CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

2 de noviembre de 2008

RESUCITAREMOS CON CRISTO

COMO EL JARDINERO VE LAS ROSAS DEL JARDÍN, SIN QUE ELLAS LE VEAN,

NUESTROS DIFUNTOS RADIANTES NOS VEN SIN SER VISTOS.

SON INVISIBLES PERO NO AUSENTES.

LA VIDA Y LA MUERTE 

LA ESPERANZA DEL PURGATORIO Y EL CAMINO DEFINITIVO HACIA LA LUZ ETERNA 

LA ALEGRÍA ANTE LA RESURRECCIÓN QUE NOS ANUNCIADO JESÚS

Autor: Padre Jesús Martí Ballester

 

"Preciosa es a los ojos del Señor, la muerte de sus santos" (Sal 115,15). "Santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Ma 12, 46).

1. Dice el Concilio que "el máximo enemigo de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo, pero su máximo tormento es el temor de un definitivo aniquilamiento. Juzga con instinto certero, cuando se resiste a aceptar la perpectiva de la ruina total y de la desaparición definitiva de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí se subleva contra la muerte" (GS 18).

2. El mundo secularizado divide la vida humana en dos realidades biológicas contrarias: la vida y la muerte. Pretende extraer de la vida el máximo rendimiento en éxito, poder, dinero y placer, y ante la muerte experimenta horror, espanto, desesperación y angustia. E inconscientemente, adopta la actitud del avestruz, y, silencia la muerte como si no existiera. Luís XIV, el rey Sol francés, sentía tal horror ante la muerte que se construyó el Palacio de Versalles, tratando de escapar de la proximidad de panteón de los Reyes de Saint Donis en San Germain, porque le recordaba la muerte. Y hasta un día que el predicador exclamó conmocionado en el sermón: "Todos mueren, Majestad", le lanzó una mirada fulminante que estremeció al orador y le hizo corregirse: -"Casi todos, Majestad". Como resultado se absolutiza la vida terrena y se rechaza la muerte, que ha quedado convertida en tabú, del que se habla muy poco.

3. Ante esta visión terrena de la vida que se queda en las fronteras de este mundo, los cristianos hemos de tener el coraje de oponer la visión cristiana de la vida y de la muerte, con la fe en la resurrección, que es la gran novedad del evangelio de Jesús. Cristo resucitado, convertido en primicia de los que han muerto, explica nuestra vida terrena y nuestra muerte, y nos garantiza la certeza de nuestra resurrección. A la visión biológica vida-muerte, naturalista y terrena, Cristo añade: RESURRECCION. No hay una separación, sino una continuación y consumación de la misma vida.

4. Por el Bautismo hemos penetrado los cristianos en la muerte de Cristo que destruye el pecado y nos deja la semilla de la vida, "para caminar en una vida nueva" (Rm 6,4), a través de la continuada muerte y resurrección que anuncia San Pablo: "Cada día muero" (1 Cor 15,31). Cristo, la resurrección y la vida, que ha dicho "el que crea en Mí, aunque haya muerto, vivirá", hace caer el muro entre la vida y la muerte con la fuerza de su  RESURRECCION.

5 Cristo ha vencido en su propio terreno a la muerte. En torno de la carita de una niña zurea una avispa. Aterrorizada, grita la niña. Corre su madre y abraza a la niña y la avispa clava su aguijón en el cuerpo de la madre, que recibe en su cuerpo el pinchazo de la avispa. Así puede preguntar Pablo: "¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿dónde está, muerte, tu aguijón?" (1 Cor 15,55). "Yo los salvaré del poder de la muerte" (Os 13,14).

6. "¿Y la muerte? ¿Dónde está la muerte?/. En lugar de la muerte tenía la luz", escribió un poeta. "Morir sólo es morir./ Morir se acaba./ Morir es una hoguera fugitiva./ Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba" (Martín Descalzo). Sin embargo la realidad de fe no elimina la sensibilidad humana ante el hecho traumático de la muerte, pero le da un sentido. ¿No lloró Jesús ante el sepulcro de Lázaro, a punto de resucitarlo? (Jn 11,40). Y ¿no se sintió triste hasta la muerte en Getsemaní y pidió al Padre que pasara de El el cáliz (Mt 26,39).

7. Nuestra resurrección seguirá el modelo de Cristo viviendo una vida nueva en la que nos encontraremos a nosotros mismos pero de un modo diverso: "Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción; se siembra en vileza y resucita en gloria; se siembra en flaqueza y resucita en fuerza; se siembra cuerpo animal y resucita cuerpo espiritual" (1 Cor 15,42).

8.  Nosotros conocemos la muerte, como una realidad que ha causado en nuestra carne desgarramientos dolorosos. Vienen a nuestra mente nombres de personas, rostros, palabras hermosas, que llenan el recuerdo de los días vividos juntos, de los lugares animados por personas queridas y amadas. San Agustín nos cuenta su tristeza al morir su madre y su llanto copioso. El lenitivo nos lo ofrece la fe. Pensemos que están con nosotros. Si son invisibles, no están ausentes. Nos podemos comunicar con ellos. Están presentes a nosotros con su oración, inspiraciones, el amor, que permanece completamente purificado, o en vías de purificación. Por eso ofrecemos hoy la Eucaristía, para que la Sangre de Cristo la acelere.

9."Si el grano no cae en la tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, produce mucho fruto" (Jn 12,24). De ese grano muerto en el calvario y enterrado, han brotado tres espigas: la de la vida celeste, la de la vida que se purifica y la que peregrina en este mundo. Las tres están unidas en la caridad. Estamos unidos con nuestros difuntos, y ellos nos ven, como el jardinero ve las rosas en el jardín, aunque las rosas, que viven una vida inferior, no vean al jardinero. Nosotros somos esas rosa visibles pero ciegas.

