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20 de enero de 2008 EL BAUTISMO NOS CONVIERTE EN HIJOS AMADOS DEL PADRE
Y EN LUZ DE SALVACION PARA TODOS LOS HOMBRES. Autor: Jesus Marti Ballester |
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1.
"Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el fin
de la tierra" Isaías 46,3. Parece una antinomia el deseo del Señor
expresado por Isaías. Quiere que sea la luz de las naciones, y lo tiene
encerrado treinta años en Nazaret, hasta el punto de que sus propios
familiares le decían: "Manifiéstate al mundo" (Jn 7,4). Pero
seguramente hay alguna clave para interpretar esos deseos y casarlos con la
realidad. Me aventuraré a descifrarla: Jesús es la semilla, es el grano de
mostaza, es el puñado de levadura...Como tales, debe seguir los ritmos
propios de la naturaleza. El Niño tiene que crecer y madurar en hombre lleno
de sabiduría; la levadura tiene que estar en su punto de fermentación para
poder fecundar toda la masa; la semilla, debe seguir el proceso germinativo
natural. La maravilla está en que estos deseos santos de salvación exigen
control y paciencia, perseverancia y constancia, muerte de las
precipitaciones, anatema de la irreflexión. Todo eso que a los hombres nos
aterroriza: estudiar, esperar, orar, reflexionar, planear, seguir un método,
jerarquizar los valores, anteponiendo los sustanciales a los accidentales,
los que sólo nosotros podemos hacer y dejar a los otros los que no precisan
nuestra intervención, aunque nos halague. Porque no nos halaga ni nos
satisface, porque nos cuesta más, no estamos dispuestos a aceptarlo, ni mucho
menos a practicarlo. Por esa línea discurre la célebre afirmación del
Fundador de Taizé, el Hermano Roger: "Los "cristianos"
españoles influirán poco, porque estudian poco y oran poco". Es más
fácil subir al ambón y hablar sin prepararse, que prepararse con paciencia
para ser luz. Esa es la conducta de Dios con su Siervo, destinado a ser luz
para todas las naciones. Embriagar de amor se consigue y sólo con eso,
ofreciendo vino puro, y no vino aguado. Pero el vino puro necesita años de
solera y de reposo en la bodega. No se puede precipitar la añejez del vino,
ni la sabiduría de los predicadores. Sólo se puede provocar un incendio en la
ciudad, si antes se ha sido ascua en Nazaret. Y a ese proceso hay que estar
muy atentos en la selección, si se quiere y se busca que la ciudad esté
radiante de luz. "El que un día ha de ser rayo, tiene que ser durante
mucho tiempo nube" (Nietzsche). 2.
Juan Bautista nos confiesa: "He visto al Espíritu como paloma descender
del cielo y posarse sobre El" Juan 1,29. Juan ha comenzado su Evangelio
con un himno a la Palabra que existía desde el principio y que se ha
encarnado. Confiesa que hemos contemplado su gloria, la excelsitud de su amor
en la tierra y la belleza de su alma de niño, de adolescente gracioso, que
crece en edad, en sabiduría y en gracia y de hombre adulto, enamorado y
vigoroso, en su Verbo encarnado. Esta sería la gloria concomitante, o de
irradiación, diferente de la gloria de la transfiguración en el Tabor,
contemplada también por Juan. Nos dice también que Juan Bautista había
testificado de El que venía detrás de él, pero que era primero que El. Y
sigue diciendo que a Dios nadie lo ha visto jamás, pero que su Unigénito, que
está en su seno, nos lo ha revelado (Jn 1,14-19). 3.
Los judíos enviaron a preguntar a Juan Bautista: ¿quién eres? -Y él contestó:
"Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno que no
conocéis; es el que viene después de mí y a quien no soy signo de desatar la
correa de su sandalia. Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán,
donde Juan bautizaba" (Jn 1,26). 4.
