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DOMINGO XXIX DEL TIEMPO
ORDINARIO CICLO C 21 de octubre de 2007 La perseverancia en la
oración Autor: Jesus Marti
Ballester |
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Sin fe a quien orar. Sin fe para qué orar. Y sin orar
cómo mantener la fe; pero con la oración renace la fe como en primavera echan
brotes los árboles y se entreabren los capullos. 1. Iniciamos hoy la Eucaristía orando con la antífona
de entrada: "Inclina el oído y escucha mis palabras, guárdame como a las
niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme" (Salmo 16, 6).
Pidiéndole a Dios que nos guarde con el cuidado y la delicadeza con que
cuidamos las pupilas de nuestros propios ojos. Comenzamos pues, orando en el día de la ORACIÓN. Cuando Amalec atacó a los israelitas en Rafidín,
Moisés mandó a Josué que con unos hombres de Israel se defendieran mientras
él permanecía en la cima del monte con el bastón maravilloso en la mano. Mientras Moisés tenía la mano con el bastón en alto,
vencía Israel. Si la bajaba, vencía Amalec. Aarón y Jur colocaron una piedra
para que Moisés se sentara, mientras uno y otro le sostenían los brazos en alto
(Éxodo 17, 8). Escena emocionante que nos alienta a ayudar a los
hombres y a las mujeres a quienes Dios ha llamado para que oren por el
pueblo, para facilitarles su misión imprescindible si queremos que el mundo
no perezca. 2. Reproduzcamos la escena: Josué y sus hombres
empuñan las armas. Moisés con las manos alzadas y con la vara milagrosa
levantada, suplica. Aarón y Jur, solícitos, facilitan la acción implorante de
Moisés. Pero el autor de la victoria es Dios. Este es un acontecimiento de
salvación, en el cual, como entonces, el que lo puede hacer todo, quiere
necesitar ayudantes. Moisés orante es figura de la Iglesia en acto de
súplica, de alabanza maravillada, de gratitud, de ternura de esposa, de amor
filial. La Iglesia debe orar. El ministerio de intercesión de la Iglesia es
insustituible. Si la Iglesia deja de orar el mundo perderá el equilibrio, irá
cayendo y va cayendo. Porque así como Moisés es figura de la Iglesia, del
pueblo de Dios salvado, Amalec es la figura del mal, de la injusticia, de la
opresión de los pobres, de la esclavitud y pérdida de todas las libertades. Si se deja la oración avanzan las dudas, reina la
confusión sobre los valores, se pierde el norte y se ofusca la mente, el
hombre ya no sabe dónde está, ni a dónde va, se olvida de que es criatura, y
quiere erigirse en su propio dios, o convertir en dioses a las criaturas. 3. Amalec es el juez injusto, que ni teme a Dios ni a
los hombres, vencido por la oración constante de la pobre viuda, que, porque
era pobre, no podía sobornar al juez, a quien no le importaba ni Dios, ni los
hombres, ni la justicia, sino su provecho y medro personal. Pero lo que no
pudo por su desvalimiento, la infeliz viuda, lo consiguió por su insistencia.
4. De todas las opresiones del mundo es en parte, responsable
la Iglesia, desde el Papa hasta el último niño candoroso de primera comunión.
Por eso hay que cultivar y estimular la oración de la Iglesia, y en lugar
preeminente, la oración de los hombres de Dios, de los consagrados, las
consagradas, que son nuevos Moisés. Pero también de las familias. Hay que fomentar la oración en familia, al comienzo
del trabajo, antes y después de comer. A veces se siente vergüenza de
hacerlo, porque nos parece que eso indica debilidad y como menos hombría y,
sobre todo, menos modernidad y de progreso, o como dicen ahora, de carrozas.
Parece que el hombre ha de crecer a costa de Dios. Como si el recurso a Dios
testificara la debilidad y minusvalía del hombre, cuando es lo contrario. En la unión con Dios, que la oración establece, es el
hombre el que sale ganando, como quien se une a un sabio, o a un rico
poderoso. Se hacen de la misma opinión y gozan de sus riquezas y poder. De
los primeros cristianos en Roma, decían los paganos: "son hombres que
oran". "¿Saben orar nuestros cristianos hoy?". Es una pregunta
que se hacía ya Pablo VI, angustiado. 5. Pero no basta rezar, hay que rezar con fe,
"si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de
aquí allá y se trasladaría; nada os sería imposible" (Mt 17,19).
"Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la
tierra?" (Lucas 18, 1). Jesús veía lo difícil que es mantener esa fe
viva, esa confianza en Dios Padre que vela por nosotros, y por eso enseñó
esta parábola, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre
sin desanimarse. La oración pues, está en función de la fe. Orar para
tener fe. Y tener fe para orar. Lo importante es la fe, que respira por la
oración. Si la fe no respira, se muere. La crisis de la oración es
consecuencia de la crisis de fe, y la falta de fe produce el decaimiento en
la oración. Sin fe, a quién orar, para qué orar. 6. Si creemos en la humanidad y en la divinidad
verdaderas de Jesús, que es nuestro Salvador, que nos introduce en la fe, en
el conocimiento de Dios y de su adoración, hacemos nuestra oración confiada
en su nombre, y es escuchada por su reverencia. Y lo primero que conseguirá
la oración humilde y perseverante y tenaz, será nuestra conversión, y nuestra
entrega al amo, a la bondad, a la paz y a la justicia. Porque no dirigimos nuestra oración a un Dios
tapagujeros, que alimenta la teoría de la alienación, sino a un Padre que nos
transforma en hijos y que nos hace semejantes a Él en su compromiso con el
mundo y con los hombres, y nos participa su misericordia, su amor y su
justicia. La oración, al convertirnos, transforma el mundo de selvático en
humano, y de humano lo hace divino. Así se comienza la mejora del mundo por donde debe
comenzar: por el cambio del corazón de la persona, que es lo que está más a
nuestro alcance, pero es lo más difícil, porque cambiar de costumbres es
morir. Y se prefiere más hacer planes y proyectos y pronunciar discursos y
escribir libros, que cambiar de vida porque es más comprometedor. Si se
comienza la casa por el tejado, nunca habrá casa. La oración nos conduce al detalle de calzarnos unas
zapatillas de paño, antes de pretender cubrir el planeta de moqueta. Lo que
Santa Teresa diría: “hacer castillos en el aire”. 7. Cuando me pregunto quién vendrá a ayudarme en la
tribulación y en el combate para ser mejor, escucho al salmista:
"Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?, el
auxilio me viene del Señor, que es un guardián que no duerme ni reposa, y no
permitirá que resbalen nuestros pies" (Salmo 120). 8. Después de haber sido enseñados por la sagrada
Escritura, reprendidos, corregidos y educados por ella (2 Timoteo 3,14), como
Palabra de Dios viva y eficaz, que juzga los deseos e intenciones del corazón
(Hebreos 4,12), ofreceremos el santo Sacrificio de la muerte y resurrección
de Jesús al Padre, y comeremos su cuerpo para su glorificación y nuestro
provecho y de toda la santa Iglesia, acompañados por la Madre de la Iglesia,
que permanece en oración con nosotros, como permanecía esperando al Espíritu Santo
en Pentecostés, con el germen de la primera iglesia como su Madre. JESUS MARTI BALLESTER. |
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JESUS MARTI BALLESTER |
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Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |