3 de Mayo

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO

APÓSTOLES

Autor: Jesús Marti Ballester

 

SAN FELIPE.

LES LLAMO Y LE SIGUIERON

Los dos siguieron al Hijo del Hombre-Dios por los caminos polvorientos y se sentaron a descansar con Él junto a la misma fuente. Mucho mal de ellos han dicho los escritores. Les han lla­mado duros de cabeza y de corazón, ambiciosos, incapaces de comprender las parábolas del Rei­no, indecisos en su adhesión, cobardes en la hora del peligro, celosos de sus privilegios, impacientes por recibir la recompen­sa. Todo esto es verdad: ellos mismos lo han confesado ingenuamente; pero tal vez nos hemos fijado menos en su genero­sidad, en su entusiasmo y hasta en el ímpetu del amor que necesitaban para seguir a un hombre que les hablaba de pobreza, de mansedumbre y de perdón. No eran muchos los que tenían el valor que ellos.

DURAS SON ESTAS PALABRAS

Ellos nunca pensaron lo que murmuraban tantos admiradores de un día: "Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharle?" Eran fuertes las enseñanzas del Maestro, se necesitaba esfuerzo para asociar la vida a su destino. "Las raposas tienen sus guaridas y los pája­ros del cielo sus nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza." Al oír estas palabras, el escriba movía la

CABEZA Y FURTIVAMENTE SE ESCABULLÍA.

Desde el momento mismo de unirse a Jesús, Felipe había mos­trado una docilidad comparable a la de Pedro y a la de Juan. "Sígueme", le dijo el Rabbi un día cerca del lago de Genesareth, lago, porque él era de Betsaida; y en el mismo instante lo dejó todo; tenía casa, tenía mujer, tenía hijas peque­ñas todavía, y todo lo abandonó por seguir a Jesús. Jesús le da un puesto entre los doce; pero sin manifestarle especial predilección. Fueron menos afortunados que Cefas, y San­tiago, y Andrés, su amigo. No obstante, desde el primer instante se ha convertido en un propagandista. Barto­lomé entra en el círculo de los escogidos arrastrado por Felipe. "Ven, ven-dice éste gozoso-; he encontrado a un Rabbi de Nazareth, que debe ser el Cristo." Y, gozoso, va en pos del Me­sías descubierto, arrimándose a El para no perder su palabra, ni su gesto, ni su mirada. Al lado de Jesús está el día de la multiplicación de los panes; tal vez en sus ojos se lee algún indicio de compasión para con aquella muchedumbre que les ha seguido al desierto, y se siente feliz al ver que el Maestro se acuerda de él para preguntarle: Felipe, ¿cómo dar de comer a toda esta gente?" En su ingenuidad, no logra entender la pre­gunta; echa una mirada sobre la concurrencia, calcula un mo­mento, y saca la conclusión de que doscientos denarios no bas­tarían para dar un poco de pan a cada uno.

HOMBRE SENCILLO

Es un hombre de buena voluntad, sencillo y dócil; pero le pasa lo que a Tomás: los altos misterios son demasiado altos para él. Nos le figuramos bostezando en el discurso de la última Cena, que le debía parecer algo largo y algo oscuro. ¿Qué significaba todo aquello: "El Padre os ama; el Padre os enviará un Consolador; el Padre y Yo somos una misma cosa"? En sus incertidumbres, ha creído encontrar una solución mag­nífica: "Muéstranos al Padre-interrumpe-, y esto nos bas­ta." Pero debemos agradecer su rudeza, porque a ella se debe una bella manifestación: "Felipe-le dice Jesús-, quien me ve a Mí, ve también a mi Padre. Unos días antes Felipe estuvo menos atrevido con el Señor. Aunque nacido en el corazón de Galilea, debía de chapurrear un poco el griego. Su nombre griego es indicio de un hogar abierto a la influencia helenística. Tal vez por eso. Cuando el lunes de la semana pascual un grupo de griegos quiso hablar con Jesús, se dirigió a Felipe para obte­ner la audiencia; pero Felipe no se atrevió a transmitir direc­tamente el recado, sino que llamó en su ayuda a Andrés, con quien tenía más confianza.

El evangelio dice que nació en Betsaida en Galilea. Jesús lo llamó al día siguiente de haber llamado a Pedro y a Andrés. El fue el que llevó a Natanael a Jesús. Fue uno de los elegidos.

