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CORPUS CHRISTI . FELIPE NERI |
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JESUS MARTI BALLESTER - AMOR Y CRUZ |


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Este semana presentamos dos reportajes de Jesus Martí Ballester. El primero dedicado a la Solemnidad del Corpus Christi. Y el segundo a San Felipe Neri que la iglesia celebra el lunes, dia 26. Esperamos que sean del interés de nuestros amables lectores
1.- ¡Cuánto te quiero! Por Jesús Martí Ballester No son pocos los que, ya tarde, reconocen que se han privado de abrazar o de expresar el cariño a las personas que aman o que han amado dándoles muestras de afecto y les han dejado morir sin haberle dicho jamás: ?Te quiero?. Y no ha es que no han querido dar esas demostraciones, ni por no haber demostrado el amor en actos y cuidados, sino porque se nos ha educado y enseñado a reprimir todas las expansiones sentimentales, así despectiva y arbitrariamente calificadas. Todos somos tributarios de una represión procedente de la idea de que el amor se demuestra en las obras, pero no en que el amor requiere también decirse a sí mismo, y ensimismarse en la repetición de unas fórmulas rituales que actúen como promesas renovadas. Cuando esas fórmulas no se dan porque se supone que son una redundancia, cuando se omiten por pudor o miedo al ridículo, el amor suele resentirse de modo fatal; bien lo saben los enamorados, que necesitan glosar su amor con coloquios repetidos, pues del mismo que las palabras sin obras acaban degenerando en mera palabrería vacía, las obras sin palabras se arriesgan a convertirse en rutinas del afecto. Cuando la conciencia de ridículo contagia el ámbito privado, el amor se queda sordomudo, y llegar a morir asfixiado y hambriento. JESÚS PIDE QUE SE LE DIGA EL AMOR Jesús le pidió a Pedro tres manifestaciones de amor y bien que conocía su corazón, y a una mística francesa, Helena Bossí, le echa en cara que le dice pocas veces que le ama. Es una pena. Nos han educado en la represión verbal de ciertos afectos como el de mostrarse satisfechos y agradecidos por ciertos detalles humanos, o por demostrar aquello que vemos que se ha hecho con sacrificio y esfuerzo. Y no digamos entre padres e hijos, sobre todo con los varones, que sólo alcanza a ser huidiza, y como avergonzada. Todo queda en un vínculo de autoridad severo y acartonado, y escasamente afectuoso. El silencio se impone sobre las palabras, las embrida y amordaza, hasta el extremo de matar las emociones más puras y entrañables. Esta condena de silencios recíprocos y omisiones vergonzantes estrangula la fluencia espontánea de los afectos y acaba originando desapegos, distanciamientos, resquemores que nos hacen incapaces de sublevarse contra ellos, y ocultan la realidad. TERESA DE JESÚS Son y forman parte de una herencia de prejuicios irracionales, que consideran esa noble acción, de falsa y sentimentaloide, contra la que se levantó en su tiempo Santa Teresa de Jesús, tan copiosa en esta materia y con todos y todas, hasta con aquel novicio que huyó ante el abrazo cariñoso de la Madre Fundadora. Por su pluma pasan todos y todos los acontecimientos y todos y cada uno de los problemas, suyos y de los otros, siempre con ánimo, vigor, amor manifestado, humanidad, respeto, exigencia. Sobre la manifestación de su amor a las personas no conozco en la hagiobiografía un caso semejante de alguien que hable de amor sin ningún rebozo y con tanta generosidad, salvo San Pablo en algunas de sus cartas. Yo creo que este estilo nos está haciendo mucha falta. Preocupados con exceso por las ideas, como buenos occidentales que rinden culto a la mente, -Descartes con su cogito ergo sum- que no es exacto, sino este otro: Cogitor, ergo sum?- olvidamos el corazón, que es parte integrante de nuestra vida de hombres, y la que le da follaje al árbol, le hace florecer y le da perfume. JESÚS TIENE CORAZÓN J esús tiene Corazón. Y nuestros hermanos también tienen corazón. Y, como miembros del Cuerpo Místico, integran a Jesús. Jesús se deja querer y se hace de querer. En cada hermano nuestro hay un Niño, que necesita amor y dedicación. Una sonrisa le hace feliz; una pequeña atención puede disipar una tristeza. Teresa no quiere hombres y mujeres hirsutos, "almas encapotadas", personas cerebrales, que tienen miedo de manifestar sus sentimientos porque creen, equivocadamente, que eso les empequeñece, y les rebaja: "Cuanto más santas más conversables con las hermanas". Los que así piensan, no tienen ni idea de que la grandeza consiste en la sencillez, y de que el