La Liturgia de este domingo, ha preferido la lectura de Juan, que retoma la
narración de Mateo, leída el domingo anterior, fiesta del Bautismo del Señor,
y con su estilo peculiar, nos relata también el momento en que Jesús viene
hacia él para que le confiera el bautismo, o bien el momento posterior, que
le ha ofrecido la ocasión de testificar que Jesús es el Hijo de Dios. En el
vértice de esta nueva escala de nobleza está Jesús de Nazaret, “cordero sin
tacha y sin mancilla” (1 Pedro 1,19), porque, sin haber cometido ninguna
culpa, él ha llevado sobre sí la pena de todas las culpas. 5.
Hacía muchos siglos que Dios había prometido que la estirpe de la mujer
aplastaría la cabeza de la serpiente. Habían vivido Patriarcas y muchos
Profetas. A los Patriarcas les hablaba Dios, preparando la sementera. Después
los Profetas hablaron al pueblo lo que Dios les inspiraba. Le comunicaban
esperanza y corregían sus pecados, que Dios purificaba. El último Profeta ha
sido Juan Bautista, que ha preparado ya los caminos del Señor. Ahora, el
Señor ya está aquí. Lo ha bautizado él en el Jordán, como hemos meditado el
domingo anterior. El Padre dijo que El era su hijo Amado. Hoy es Juan
Bautista el que dice: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo". El Cordero. El corderito no hace mal a nadie, pero puede ser
devorado por el lobo. Jesús no ha venido a damos sabias explicaciones sobre
el dolor sino que ha venido a asumirlo silenciosamente sobre sí. Tomándolo
sobre sí, lo ha cambiado desde su interior: de signo de maldición a
instrumento de redención. Lo ha hecho el supremo valor, la nobleza más alta.
Después del pecado, la grandeza de una criatura se mide por el mínimo de
culpa y el máximo de pena del mismo pecado. “¿Quién me puede argüir de
pecado?” y aceptar cargar con sus consecuencias. Su grandeza no está en la
inocencia o en el sufrimiento alternativos, sino en
la presencia simultánea de la inocencia y del sufrimiento. Éste es el
sufrimiento que nos acerca a Dios. Sólo Dios sufre y sufre en sentido
absoluto como inocente. En el vértice de esta nueva escala de nobleza está
Jesús, “cordero sin mancha” (1 Pe 1,19). «Él ha sido herido por nuestras
rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la
paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53, 5). 6.
Por eso somos amados por el Padre, como hijos, como lo es Jesús, todos los
que hemos sido bautizados. Si una madre no agota su maternidad en el primer
hijo, menos el Padre agota la suya en su Hijo Unigénito. Pues su Amor sin
límites le pide prolongar su paternidad en hijos innumerables. Somos hijos de
Dios en el Hijo, y por la sangre del Hijo, que borra con ella el pecado del
mundo. 7.
Con el corazón rebosante de amor, ansioso de conquistar a todos los hombres,
va a comenzar Jesús su ministerio misionero, después de haber sido bautizado
por Juan. Lo que me cuesta a mí recibir la confesión de un sacerdote y, sobre
todo, después de escuchar su confesión, exhortarle. Lo mucho que me humilla y
hasta me hace incapaz de hilvanar unas ideas, ante un hermano que pide la
reconciliación y el perdón, me sugiere el apuro de Juan Bautista al tener que
bautizar a Jesús, el Cordero Inocente. Y no quería, se resistía. Tuvo que
imponérselo Jesús: Hemos de cumplir lo que el Padre quiere. Yo me tengo que
humillar para quitar el pecado. No hay otro modo justo de reparar la soberbia
del hombre más que humillándose Dios. La humillación es lo que más cuesta.
Tuvo que pasar entre la gente como un pecador más. Pero como el que se
humilla será ensalzado, y Dios es justo, a Jesús que se humilla, el Padre lo
ensalza, proclamado ante aquellos judíos que en las riberas del Jordán,
confiesan sus pecados, que aquél sobre el que desciende el Espíritu Santo, es
su Hijo muy amado y no necesita ser bautizado. Somos nosotros los que
necesitamos ser bautizados en su sangre. 8.