LA MULTIPLICACION DE LOS PANES

Cuando la multiplicación de los panes, Jesús le preguntó: "¿De dónde crees tú que podremos conseguir pan para tanta gente?". Cuando unos griegos extranjeros quisieron hablar con el Divino Maestro le pidieron a Felipe que los llevara hacia El. Y en la última cena él le dijo a Jesús: "Señor: muéstranos al Padre", y Jesús le respondió: "Felipe, quien me ve a Mí, ve al Padre". El día de Pentecostés Felipe recibió junto con los otros apóstoles y la Virgen María al Espíritu Santo. Evangelizó Bitinia, en el Asia Menor, cerca del Mar Negro. Papías, un autor del siglo II afirma que San Felipe logró resucitar a un muerto. Y San Clemente de Alejandría dice que murió crucificado. Tal es la amable intervención de Felipe de Betsaida en la maravillosa epopeya evangélica.

 

CASADO Y TIENE DOS HIJAS

De todos los Apóstoles, Fe­lipe y Santiago son los menos andariegos. En los campos de Frigia, junto a las riberas del Licus, se alzaba una ciudad famosa, a la cual enviaba un poeta este saludo: "Gloria a ti, la tierra más bella del Asia, alcázar de oro, ciudad sagrada, ninfa divina cuyas fuentes envidian todos los pueblos." Eran famosas las fuentes de Hierápolis, que tenían la virtud de transformarlo todo en piedra. Sus ondas rígidas revestían las más caprichosas formas; aquí parecían finísimas filigranas; allí tomaban el aspecto de animales fabulosos; o bien, se cuajaban en blancas estalactitas, teñidas de púrpura y de zafiro por el brillo deslumbrante del sol oriental. Aquí pasó Felipe los últimos años de vida. Aquí predicaba y bautizaba, ayudado por sus dos hijas, que habían consagrado su virginidad a Cristo y le habían seguido en sn misión. A veces cruzaba el río y entraba en la vecina ciudad de Laodicea para cultivar con su palabra la semilla que habla dejado allí Pablo. Y no podía olvidar que un día el Hijo de Dios había pronunciado su nombre familiarmente, y le había dicho: "Felipe, el que me ve a Mí, ve también a mi Padre."

SANTIAGO EL MENOR

Santiago escucha atento, camina alegre, observa silencioso y practica intrépido. Es un espíritu grave y austero. Tiene un título a la amistad de Jesús, que no tienen Simón de Jonás ni Juan de Zebedeo: es pariente del Señor. Ha nacido en Caná, cerca de Nazareth. Su madre, María, y su pa­dre, Alfeo Cleofás, pertenecen a la misma familia que José el carpintero y María, su esposa. Es sobrino de la Madre de Dios; es "hermano" de Jesús, uno de los pocos hermanos de Jesús que creyeron en Él antes de la Pasión. Y sin embar­go, los preferidos son Pedro y Juan. Pero Santiago no dice nada; no vacila; no se queja; recoge humildemente las pará­bolas del divino Sembrador, gloria de su casa, y parece como si pensase constantemente en aquella frase que un día cayó de los labios de Cristo: "Todo el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi amigo, mi hermano y mi madre." Para diferenciarlo de Santiago el Mayor se le llama el Menor. El evangelio dice que era de Caná de Galilea, que su padre se llamaba Alfeo y que era hermano del Señor porque en la Biblia se le llaman "hermanos" a los que provienen de un mismo abuelo: a los primos, tíos y sobrinos y probablemente Santiago era "primo" de Jesús, hijo de alguna hermana de la. Virgen. En la Biblia se lee que Abraham llamaba "hermano" a Lot, pero Lot era sobrino de Abraham. Y se le lee también que Jacob llamaba "hermano" a Laban, pero Laban era tío de Jacob.

EL SEÑOR SE APARECIO A SANTIAGO

San Pablo afirma que una de las apariciones de Jesús Resucitado fue a Santiago. Y el libro de los Hechos narra cómo en la Iglesia de Jerusalén era sumamente estimado este apóstol, "el obispo de Jerusalén". San Pablo cuenta que él, la primera vez que subió a Jerusalén después de su conversión, fue a visitar a San Pedro y no vio a ninguno de los otros apóstoles, sino solamente a Santiago. Cuando San Pedro fue liberado por un ángel de la prisión, corrió hacia la casa donde se hospedaban los discípulos y les dejó el encargo de "comunicar a Santiago y a los demás", que había sido liberado y que se iba a otra ciudad (He 12,17). Y que la última vez que San Pablo fue a Jerusalén, se dirigió antes que todo "a visitar a Santiago, y allí en casa de él se reunieron todos los jefes de la Iglesia de Jerusalén" (Hh. 21,15). San Pablo en la carta a los Gálatas dice: "Santiago es, junto con Juan y Pedro, una de las columnas principales de la Iglesia". Cuando los apóstoles se reunieron en Jerusalén para el primer Concilio, fue el apóstol Santiago el que redactó la carta que dirigieron a todos los cristianos (He15).

Hegesipo, historiador del siglo II dice: "Santiago era llamado ‘El Santo’. La gente estaba segura de que nunca había cometido un pecado grave. Jamás comía carne, ni tomaba licores. Pasaba tanto tiempo arrodillado rezando en el templo, que se le hicieron callos en las rodillas. Rezaba muchas horas adorando a Dios y pidiendo perdón al Señor por los pecados del pueblo. La gente lo designaba como: ‘El que intercede por el pueblo’". Muchísimos judíos creyeron en Jesús, movidos por las palabras y el buen ejemplo de Santiago.

Este apóstol redactó uno de los escritos más agradables y provechosos de la  Biblia. Es la "Carta de Santiago". Un mensaje hermoso y sumamente práctico. Allí dice frases tan importantes como estas: "Si alguien se imagina ser persona religiosa y no domina su lengua, se equivoca y su religión es vana". "Oh ricos: si no compartís con el pobre vuestras riquezas, preparaos a grandes castigos del cielo". "Si alguno está triste, que rece. Si alguno se enferma, que llamen a los presbíteros y lo unjan con aceite santo, y esa oración le aprovechará mucho al enfermo", que dio lugar a la Unción de los enfermos. La frase más famosa de la Carta de Santiago es esta: "La fe sin obras, está muerta". Pero el Apóstol Santiago repite que sin buenas obras, la fe queda muerta.

HOMBRE PROVIDENCIAL PARA MANTENER LA FE MOSAICA SIN DETRIMENTO DEL EVANGELIO

Santiago el Menor era en Jerusalén, pri­mer obispo de la más antigua de las iglesias. Era un obispo perfecto: vida sin mancha, apego a la tradición, dignidad en el semblante, majestad en el andar, prestigio en la palabra, espíritu de oración y austeridad que subyugaba. Su presencia recordaba a Juan el Bautista, y algo, ciertamente, quedaba del viejo mosaísmo en aquella singular figura de la era apostóli­ca. Santiago vivía en la Ciudad Santa con el rigor de los antiguos nazareos: ni comía carne, ni bebía vino, ni usaba calzado, ni se bañaba, ni se ungía, ni se cortaba el cabello. Su único vestido era una túnica, y sobre ella el manto episcopal de lino. Sus miembros esta­ban como muertos, dice San Juan Crisóstomo; y en sus largas postraciones, las rodillas se le habían endurecido de tal modo, que recordaban la piel del camello. La Ley antigua era la atmósfera apropiada a esta rígida naturaleza, amante de la disciplina inflexible, de las minu­ciosas prescripciones que encadenaban el alma. La presencia de este hombre en la Ciudad Santa fue una bendición. Muchos israelitas a quienes la elocuencia de Pablo hubiera alejado de la fe, se dejaron ganar por el asceta, que, como los santos del Antiguo Testamento, hablaba la lengua de los libros sagrados y exaltaba "la ley real, la ley per­fecta que condena a los prevaricadores, la ley santa que no puede sr violada en un solo punto. Muchos judíos se convirtieron al ver que podían seguir siendo fieles a Moisés adorando en el templo al Dios de Israel, "Padre de las luces, que se revelaba a ellos en su Hijo Jesús", como su obispo les decía. Renunciaban, ciertamente, a sus familias sacerdotales, pero Santiago hacía para ellos las veces de sumo sacerdote. En sus reuniones íntimas le veían sentado majestuosamente sobre el trono pontifical, llevando en la frente la insignia de los descendientes de Aarón, la placa de oro con los caracteres sagrados que decían; "Santidad de Yahvé".

VENERADO POR JUDIOS Y CRISTIANOS

Judíos y cristianos se inclinaban delante de aquel hombre en quien la más alta virtud se unía al amor más exaltado de la Ley. Todos le miraban con respeto al verle pasar seco, rígido, descalzo, extenuado; todos le escuchaban reverentes cuando hablaba de "la puerta de Jesús crucificado", por la cual se llega hasta Yahvé. La multitud le oprimía para tocar el borde de su túnica; y se decía que, en una gran sequía, bastó que él levantase las manos al cielo, para hacer descender la lluvia. Su oración era incesante. Se le veía en el templo, a la entrada del Sancta Sanctorum, con la frente pegada en la tierra, sin que los mismos levitas osasen molestarle, por no interrumpir su contemplación.