10.  Los que se fueron, ante la muerte se han sentido como el niño que va a nacer: Al tener que salir del seno materno, al aire y la luz de este mundo, si el niño tuviera conciencia de su momento, creería que iba a morir. La realidad es que va a comenzar una nueva etapa en su vida: va a gozar de una vida más plena. Cristo Resucitado ha ganado esta victoria para el hombre, lleno de ansiedad y pobre ante el misterio de la muerte, liberándolo de la muerte con su propia muerte.

11.  Dice el Concilio: "La Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos, guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque "santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Mac 12,46).

12.  La fe nos ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros hermanos queridos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera. "Este Concilio recibe la venerable fe de nuestros antepasados sobre el consorcio vital con nuestros hermanos de la gloria celeste, o de los que se purifican después de la muerte y confirma los decretos de los Concilios Niceno II, Florentino y Tridentino". "Nuestra debilidad queda más socorrida por su fraterna solicitud" (LG 49). "La iglesia peregrinante, reunida en Concilio, sintió la necesidad de manifestar su conciencia de estar ontológicamente unida a la Iglesia celeste". "Algunos de los discípulos del Señor peregrinan en la tierra, otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente el mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios" (Ib 49).

13.  La muerte es un episodio, un paso, una pascua, una transformación. Habrá dolores, porque el grano de trigo no muere sin destrucción. El despojo que la muerte obra en el hombre para pasar a la vida nueva, se obra con dolor y quebranto. Pero no nos fijemos exclusivamente en esa destrucción olvidando sus consecuencias en el más allá. Iluminados por la fe hemos de contemplar a nuestros difuntos camino de la Pascua de Cristo, que con su muerte destruyó la muerte, y con su Resurrección nos dio la vida. Cristo ha hecho de su muerte el momento más trascendente de su vida, para llevarlos a la vida de Cristo donde viven y vivirán para siempre unidos a nosotros.

14.  Cuando nace un niño prematuro, el cariño de sus padres lo deposita en la incubadora hasta que llegue a su plena maduración. El bautismo nos sembró la semilla de la resurrección. Durante nuestra vida se va desarrollando Cristo por el ejercicio de las virtudes evangélicas y el alimento de los sacramentos, sobre todo de la la eucaristía: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, vivirá eternamente" (Jn 6,55). Esta vida culmina en la muerte, en la cual el cristiano se asimila a Cristo muerto y resucitado. Si al morir está todavía inmaduro, el mismo cristiano al verse ante Dios, se ve imperfecto y dice como San Pedro: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador, aunque quiero estar contigo". El Padre Dios coloca a ese cristiano, a ese hijo inacabado en una incubadora que se llama Purgatorio, negado por los protestantes, pero definido por la Iglesia Católica. Ayudemos hoy y cada día a nuestros difuntos, con nuestra oración y con el santo sacrificio, a culminar su proceso de curación y maduración.

15. El salmo 30 manifiesta la confianza en el Señor como el náufrago en la roca a la que se agarra con firmeza y al fuerte baluarte donde se refugia y se deposita en sus manos piadosas y misericordiosas en las que encuentra su gozo y su alegría, que alumbran ya la aurora de la manifestación del brillo del rostro del Señor.

16. Con el sacrificio de la Misa celebrada por los difuntos podemos hacer descender la sangre redentora sobre las almas del Purgatorio, y apresurar la hora de su liberación. Ahora bien, cada una de esas almas es como un universo espiritual que gravita hacia Dios. Nos­otros podemos ayudarlas a unirse más pronto a El. Participemos en el Sacrificio de la Eucaristía por nuestros difuntos. Ofrezcámoles una indulgencia plenaria, y puesto que ese tesoro está abierto para sus almas, aprovechémonos por exigencia de caridad.

17. Muchos fieles, convencidos como están por falta de instrucción y por el influjo protestante tan infiltrado de que el cielo es muy barato, creen en la liberación de las almas de sus difuntos tan desconsideradamente, que ni rezan ni ofrecen misas por ellos. Relata Garrigou-Lagrange: Un día, después de una conferencia que dí en Ginebra, un protestante muy culto y de una inteligencia muy despierta vino a mi encuentro. Le pregunté de buenas a primeras: -¿Cómo es que Lutero ha llegado a la conclusión de que la fe en los méritos de Nuestro Señor Jesucristo basta por sí sola para la salvación, y que no es necesario observar los mandamientos, ni siquiera los del amor de Dios y del prójimo? -Me respondió: -Es muy fácil. ¿Cómo muy fácil? Es diabólico -añadió él-. No me hubiera atrevido a decíroslo -repuse-; pero entonces ¿por qué eres luterano? -En mi familia -dijo-lo somos de padres a hijos, pero yo me voy a convertir en católico. Así ha podido escribir el Padre Monsabré: "Para ser consecuente con los principios sobre la justificación, el protestantismo ha negado el dogma del Purgatorio. Al poderse salvar el hombre por la sola fe en los méritos de Jesucristo, sin tener que inquietarse por sus propias obras, evidentemente no tiene nada que ver, después de la muerte, con la Justicia divina, y sólo debe preocuparse de su audaz e imperturbable confianza en la virtud redentora de Aquél, de cuyos méritos disfruta después de haber violado sus preceptos".

18. Ayudemos a los difuntos con muchos actos de virtud en el transcurso del día, con una señal de la cruz, con una limosna, con una contrariedad aceptada, con una tentación vencida por amor, con sacrificios y obras de de caridad. Pensemos en las almas más abandonadas y, alguna vez, en las más santas que sufren también mucho.

JESUS MARTI BALLESTER.

JESUS MARTI BALLESTER

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