Pero para que ese manantial de Sangre redentora que brotó en el Calvario del
Costado abierto del Cordero de Dios, Jesucristo, produzca efectos
individuales, es necesario que vayamos a recoger la sangre que nos
corresponde, en los sacramentos. No basta que haya una fuente siempre
manando, hemos de ir con nuestro cántaro a la fuente: "Sacaréis aguas
con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12,3). Jesús, con sus
llagas abiertas, nos ha abierto el cielo que estaba cerrado. Nos ofrece la
posibilidad de ser hijos de Dios, de vivir su misma vida divina, la que él
recibe del Padre y de ser envueltos en su luz, la luz del Cordero, que nos
hace luz para todas las gentes. 9.
Todos y cada uno de los bautizados podemos escuchar como pronunciadas sobre
nosotros, las palabras abismales y consoladoras: "Tu eres mi siervo de
quien estoy orgulloso. Te hago luz de las naciones para que mi salvación
alcance hasta el confín de la tierra" Isaías 46,3. Señor, ¿hasta el
confín de la tierra? Ese es mi ardiente deseo, pero estoy confinado en este
rinconcito tan limitado. Y me acuerdo de los treinta años de tu Nazareth... 10.
Porque estas Palabras son dirigidas a la Iglesia, "a los consagrados por
Jesucristo, al pueblo santo que él llamó" 1 Corintios 1,1, a todos los
miembros de la Comunidad llamada a difundir la gran riqueza de la filiación
divina a todos los hombres. 11.
Nuestra respuesta la hemos dado en el Salmo 39: "Aquí estoy, Señor, para
hacer tu voluntad". Como la ha obrado el primogénito, al dar
cumplimiento a su vocación de reunir a Israel; de convocar a la Iglesia y a
la entera humanidad por ella; de purificar a la Iglesia en el Espíritu Santo,
por el Bautismo, la penitencia, la Eucaristía; al morir por la Iglesia, como
Cordero de Dios, Cordero Pascual, el "Cordero de pie, glorioso, como
degollado", de que nos habla el Apocalipsis (Ap 5) La nobleza y el honor
nos obligan a vivir una vida digna de hijos de Dios. Cesen por tanto las
guerras. Luchemos personalmente y diariamente con el pecado. Y luchemos
también socialmente contra las estructuras de pecado. No seamos ingratos: Era
una joven cieguecita. Sufría mucho. Estaba ciega. Un joven muy bueno se
enamoró de ella. Ella le confiaba sus cuitas. El sabía que sufría mucho
porque era ciega. Le donan unos ojos. Dos ojos nuevos. ¡Qué alegría! Ahora es
el joven quien le ofrece casarse con él y ella responde que no, porque ahora
es él el ciego. El novio, amargado, responde con un dolor inmenso: Pues cuida
mis ojos porque siempre verás con mis ojos. Te amo. 12.
Jesús no nos da doctas explicaciones sobre el dolor, sino que lo ha asumido,
se ha sumergido en el mar brumoso del dolor y lo ha hecho supremo instrumento
redentor cambiando su signo negativo. Por él el dolor se convierte en el
orden más alto de nobleza. En la mínima culpa y la máxima pena ha quedado
establecida la máxima nobleza. En la misa vamos a sacrificar al Cordero de
Dios. Lo vamos a comer. Lo comen buenos, lo comen malos, pero el resultado es
diferente: de vida o de muerte. De amor y gratitud a pecado e infidelidad.
Formemos bien nuestra conciencia. Con la sangre del Cordero, Jesucristo
instituyó un sacramento para perdonar los pecados que excluyen de la
comunión: la penitencia. Aunque no somos dignos de que entre en nuestra casa,
acerquémonos con conciencia limpia, a recibir al Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo. JESUS
MARTI BALLESTER |
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Jesus Marti Ballester |
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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |