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DOMINGO XXX DEL TIEMPO
ORDINARIO CICLO C 28 de octubre de 2007 La perseverancia en la
oración Autor: Jesus Marti
Ballester |
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LA PARABOLA DEL PUBLICANO Y EL FARISEO NO CUESTIONA
NI PLANTEA LAS ACTITUDES EXTERIORES DE LOS ORANTES. EL NUCLEO DE LA PARABOLA ES EL RECONOCIMIENTO
INTERIOR DEL PECADO AL QUE DIOS REGALA LA JUSTIFICACION. EL PUBLICANO, PROCLAMADO POR JESÚS MODELO ORANTE. EL
FARISEO, PAUTA NEGATIVA. 1. Comisionado Bossuet por el Papa Clemente XI para
examinar el espíritu de las cistercienses jansenistas de Port-Royal, dirigido
por abadesa Angélica Arnault, cuyo hermano, Antonio Arnault, doctor de la
Sorbona, era el caudillo espiritual del movimiento y había publicado un libro,
sobre la comunión frecuente, en el que se exageraban hasta a punto los
requisitos para la recepción de la comunión, que entre los jansenistas llegó
a tenerse por más perfecto abstenerse de la eucaristía por respeto, sintetizó
en una frase al Papa su dictamen: "Puras como ángeles, soberbias como
demonios". Esta anécdota, nos facilita la comprensión de la actitud
suficiente que observa el fariseo en su oración. 2. El mensaje de LA ORACION que Lucas nos ofrece, no
es una predicación teórica, sino enriquecida con gestos y detalles plásticos
y escenas evocadoras de gran viveza. La constancia y la perseverancia en la
oración la ha expresado Jesús en la parábola del juez inícuo y la pobre
viuda: "¿Dios no hará justicia a sus elegidos que están clamando a él
día y noche? " (Lc 18,1). Por esta escena de la viuda conocemos que hay
que orar día tras día, con perseverancia. Pero como no basta orar
externamente, sino que es necesario que la oración brote de la hondura de la
vida, nos propone hoy Jesús, la parábola del FARISEO Y EL PUBLICANO, en la
que destaca que la oración exige sinceridad y limpieza interior Lucas 18,9.
Exige humildad, que "es andar en verdad; que lo es muy grande no tener
nada bueno de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende
anda en mentira" (Santa Teresa. VI Moradas 10,8). 3 Al Templo,
el lugar de la oración, suben un fariseo, un hombre que cumple la ley, y un
publicano que, aunque es hebreo, colabora con el poder romano, y con Herodes,
como recaudador que agobia al pueblo con sus impuestos y como tal, odiado y despreciado
por la gente y considerado pecador, por sanguijuela. Y malmirado, sobre todo,
por los fariseos. Jesús ha comprobado y sufrido muchas veces esta actitud, y
se la ha reprocha reiteradamente, con el ánimo de que despierten. Conocemos
sus frecuentes diatribas contra ellos. 4. El fariseo sube al templo: aprecia y valora la
oración y la practica. Pero ora con palabras huecas y con gestos vacíos. Está
recontando ante Dios sus propias virtudes de las que está suficientemente
satisfecho, encantado de haberse conocido: Tiene alta su moral, su
"autoestima" como hoy se dice. "Ni es ladrón, ni es injusto,
ni es adúltero". Le bastan sus propios valores humanos. Se conforma con
ellos. Y se los atribuye: “No soy como los demás”. Sería verdad que no tenía
aquellos pecados, pero no se le pasaba por la cabeza que se lo debía a Dios.
