y publicanos acuden a Jesús y él les acoge. Para que comprendan la misericordia del Padre, Jesús les cuenta tres parábolas: De entre cien ovejas, una se ha perdido; una mujer ha perdido una moneda, de las diez que tenía; y el hijo menor se ha ido de casa Lucas 15,1.

Cuando hemos perdido la cartera, el carné, o el pasaporte. Los buscamos con desespero y cuando al fin lo encontramos: ¡QUE ALEGRIA! Necesitamos compartirla. Una madre grita llamando a su niño, que se le ha perdido. ¡Qué inmensa alegría cuando lo encuentra! Con demasiada frecuencia conocemos casos de personas, niños, adultos, mujeres, secuestrados, desaparecidos y a padres angustiados y atormentados y a todo un pueblo movilizado en su búsqueda un día y otro día, con zozobra multiplicada. Si al final aparece viva la persona buscada, la alegría de los padres es monumental, emocionadísima e indescriptible. Todos participan en la fiesta.

Las dos primeras parábolas del evangelio son las de búsqueda. De la moneda, cosa inanimada. De la oveja, animal desprovisto del instinto de orientación. La tercera es la de la conversión. El padre no busca al hijo, sino espera que actúe su razón y su amor. El hijo es una persona libre. La libertad es la que puede hacer fracasar la voluntad y el amor de Dios. Dios tiene recursos infinitos para conseguir que nadie arranque de su mano a una sola de sus ovejas. Pero el hombre, abusando de su libertad, tiene capacidad de romper el lazo del amor. Dios ofrece al hijo su casa y su amor. Amor que busca, que perdona, que crea. Esa es su alegría. La alegría del encuentro y de la recuperación, que es evidente en las tres, es mayor sin comparación con el paso de la muerte a la vida, con la resurrección. Pensemos en la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga, o en el hijo de la viuda de Naim, o la de Lázaro. Y la vida que ha perdido el pecador es la vida eterna, la pérdida sin fin de un hijo de Dios.

7. Jesús, encarnación del Amor del Padre, lleva clavada una espina, que constantemente le lacera. Es la actitud de los fariseos y los letrados, que nunca vieron bien el trato que Jesús dispensa a los pecadores públicos. Pero, sobre todo, que desprecian acogerse a su amor que les está invitando a se acogido.

8. Cuando el hijo menor, el de las mil caras, de los mil amores, de las mil tentaciones, pide la herencia, el padre, con gran magnanimidad, pero con el corazón roto, accede a los deseos de su hijo, da libertad, puede imaginarse lo que el hijo hará, pero le deja seguir su camino. El hijo se marcha a un país lejano, y malgasta su vida y su fortuna lejos de su casa. Lo  dilapidó todo en cada ocasión.

Los Padres han visto aquí el alejamiento interior del mundo del padre, la ruptura interna de la relación, la magnitud de la separación de lo que es propio y auténtico. El hijo sólo quiere disfrutar, aprovechar la vida al máximo a tope, mogollón y derrocha la herencia. No quiere ya someterse a ninguna autoridad ni precepto. Se siente autónomo. Es la rebelión moderna contra Dios y su Ley. La libertad nos hace libres, dicen. Al final ha gastado todo. El que era totalmente libre ahora se convierte realmente en siervo, en un cuidador de cerdos que sería feliz si pudiera llenar su estó¬mago con lo que ellos comían. El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso seria libertad. Así una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia nos lo ha demostrado de sobra. Para los judíos el cerdo es un animal impuro, es la expresión de la máxima alienación y el mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavo miserable. ¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el es¬píritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono de todo lo que hasta aho¬ra era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sin límites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochada significa en el lenguaje de los filósofos griegos –sustancia--, naturaleza. El hijo perdido desperdicia su –naturaleza--, se desperdicia a sí mismo, comenta Ratzinger. Benedicto XVI, en Jesús de Nazaret.