hombre integral no es sólo cerebro, sino también corazón, es decir sensibilidad, afectos, emociones, sentimientos. Dice Jesús: "Tengo compasión de esta gente". Jesús llora ante el sepulcro de Lázaro, se deja perfumar por Magdalena, acaricia y bendice a los niños, y deja que se le acerquen y rodeen, consuela a la viuda que lloraba a su hijo muerto: "Mujer, no llores"... Hemos de aprender en la escuela de los sentimientos de Jesús, porque somos prolongación de Jesús y, no solo histórica, sino principalmente, profunda e interior. "Tened los mismos sentimientos de Cristo", nos dice San Pablo. La Iglesia, Esposa de Cristo, ha de estudiar más los sentimientos de Cristo que las ideas de Cristo. Porque en la Iglesia, huyendo del peligro de caer en el sentimentalismo, se cae, con muchísima facilidad, en el racionalismo. Y la razón no conmueve. Y sólo desde la conmoción podemos adoptar las grandes decisiones, y se consiguen las plenas adhesiones. GENIAL Muchas lanzas rompió el genio de Teresa que cambiaron el rumbo de la historia, pero no es pequeña la que rompe en la manifestación de su afecto, en una época hirsuta de señorías, sus mercedes y sus reverencias, cuando incluso a su sobrina Teresica le habla de usted. Teresa hoy, con su estilo, sustancial y accidental, puede centrar la atención a los hombres de acción para que no se pierdan en lo superficial, pero con tintes de clarividencia y siempre de ternura y con su disposición al sacrificio. Teresa entendió bien el adagio latino: ?Aquila non capit muscas?. Hay gente que se pasa la vida de leguleyos, cazando moscas de detalles y niñerías, que debilitan las fuerzas e incapacitan a la persona, para volar como águilas y no arrastrarse como los sapos, niñerías, insignificancias, ¿qué importa eso para lo sustancial y total? ¿Por qué aparece tan preocupada por la salud, sobre todo de los responsables, Gracián en primera línea, y después las prioras, sino porque aquella vida que ella ha ideado inmolada y sin descanso, les minaba las energías? Sacrificio cuyos frutos sabe que sólo verá en el cielo, como fruto ímprobo de su trabajo. "No sienta que haya padecimientos, pues el padecer trae tantas ganancias". Paparruchas moralistas y freudianas engendran el sentimiento erróneo de decir a la cara, sin embarazo ni rubor, cuánto amamos. Cuando el amor no se dice a sí mismo acaba pereciendo por asfixia o inanición. Esperar a amar cuando ya estén las personas en el sepulcro sólo engendra melancolía y depresión.
26 de mayo 2.- San Felipe Neri Por Jesús Martí Ballester De niño corría por las calles de Florencia, crecía en un hogar piadoso y bien acomodado, y, aunque no era travieso, y le llamaban Felipe el Bueno, hacía también alguna trastada, como subirse a un asno que habían dejado a la puerta de su casa y galopar sobre él hasta que el animal loe tiraba al suelo. Felipe? lloraba. Ya adolescente, en San Germano, al pie de Montecasino, es ayudante de comercio al lado de un tío suyo. "Felipe no será nunca un buen comerciante; yo se lo dejaría todo en herencia, pero tienes la manía de rezar." Más que entre las mercancías, el joven vivía en las iglesias; y cuando algún muchacho se presentaba en la tienda, en vez de regatear, Felipe se entretenía preguntando a sus clientes si sabían el Padrenuestro, si había uno o tres Dioses, si habían comulgado por Pascua florida. Comprendió que no estaba hecho para aquello, y un buen día desapareció de casa y tomó el camino de Roma. Tenía veinte años. ESTUDIANTE Y POETA En Roma estudia elocuencia, filosofía y teología, y vive dando lecciones. Como alimento diario un pan y un vaso de agua. Busca el desprecio como otros buscan la admiración y la fama, y escribe poemas para su propio deleite y entretenimiento; como todos los florentinos, hace versos italianos, y elegías en latín y lo hacía bien. Son versos de amor, pero de amor a Dios, llenos de unción ardorosa: "Yo amo?escribe en un soneto?; y no puedo dejar de amar. Quiero que mi amor se haga vuestro y el vuestro mío; quiero que, por un trueque admirable, seas Tú yo, y yo Tú. ¡Ah! Venga pronto el momento feliz en que yo salga de mi horrible prisión, de este olvido loco, de este necio vivir dentro de mí mismo." "¡Oh dulce sonrisa de la tierra! ¡Oh canto de la brisa que pasa entre el follaje! ¡Cielo claro y aguas tranquilas! Nunca el sol me pareció tan brillante. Los pájaros dicen: ¿Quién es el que no se alegra y no ama? Yo solamente; no puede alegrarse el alma con las alas rotas." Algo más tarde todo había cambiado: el alma de Felipe era un ascua encendida en la llama de amor viva. En sus arrebatos