COLUMNA DE LA IGLESIA

Pero aun entre los convertidos del gentilismo, Santiago era una autoridad. "Columna de la Iglesia" le llamaba Pablo, cuyo espíritu no era precisamente el mismo que el del obispo de Jerusalén. Las obras legales que Pablo rechazaba eran sagra­das para Santiago. Se creyó un momento que Santiago, con ruda intransigencia, se pondría al frente de los judaizantes, pero también él cedió a la elocuencia de Pablo. Fue en el Concilio de Jerusalén. Santiago se resistía a abandonar la Ley antigua; pero no era eso lo que se reclamaba de él; bastaba que no im­pusiese su observancia; que él fuese al templo y conservase entre los suyos el signo de la circuncisión, mientras Pablo pre­dicaba entre las gentes su evangelio de libertad.

Santiago se rindió, y se rindió con toda sinceridad. Se vio unos años más tarde, cuando tuvo que intervenir en las iglesias evangelizadas por el Apóstol de los gentiles. Pablo entonces estaba prisionero. Entretanto, sus enemigos deformaban su doc­trina, torcían su pensamiento y traicionaban su enseñanza.

CARTA DE SANTIAGO

Santiago se dio cuenta del peligro, y para atajarlo escribió una carta dirigida "a las doce tribus de la dispersión". Su condescen­dencia llega a un límite que difícilmente se hubiera podido esperar de él. Sabe que no habla con los piadosos ritualistas de Jerusalén; recuerda que un día convino con Pablo en no imponer las ceremonias mosaicas a los convertidos; y ni un momento pierde de vista que sus lectores viven en un ambiente de cultura helénica amplia y brillante. Deja un instante su hebreo familiar para expresarse en el griego de los literatos, en el de Lucas, en el de los retóricas antioquenos; da a en­tender que ha leído los escritos del judaísmo helenizado, que le es familiar la sabiduría alejandrina y que conoce las ten­dencias neoplatónicas de Filón. Insiste, ciertamente, sobre la realización de la justicia, recoge los ejemplos de los antiguos santos hebreos, se inspira en los Proverbios y en los profetas; pero, aunque algunos rasgos nos reflejan el espíritu que no ha logrado desprenderse de la Sinagoga, se guarda muy bien de oprimir las almas con su espíritu de esclavitud. Al contra­rio, habla claramente de la ley perfecta de la libertad, que es el cristianismo como regla de vida, el Evangelio realizado. Por algo Lutero llamaba a este escrito, la Epístola de la paja. Porque es la Epístola de la fe con obras.

Interesa profundizar en los grandes misterios. “Que el hermano de baja condición se glorifique en su pobreza como en el mayor de los honores; y que el rico vea en su riqueza un motivo de humillación, porque todo pasará como la flor del heno. Sale el sol, la hierba se marchita, la flor cae y todo encanto desaparece. Así se agostará el rico en sus caminos." Pasando a señalar los caracteres de la verdadera fe, Santiago anatematiza las teorías fatalistas que atribuyen el pecado a la acción irresistible del destino. "No-dice- cada cual es movido e incitado por su propia concupis­cencia: la concupiscencia concibe y pare el pecado, y el peca­do, al consumarse, engendra la muerte." La fe, ciertamente, es una gracia sobrenatural, "un don perfecto, que desciende de arriba, del Padre de las luces, y regenera por la palabra de la yerdad; pero no desarrolla su virtud redentora sino a condición de que la "palabra plantada en el alma arroje de ella todo fango de pecado, haciendo germinar frutos de justicia, de paz y de misericordia".

EL APOSTOL ARDOROSO

La ira inflama el corazón del apóstol al recordar el "celo amargo" de los que transforman en podre­dumbre la buena nueva de la santidad, y el Evangelio de la paz en motivo de querella. Fulmina el rayo de su palabra con­tra aquella "sabiduría terrestre, animal, diabólica", y clama indignado: "¿De dónde nacen las luchas entre vosotros? Por ventura no son las pasiones que combaten en vuestros miem­bros la causa de vuestra miseria? Robáis y no tenéis nada; asesináis, y nada conseguís; lucháis, os querelláis, y sois tan miserables como antes. Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?"