9. Llega un momento en que piensa en su padre, en su casa, en sus criados que comen pan y él ni siquiera puede comer bellotas. Y dice: "Me pondré en camino a donde está mi padre, reconoceré que he pecado" y le diré que disponga de mí como de un criado en su casa, a su lado, junto a él. Para llegar a descubrir la verdadera revelación de la MISERICORDIA DE DIOS hace falta una larga evolución espiritual, a través de muchos acontecimientos dolorosos y muchas desilusiones.

10. A esta altura de la narración, Jesús ya los tiene cogidos en la magia de sus palabras. ¿Hace falta ya que les diga la reacción del padre ante el hijo humillado y arrepentido? Sin embargo, Jesús sigue, porque está revelando el corazón del Padre, que es el suyo, porque él es el Padre, “el Padre y Yo somos  uno”. Con toda intención, pero con gran mansedumbre, dibuja con su maestría inimitable, una parábola inmortal. La desarrolla con grandes rasgos de intuición, imaginación, emoción y nudo interesante. Estaban cogidos en las redes de sus labios todos, mientras él narraba la historia del hombre y el corazón de su Padre, que era el suyo. Toda la narración venía siendo un crescendo hacia el clímax del desenlace  enigmático del encuentro del hijo con el padre. Ahí quería llegar Jesús: A poner de manifiesto el Corazón de su Padre. Momento crítico. Estaba revelando su Amor total, fiel e infinito."Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió, y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo". Profundos sollozos de alegría, vestido nuevo y anillo de bodas en el dedo, sandalias sin estrenar, sacrificio del ternero más gordo, y el banquete. La inquietud por lo que se ha perdido sólo tiene comparación con la alegría del encuentro que supone un bien para todos. Lucas subraya la fiesta, la gran alegría que convoca, reúne y necesita ser compartida. Para nosotros es una invitación a dejarnos encontrar por Dios, a crear espacios en nuestra vida para que se realice ese encuentro, a vivir con alegría cada nuevo día.

11. Jesús retorna una tradición que viene de muy atrás: los dos hermanos recorre todo el Antiguo Testamento, comenzando por Caín y Abel, pasando por Ismael e Isaac, Esaú y Jacob, los hijos de Jacob con José. Aquí se trata de la relación entre pecadores y fariseos; se está llamando a la conversión a Dios.  En la parábola aparece el hermano mayor. El hijo mayor, el cumplidor observante del trabajo y de la ley, el que no se fue de casa. Los fariseos eran los escrupulosos cumplidores de la Ley. Cuando el hijo mayor oyó la música y el baile, no quería entrar. En el fondo había añorado igual que el menor, gozar de su libertad y no se había atrevido. Regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja. Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas toda su fortuna, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antes por una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: una vida de trabajo como la suya parece insignificante fren¬te al sucio pasado del otro. La amargura lo invade: “En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos” (15,29). El padre trata de complacerle y le habla con benevo¬lencia. El hermano mayor no sabe de los avatares y an¬daduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo. --Hijo, tú estás siempre conmigo -le dice el padre-, y todo lo mío es tuyo-- (15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo. Son las mismas palabras con las que Jesús describe su relación con el Padre en la oración sacerdotal: --Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío -- (Jn 17, 10). Jesús habla al corazón de los fariseos y de los letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (15,2). Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padre las dice Él mismo a las personas piadosas. La parábola no narra algo remoto, sino lo que ocurre aquí y ahora. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Les pide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación. Pablo recoge esta invitación cuando escribe: --En nombre de Cristo os pedimos que os re¬conciliéis con Dios-- (2 Co 5, 20) Jesús va más allá del momento his¬tórico, pues la invitación suplicante de Dios continúa. Jesús retorna esta temática en un nuevo momento de la actuación histórica de Dios y le da una nueva orientación. Mateo habla de dos hermanos similar al de la parábola: uno asegura querer cumplir la voluntad del padre, pero no lo hace; el segundo se niega a obedecer al padre, pero se arrepiente y cumple su voluntad (Mt 21,28). Comienza la vuelta atrás. El hijo pródigo se da cuenta de que está perdido. Comprende que en su casa era un hombre libre y comprueba que los esclavos de su padre son más libres que él, que buscaba ser absolutamente libre. “Entonces recapacitó y llega la reflexión filosófica de los Padres: viviendo lejos de casa, de sus orígenes, dicen, se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia. Su retorno, su conversión consiste en que reconoce todo esto, que se ve a sí mismo alienado; se da cuenta de que se ha ido realmente “a un país lejano” y que ahora vuelve hacia sí mismo. Y en¬cuentra la indicación del camino hacia el padre, hacia la verdadera libertad de “hijo”. Con las palabras que dice cuando llega a casa manifiestan la dimensión de la peregrinación interior que ha emprendido. Son la expresión de una existencia en camino que ahora -a través de todos los desiertos- vuelve --a casa--, a sí mismo y al padre. Se reconcilia con el padre, a la vez el padre trata de reconciliar a los dos hermanos, problema también acuciante, pues aunque es verdad que se dan casos de relaciones bellísimas entre padre e hijo y hermanos entre sí, también sabemos que hay  numerosos casos negativos de relaciones difíciles entre padres e hijos. Del profeta Isaías es esta exclamación de Dios: --Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí-- (Is 1, 2). Camina el pródigo hacia la verdad de su existencia y, por tanto, a casa. Así, precisamente a través de la figura del Padre, Cristo aparece en el centro de esta pará¬bola como la realización concreta del obrar paterno.