amorosos, exclama: "Basta, Señor, basta, que no lo puedo sufrir." Es el mismo grito de Xavier en la playa de Sanchón. Y su cuerpo temblaba agitado por la vehemencia del amor. Su corazón empezó a palpitar de una manera tan violenta, que levantaba su túnica y movía los objetos que hubiera a su lado. EL AMOR PIDE OBRAS A los treinta años abandonó los libros y se entregó a las obras de caridad. Las noticias que llegan a Roma de San Francisco Javier le deciden a marchar a las Indias para predicar el Evangelio; pero oye una voz que le dice: "Felipe, la voluntad de Dios es que vivas en esta ciudad como si estuvieras en un desierto". Y busca a los pobres y a los peregrinos, para darles comida y alojamiento, para instruirles y guiarles por las basílicas de Roma. Se entretiene con los mendigos que piden limosna. Él mismo duerme en los pórticos y en las sacristías. Le gusta, sobre todo, andar con los niños y los jóvenes a quienes recoge, les procura diversiones, conciertos y paseos, que sabe transformar en peregrinaciones. Juega con la tropa infantil, la adiestra en el deporte de la carrera, en la música y en la declamación. Pasaba largos ratos con San Carlos Borromeo, Camilo de Lelis, San Ignacio de Loyola y San Félix de Cantalicio. A la sombra de los árboles del Janículo, hacia representar a los muchachos comedias para inspirar la piedad y la virtud. Decía que alternando los ejercicios serios con espectáculos agradables se atrae lo mismo a los pequeños que a los mayores. ¿Acaso Nuestro Señor no se servia redes para cazar las almas?". Era un verdadero sembrador de alegría. "Jugad, gritad, divertíos, pero os pido que no cometáis un solo pecado. Cómo puede resistir la algazara de los chiquillos: "Con tal de que no ofendan a Dios, pueden cortar leña sobre mi espalda. DIRECTOR DE ALMAS A los cuarenta años, el catequista, ya sacerdote se hace director de almas. Nunca se había visto un confesor más paciente, más amable, más sugestivo. Su gran preocupación era que nadie se fuera triste, que nadie se desalentase, que nadie desconfiara de convertirse. Y con la dulzura, solía conseguir más que con la aspereza. Una señora le pregunta si podía llevar zapatos con altos tacones para parecer más alta, y le dice: "Llévelos, hija mía, pero cuide de no caerse." Muchos penitentes iban a comer al hospital donde el santo tenía su residencia; los recibía en una habitación, se sentaba y se entretenía con ellos hablando de Dios. Poco a poco los discípulos se hicieron tan numerosos, que se tuvo necesidad de reunirse en una iglesia, y la concurrencia creció tanto, que se tuvo que hacer grupos, dirigidos por sus discípulos más aprovechados. EL ORATORIO Axial nació el Instituto del Oratorio, sin más reglas que los cánones, sin más votos que los compromisos del bautismo y de la ordenación, sin más vínculos que los de la caridad. Las reuniones empezaban con una lectura y el comentario del que presidía; al que seguía una enseñanza dialogada, y, finalmente, uno de los ayudantes del santo, al principio César Baronio, recordaba algún punto de Historia eclesiástica, y sacaba de él la enseñanza teológica o moral. La Congregación del Oratorio quedó establecida en 1575. CRECE LA LLAMA La actividad crecía junto con el fuego que inflamaba aquella vida. Tenía que hacer esfuerzos para no levantarse en el aire. En su Misa, su alma quedaba enajenada, sus ojos inmóviles y sus brazos levantados. Tenía que hacer un gran esfuerzo para bajarlos y volver a la tierra. Al pronunciar el Agnus Dei, su ayudante le dejaba solo durante dos horas, y cuando volvía le encontraba con frecuencia en éxtasis. Se le veía rodeado de luz. A veces San Ignacio y él se encontraban en la calle o a la entrada de una iglesia; y los dos fundadores se miraban silenciosamente durante largo rato, y se despedían sin pronunciar palabra. Como Ignacio, Felipe estaba muy demacrado; comía poco y dormía menos, y cuando le aconsejaban que se alimentara más, respondía graciosamente: "Tengo miedo a engordar." Tuvo el don de milagros y el de lágrimas. Sus ojos no cesaban de llorar, tanto, que todos se extrañaban de que conservase la vista. Cuanto más subía a los ojos de los hombres, más bajaba a sus propios ojos. "Señor-decía-, guardaos de mí; si no me sujetáis bien con vuestra gracia, os haré traición hoy mismo, y cometeré yo solo los pecados del mundo entero." Espíritu lleno de suavidad, Dios le dio la gracia de una muerte dulce y tranquila. "Hay que morir", repetía en sus últimos días El.25 de madrugada dijo la misa; confesó, rezó. Después abrazó a sus discípulos y se acostó. A las seis de la mañana, murió. |