Sólo Dios es santo. Los hombres de sí, nada, menos que nada, pecado. No deja
pues, ni una rendija abierta para que la gracia pueda penetrar en su
conciencia y le haga ver que ante Dios es pura nada. Se mueve entre dos
polos: su orgullo y el desprecio del publicano: "no soy como ese
publicano". Es el mismo tipo del hermano cumplidor del pródigo, que
rechaza a "ese hijo tuyo" que ha derrochado tu dinero en malas
mujeres, y lo contrapone a él tan cumplidor y estricto. A este hombre le ha
hecho mal su cumplimiento. Quizá si hubiera dado menos importancia a sus
obras legales y hubiera cometido fallos, le hubiera argüido su conciencia. 5. El fariseo representa el conservador que se siente
en orden con Dios y con los hombres y mira con desprecio al prójimo. El
publicano es la persona que ha errado, pero lo reconoce y pide por ello
humildemente perdón a Dios; no piensa en salvarse por méritos propios, sino
por la misericordia de Dios. La elección de Jesús entre estas dos personas no
deja dudas, como indica el final de la parábola: este último vuelve a casa
justificado, esto es, perdonado, reconciliado con Dios; el fariseo regresa a
casa como había salido de ella: manteniendo su justicia, pero perdiendo la de
Dios. 6. Jesús decía sus parábolas a la gente que le
escuchaba. En una cultura cargada de fe y religiosidad como la de Galilea y
Judea de su tiempo, la hipocresía consistía en ostentar la observancia de la
ley y santidad, porque éstas eran las cosas que atraían el aplauso. En
nuestra cultura secularizada y permisiva, los valores han cambiado. Lo que se
admira y abre el camino al éxito es lo contrario. Para los fariseos la
contraseña era observar las normas; hoy, es la trasgresión. Decir de un
autor, de un libro o de un espectáculo que es morboso es hacerle propaganda.
Hoy debemos dar la vuelta a los términos de la parábola, para salvaguardar la
intención original. ¡Los publicanos de ayer son los fariseos de hoy!
Actualmente es el publicano, el procaz y el moderno es quien dice a Dios: Te
doy gracias, Señor, porque no soy como aquellos fariseos creyentes,
hipócritas y fachas, que se preocupan de la moral, los estrechos, pero son
peores que nosotros. Parece que hay quien ora así: ¡Te doy gracias, oh Dios,
porque soy ateo, porque no me interesa nada la moral, ni cumplir mi palabra,
ni estudiar, ni cumplir mis deberes! 7. Rochefoucauld decía que la hipocresía es el
tributo que el vicio paga a la virtud. Hoy es el tributo que la virtud paga
al vicio. Se tiende, sobre todo por los jóvenes, a mostrarse peor y más
desvergonzado de lo que se es, para no parecer menos que los demás. Lo peor sería actuar como el publicano en
la vida y como el fariseo eran o en el templo. Los publicanos eran pecadores,
hombres sin escrúpulos que ponían el dinero y los negocios como su bien
supremo; los fariseos, al contrario, en la práctica, eran muy austeros y
observantes de la Ley. Hoy nos parecemos al publicano en la vida y al fariseo
en el templo. 8. Cuenta el cardenal Lustiger, arzobispo de París,
hablando de su antecesor, Cardenal
Veuillot que se decía de él: “cuando pasa el cardenal, parece que va
diciendo: “Yo, el obispo”. Enfermó de cáncer y ya en fase terminal, madurado
por el dolor, termina Lustiger: “ahora, éste es el arzobispo que
necesitamos”. La anécdota no es exacta, pero ilustra para entender la
suficiencia que proporciona la riqueza moral u honorífica. Y es que, aunque
han cambiado mucho las cosas, siempre la Iglesia ha sido tentada por el poder,
y sobre todo en Francia, que con Napoleón, vivió la identificación de los
obispos con los prefectos y generales, y la integración del cuerpo episcopal
en el conjunto de los cuerpos constitutivos. 9 El publicano
por el contrario, se presenta ante Dios y se descubre profundamente pecador.