12. Con esta inter¬pretación existencial del regreso a casa, los Padres explican lo que es la conversión, El sufrimiento y la purificación interna que implica. El  padre ve al hijo “cuando todavía estaba lejos”, sale a su encuentro. Escucha su confesión y reconoce el camino interior que ha recorrido, ve que ha encontrado el camino hacia la verdadera libertad. Así, no le deja terminar, lo abraza y lo besa, y manda preparar un gran banquete. Reina la alegría porque el hijo “que estaba muerto” cuando se marchó de la casa paterna con su fortuna, ahora ha vuelto a la vida; “estaba perdido y lo hemos encontrado”. Para los Padres el hijo perdido se convierte en la imagen del hombre, el Adán que todos somos, ese Adán al que Dios le sale al encuentro y le recibe de nuevo en su casa. El padre encarga a los criados que traigan enseguida el mejor traje. Es el vestido de la gracia, que tenía originalmente el hom¬bre y que después perdió con el pecado. Ahora, este «mejor traje» se le da de nuevo, es el vestido del hijo, En la fiesta que se prepara, ellos ven una imagen de la fiesta de la fe, la Eucaristía festiva, en la que se anticipa el banquete eterno. En el texto griego se dice literalmente que el hermano mayor, al regresar a casa, oye --sinfonías y coros--: para los Padres es una imagen de la sinfonía de la fe, que hace del ser cristiano una alegría y una fiesta. Pero lo esencial del texto es la figura del padre. ¿Resulta comprensible? ¿Puede y debe actuar así un padre? Jesús se expresa aquí tomando como punto de referencia el Antiguo Testamento: la imagen original de esta visión de Dios Padre se encuentra en Oseas (11, 1), que habla de la elección de Israel y de su traición: “Cuan¬to más los llamaba, más se alejaban de mí; sacrificaban a los Baales, e incensaban a los ídolos” (11, 2). Dios ve también cómo este pueblo es destruido, cómo la espada hace estragos en sus ciudades (11,6). Y entonces el profeta describe bien lo que sucede en nuestra parábola: “¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acaso puedo abandonarte, Israel? ... Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti... -- (11, 8). Dios tiene un corazón, y ese corazón se revuelve. El corazón de Dios transforma la ira y cambia el castigo por el perdón.