La dureza de este lenguaje nos descubre el poder de aque­lla palabra entre los convertidos del judaísmo. Pero Santiago no olvida que su deber es curar las llagas abiertas: y así, des­pués de ese pasajero desahogo, abre a los extraviados su corazón compasivo con acentos empapados en bálsamos de unción evangélica.

EL AROMA DEL SERMON DE LA MONTAÑA

Por su frase corre el hálito del Sermón de la Mon­taña: la misma sencillez en la enseñanza, la misma naturalidad en la expresión, el mismo abandono en la lógica del pensa­miento, la misma gracia de las imágenes. La magia de los discursos del lago de Genesaret había penetrado aquella alma sin dejar el ceño austero de los relámpagos del Sinal. Junto al oyente de Jesús, reaparece aquí y allá el lector asiduo de los libros sapienciales; el grave mo­ralista, cuando escribe en una pintura impresionante los peli­gros de la lengua; el jefe de gesto majestuoso, cuando se yer­gue contra el opresor del débil; y siempre, el carácter noble del hombre a quien todo Israel llamaba "el Justo", el hombre de la lealtad y la rectitud, que es el rasgo saliente de su fisono­mía. Sediento de justicia y de verdad, no comprende que se pueda creer a medias, que se pueda orar con la duda en los labios. Saber hacer el bien, y no hacerlo, es pecar, es mentir a Dios; dudar, es ser como una ola que danza en el mar. Un espíritu inconstante en sus caminos no consigue nada de Dios. Nuestro sí debe ser un sí rotundo; nuestro no, un no claro y preciso.

Toda el alma de Santiago está en esa sinceridad fundamen­tal, en ese entusiasmo para abrazar e imponer sin reserva la vida cristiana en toda su seriedad, "la norma perfecta" de la nueva religión, "la ley reina", que hace reyes a los que la guardan. Aquí está también el origen de su inspiración litera­ria, de su actitud con los humildes y de su indignación frente a los que les tiranizaban.

ANTE LA CORRUPCION

Observa la corrupción, el egoísmo duro y fastuoso de los grandes de Israel; y no puede contener el anatema. "Llorad, ricos-dice, presagiando la ruina de su pue­blo-; aullad sobre las miserias que van a llover sobre vosotros. Vuestras riquezas se han consumido; vuestros mantos han sido roídos por los gusanos; vuestro oro y vuestra plata se han enmohecido, y la polilla devorará vuestra carne como el fuego. Estáis amontonando un tesoro de cólera para los últimos días. El salario del obrero que trabaja en vuestros campos clama contra vosotros, y la voz del segador sube hasta los oídos del Señor de los Ejércitos. Os sumergís en el placer, vivís en las deli­cias de la tierra, y engordáis como las víctimas para el día del sacrificio."

LOS ENEMIGOS

La muchedumbre escuchaba con emoción estos apóstrofes, semejantes a los de los antiguos profetas; pero los potentados rugían de cólera. Eran los aristócratas insolentes y rapaces, que compraban las dignidades del sacerdocio, y se repartían los puestos del Sanedrín, y cruzaban las calles rodeados de servidores, que golpeaban con sus mazas a los transeúntes. Su odio había crucificado a Jesús, se había desencadenado con­tra sus discípulos, haciendo estallar la primera persecución, y ahora iba a terminar con el jefe del cristianismo judío. Era el año 62. Festo, procurador de Judea, acababa de morir. El Sumo Sacerdote Anás II y los jefes de los judíos, un día de gran fiesta y de mucha concurrencia le dijeron: "Te rogamos que ya que el pueblo siente por ti grande admiración, te presentes ante la multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor". Y Santiago se presentó ante el gentío y les dijo: "Jesús es el enviado de Dios para salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes, sentado a la derecha de Dios". Al oír esto, los jefes de los sacerdotes se llenaron de ira y decían: "Si este hombre sigue hablando, todos los judíos se van a hacer seguidores de Jesús". Y lo llevaron a la parte más alta del templo y desde allá lo echaron hacia el precipicio. Santiago no murió de golpe sino que rezaba de rodillas diciendo: "Padre, te ruego que los perdones porque no saben lo que hacen".

El historiador judío, Flavio Josefo, dice que a Jerusalén le llegaron grandes castigos de Dios, por haber asesinado a Santiago que era considerado el hombre más santo de su tiempo. 

JESUS MARTI BALLESTER

 

Jesús Marti Ballester

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