Experimenta la necesidad de salir de su pecado y pide con humildad su
auxilio. Conoce su realidad y la reconoce. Y sin atreverse a levantar los
ojos al cielo, se golpeaba el pecho, significando su arrepentimiento. El
pecado le ha hecho bien al publicano 10. Por eso es humilde y, abrumado por sus
pecados, siente la necesidad de ser
perdonado y de ser tratado con misericordia. El publicano también se mueve
entre dos polos, pero verdaderos: La santidad de Dios y su pecado. Y habla
con Dios de verdad. Su oración es auténtica. Se dirige a Dios, reconociendo
que sólo él le puede comprender y perdonar y darle fuerzas, auxilio y ayuda,
para salir del pozo de su vida pecadora. 11. El publicano ha sabido orar. Es una parábola. Por
lo tanto, lo que Jesús pretende con ella es expresar plásticamente su
enseñanza: "Cuando oréis, no seáis como los hipócritas. Les gusta orar
puestos de pie en las sinagogas, o a la vista de la gente en las calles, para
que les vean los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Vosotros orad a vuestro Padre en secreto en vuestra habitación, con la puerta
cerrada" (Mt 6,5). 12. Jesús no ha querido con la parábola hacer un
tratado de teología, pero nosotros podemos razonar y orar sobre ella. ¿Quién
ha conducido al publicano al templo? El lo pisa poco. Es Dios es el que le
conduce, y el que le toca el corazón. Por
lo demás, Jesús quiere en la parábola descubrir la fuente de la
oración, para poner de relieve las diferentes actitudes y enseñarnos hoy que
no son patrimonio exclusivo de fariseos y publicanos. No son anacrónicas. Hoy
también se dan. Y la Palabra se nos proclama para que nos miremos en ellas. 13. La oración del publicano es interior y auténtica.
Y como "El Señor escucha las súplicas del oprimido; y no desoye los
gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; su grito alcanza
las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y el juez justo le hace
justicia" Eclesiástico 35,15, tesis de Ben Sirac, que anticipa el resultado
de la parábola del publicano, éste bajó a su casa justificado. La
justificación del publicano es el más elocuente cumplimiento, de la
revelación de la primera lectura. Dios está con los pobres, con los
pecadores, con los débiles, con los insatisfechos de su pureza, con los que
lloran, con los maltratados y humillados. Está con ellos porque son los que
más le necesitan. Porque así es el Amor que goza abajándose, compadeciéndose,
perdonando. 14. Dios no quiere que peques, ni que te den motivos
para llorar, ni que te maltraten, ni que sean injustos contigo, por eso está
más cerca de ti, porque estás más solo y experimentas tu infelicidad. Quiere
que seas feliz. Te ha creado para eso. Si los demás, o tus circunstancias y
debilidad te hacen desgraciado, ahí está él para aliviar tu carga:
"Venid a mí los que estáis cargados y abrumados, que yo os
aliviaré" (Mt 11,28). Por eso y para eso es Padre/Madre. 15. Es verdad que "si el afligido invoca al
Señor, él lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los
atribulados, salva a los abatidos. No será castigado quien se acoge a
él" Salmo 33. 16. En la parábola de Jesús, lo menos importante es
el rito de la oración:.”¿Doblar como un junco la cabeza...?” (Is 58,5). El
fariseo ha cumplido puntualmente todas las minuciosas ceremonias de la
tradición de Israel. Pero no ha
llegado al corazón de Dios. Se ha quedado en sí mismo, en su propia visión
del mundo, en la soberbia satisfacción de su propia justicia: "No soy
como los demás hombres". Recuenta los pecados que cometen los hombres, y
dice que él no los hace. Y es verdad. Pero tiene un pecado muy grande: la
soberbia, que se atreve a juzgar a los otros hombres y a despreciar en
concreto a ese hombre publicano. Y Dios no tolera que toquen a sus hijos, los
hombres, aunque sean pecadores. ¿Quién sabe lo que hay en la conciencia del
hombre? Las caídas son preparaciones, noches. Pueden garantizarlo San Pedro,
San Pablo, la Magdalena, San Agustín.... 17 El fariseo
no ve su pecado contra la caridad, y no reconoce su orgullo porque está