13. ¿Dónde está aquí el puesto de Jesucristo? En la parábola sólo aparece el Padre. San Agustín descubre a Jesús cuando el padre abrazó al hijo. “El brazo del Padre es el Hijo”, dice. Y habría podido remitirse a Ireneo, que describió al Hijo y al Espíritu como las dos manos del Padre. -- El brazo del Padre es el Hijo--: cuando pone su brazo sobre nuestro hombro, como «su yugo suave--, no se trata de un peso que nos carga, sino del gesto de aceptación lleno de amor. El yugo de este brazo no es un peso que debamos soportar, sino el regalo del amor que nos sostiene y nos convierte en hijos.

La actitud del padre de la parábola, Jesús justifica su bondad para con los pecadores, su acogida de los pecadores. Con su actitud, Jesús se convierte en revelación viviente de quien Él llamaba su Padre. -- Su pasión y su resurrección han acentuado aún más este aspecto: ¿cómo ha mostrado Dios su amor misericordioso por los pecadores? Haciendo morir a Cristo por nosotros "cuando todavía éramos pecadores" (Rm 5, 8). Jesús vive identificándose con el Padre celestial. Cristo resucitado está en la misma situación que Jesús de Na¬zaret durante el tiempo de su ministerio en la tierra, comenta. Benedicto XVI.

14. Jesús ha retratado al hijo menor disoluto, pero mejor, al Padre bueno. Había llorado a un hijo muerto y ahora su corazón brincaba con la música de júbilo porque aquél hijo había vuelto a vivir, se había perdido y lo ha encontrado. Pero ha querido, sobre todo, poner el espejo ante el rostro de los fariseos y letrados que, como el hijo mayor, observante y cumplidor, viviendo en constante contacto con su padre, no han sabido penetrar su corazón, y no han atisbado la amargura que aquel hijo que se fué, le roía el alma. Ni han sabido nunca, y menos hoy, reconocer a su hermano como hermano. Se les comen los celos y no pueden tolerar la alegría de su vuelta a casa. No habían sufrido con la fuga de su hermano. “deberíais alegraros de que hemos recuperado a mi hijo y vuestro hermano sintonizando con la alegría enorme que inunda el corazón de vuestro padre”.

15. Dios tiene el corazón estremecido cuando a alguno de sus hijos le envuelve el pecado. Es como el Pastor que cuenta las ovejas, 96,97,98,99, ¿y la 100? Sufre porque sabe que ella sufre. Dios sufre porque sabe que el pecador es ese hijo que pasa hambre, que lo ha perdido todo, menos su dignidad de hombre y de hijo. Y el Padre es fiel. Lo busca. Envía a sus profetas, a sus sacerdotes, en busca de la oveja perdida.

16. Busca a Adán, ¿dónde estás? Busca a Caín, ¿qué has hecho con tu hermano? Por fin hace fiesta, y nos ha invitado a todos al Banquete de la Eucaristía.

17. ¡Alegría, hermanos, si nos hemos convertido! Convertido del pecado a la gracia, de la tibieza, a la intimidad con Dios.

¡Cuánto más vivas en ti,

Menos vivirás en Dios!

A cada conversión corresponde una invasión de Dios, a cada abnegación, te inundará una oleada de vida divina. Llamados a vivir la vida trinitaria de Dios, no nos quedemos ni nos satisfagamos con nuestra pobreza miserable, si queremos vivir la alegría y la paz verdaderas y completas.

18. Dios nos invita a su Banquete cada domingo; acudimos.”Sine dominico non possumus”, contestaron los tunecinos a los que les iban a matar por haber participado en la Misa el domingo Pero aún pide de nosotros mayor intimidad, una amistad que se manifiesta en un recuerdo más asíduo, en un corazón más enamorado. Démosle esta alegría. Jesús, amor de todo amor, tú siempre estabas en mí y yo lo olvidaba. Tú estabas en mi corazón y yo te buscaba en otro esquina. Cuando estaba lejos de ti, tú me esperabas. Y ahora me atrevo a decirte: Tú, Cristo, tú eres mi vida  reza por Roger de Taizé

JESUS MARTI BALLESTER.

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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