ciego. No encuentra nada de que arrepentirse, por eso no se confiesa, se mira
al espejo y se ve guapo. No siente la necesidad de pedir perdón. ¿Por qué lo
ha de hacer, si él no roba, ni mata? El publicano, como "no va a
misa", no sabe los ritos y las fórmulas y no los cumple. En su vida sólo
ve pecado, y no encuentra nada bueno que pueda presentar a Dios. Pero ha
entrado en el fondo de sí mismo, ha abierto la puerta de su corazón, se ha
descubierto leproso y ha presentado sus llagas a quien las puede curar y
crear en él un corazón puro. Ha dejado que Dios, buen samaritano, se las unja
con aceite y con vino, le ilumine y le cambie. Y bajó justificado. Es decir,
Dios le ha amado y él ha experimentado que ha sido perdonado y que Dios
confía en él y, agradecido, quiere demostrarle a Dios que también él le ama,
y por eso va a comenzar una vida nueva, cumpliendo su voluntad. 18 Es la exigencia del perdón y del amor que Dios le
ha transmitido. Ha comprendido con agudeza que la oración consiste en abrir
el corazón al Padre y a Jesús, que nos ama; tiene la certeza de que más allá
de este mundo no hay un vacío que repite el eco de nuestras propias voces y
gritos; sino un amor de Padre, que nos ama y nos escucha, aunque no sepamos
cómo, contra la evidencia de lo contrario. En la práctica el hombre puede
vivir sin oración, pero su alma sin oración está muerta, paralítica, dice
Santa Teresa, porque la oración es la que vivifica la fe, que, por eso, sin
oración, es fe muerta. Sólo en la oración, puede el hombre llegar a descubrir
su intimidad como persona que es amada. Sólo por la oración puede
experimentar que ha sido perdonado. 19 El publicano se sintió perdonado, como cada cristiano
que recibe el sacramento de la Reconciliación. Y esa es la auténtica oración
cristiana, la que se goza en el don del perdón que Dios nos ofrece, como un
regalo. Por la oración cada día podemos vivir este misterio y expresarlo con
gozo. 20. El fariseo no ha sabido descubrir la grandeza de
la misericordia, porque estaba encerrado en los muros de sus cumplimientos,
en su voluntarismo. En cambio el publicano confió en el amor misericordioso,
y salió justificado. El fariseo era religioso, pero no era pobre. El
publicano no era religioso, pero era pobre. Bienaventurados los pobres de
espíritu... Los pobres de Yahvé. Es Dios quien ha conducido al uno y al otro
al templo: uno salió justificado y el otro no. La humildad y la soberbia han
causado el perdón y la condenación. Por eso dice Santa Teresa, que la
humildad es la base del castillo. 21. Lo que nos enseña Jesús pues, es que el orante
verdadero es el publicano. Que en la base de la oración está la humildad y
contrición. Que el pecador –y todos lo somos- no debe comenzar a orar
pidiendo cosas, sino, ofreciendo sus pecados a la misericordia del Padre. En
cambio, ha situado al fariseo como la pauta negativa del orante, por
contraste con el publicano. 22. El Señor que se manifiesta como juez justo, en
contraposición al "juez injusto" en el domingo anterior, y que
escucha las súplicas del oprimido exteriormente, como la viuda por su
adversario, o interiormente, como el publicano de hoy por sus pecados, no
hace oídos de mercader ante los gritos del huérfano o de la viuda. Las penas
gritadas consiguen el favor de Dios. "Los gritos del pobre atraviesan
las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan".¿Cómo puede ser de otra
manera, si para eso ha creado al hombre y le ha hecho hijo suyo en su Hijo,
hasta el extremo de rescatarlo con su sangre? 23. Tu, Cristo de toda compasión, nos concedes que
nos volvamos hacia ti … entonces una luz interior se levanta en nuestros
corazones. Y para orar son suficientes estas palabras: Jesús, gozo mío,
esperanza mía y vida mía, oraba Roger de Taizé. Reconciliados con Dios,
vengamos a la fuente de la vida donde Dios nos recibe y nos alimenta con su
Cuerpo y con su Sangre. JESUS MARTI BALLESTER. |
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JESUS MARTI BALLESTER |
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Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |