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“SOY YO QUIEN OS HE ELEGIDO”
"Os he llamado amigos,
porque os he manifestado todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis
elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido y os he destinado a que
os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure" (Jn 15,15).
Jesús entrega su amistad y
pide la nuestra. Ha dejado de ser el Maestro para convertirse en amigo.
Escuchad como dice: Vosotros sois mis amigos... No os llamo siervos, os
llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer…En aras de esa amistad, que es entrañable, que es verdadera y
ardorosa, desea atajar a los que aún pudieran no hacerle caso. "No
sois vosotros -les dice- los que me habéis elegido, soy yo quien os he
elegido".
Es un compañero deseoso de
salvar, de alegrar y de llenar de amor, de gozo y de paz a sus amigos.
"Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría
llegue a plenitud". El Maestro está con los brazos abiertos de la
amistad tendidos hacia nosotros. Y con la alegría como promesa y como
ofrenda. Nunca se ha visto un Dios igual. Camina ahora mismo y por
cualquier calle. Por la acera de tu casa, seguro o en tu despacho oo
taller. Y está diciendo que es amigo tuyo, que te quiere igual que a su
Padre y que desea llenarte de alegría. Lo va repitiendo al paso, según se
acerca a tu puerta (ARL BREMEN).
DIOS CREA PORQUE AMA
Por lo mismo que Dios ama,
creó el mundo, porque el amor es difusivo de sí mismo: ¡Cuánta maravilla,
cuánta grandeza, que fascinadora belleza!: le ha salido todo esplendoroso
al Creador.
"¡Oh montes y espesuras,
plantados por la mano del
Amado!,
¡oh, prado de verduras
de flores esmaltado!,
decid si por vosotros ha
pasado", cantó el insuperable poeta del amor, San Juan de la Cruz.
Creó los hombres, la obra
suprema de la creación. Suprema y bella. Los hombres desobedecieron y
pecaron. (Gén 3,9). El pecado es un desequilibrio, un desorden, como un ojo
monstruoso fuera de su órbita, como un hueso desplazado de su sitio, en
busca del placer, de la satisfacción del egoísmo, del sometimiento a su
soberbia, como si el sol se saliera de su ruta, buscando su independencia.
Frustraron el camino y la meta de la felicidad. De ahí nace la necesidad de
la expiación, del sufrimiento, del dolor, por amor, para restablecer el
equilibrio y el orden. Dios envía a una Persona divina, su Hijo, a
"aplastar la cabeza de la serpiente", haciéndose hombre para que
ame como Dios, hasta la muerte de cruz, con el Corazón abierto.
EL SIERVO DE YAHVE
Ese Hombre Dios, el Siervo de
Yahvé, que, "desfigurado no parecía hombre, como raíz en tierra árida,
sin figura, sin belleza, despreciado y evitado de los hombres, como un
hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, considerado leproso, herido
de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes, como cordero llevado al matadero" Isaías 52,13,
inicia la redención de los hombres, sus hermanos. El es la Cabeza, a la cual quiere unir a todos los hombres, que convertidos en sacerdotes, darán
gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu, e incorporados a la Cabeza, serán corredentores con El de toda la humanidad, creada para la felicidad eterna.. El
Padre, cuya voluntad ha venido a cumplir, lo ha constituído Pontífice de la Alianza Nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinando, en su designio
salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Para eso, antes de
morir, ha elegido a unos hombres, sus hermanos, para que, en virtud del
sacerdocio ministerial, que les convierten en potencia sobrenatural,
bauticen, proclamen su palabra de vida, perdonen los pecados y renueven su
propio sacrificio, en beneficio y servicio y santificación de sus hermanos,
.
"Él no sólo ha conferido
el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor
de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la
imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en
su nombre el sacrificio de la redención, y preparan a sus hijos el banquete
pascual, donde el pueblo santo se reúne en su amor, se alimenta con su
palabra y se fortalece con sus sacramentos. Sus sacerdotes, al entregar su
vida por él y por la salvación de los hermanos, van configurándose a
Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor" (Prefacio)
Por eso, si los cristianos
debemos tomar nuestra cruz, los sacerdotes, más, por más configurados con
Cristo, con sus mismos poderes. Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Los
sacerdotes nos hemos de inmolar porque Cristo se inmoló a sí mismo. Hemos
de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio es el
suyo. La necesidad de perfección que lleva consigo ser sacerdote se
fundamenta en el carácter sacerdotal, que permite al sacerdote participar
misteriosamente en la condición sacerdotal del mismo Cristo» Este
carácter sacerdotal, en paralelo con el carácter bautismal, es: el elemento
físico de nuestra participación del sacerdocio mismo de Jesús; es una
cualidad inamisible que consagra al ordenando y le configura con Cristo en
cuanto sacerdote; le capacita, como poderoso instrumento sobrenatural que
es, para comunicar la vida de Cristo instrumentalmente y activamente a los
demás; exige las gracias necesarias para poder cumplir dignamente la misión
social tan alta y sublime que se le confiere.. Participación del sacerdocio
de Cristo, de su dignidad sacerdotal, de sus poderes sacerdotales, para
prolongar su misión sacerdotal a través de los tiempos. El sacerdote hoy
por nuestras calles e iglesias es Jesús Viviente entre nosotros.
Hemos de ser conscientes de
los diversos y graves problemas que tiene toda esta construcción si se
quiere fundamentar en la Sagrada Escritura. Lo que es incuestionable es que los "doce" fueron sacerdotes para continuar la misión sacerdotal
de Jesús. Y que todos los que ahora somos sacerdotes entramos en esta
misión sacerdotal de Cristo.
El sacerdote es el
glorificador por antonomasia, personal y socialmente considerado, y por
ende el hombre religiosísimo siempre, pues siempre y en todo es sacerdote.
El segundo elemento
característico de la espiritualidad del sacerdote es la caridad pastoral:
Tanto más eficaces, cuanto mayo unión de amor recorra nuestras venas. Somos
corredentores con Cristo de las almas. Somos y vivimos para glorificar a
Dios en ellas. Somos por tanto para ellas. La vida del sacerdote en medio
de todos los problemas de la vida real de las gentes, quedará sellada
profundamente por esa ilimitada entrega de amor. La imagen del pastor lo
dice todo.
Pero hay un tercer elemento,
quizás el más específico de espiritualidad. La eclesialidad, con las
diócesis- familias integradas por el obispo-padre y los sacerdotes hermanos
del clero diocesano, las diócesis-empresas, en donde los sacerdotes
trabajan para una empresa común, ¡que no es mía ni tuya, sino de todos.
Diócesis, familia y empresa, apretada junto a sus obispos, en la paz y la
sencillez de una vida hermanada: en ese cuadro es donde tiene que florecer
la santidad sacerdotal, matizada por esas virtudes claves de la religión
sacerdotal y la caridad pastoral, que la manera concreta de vivir el
sacerdocio está pidiendo. En esto consiste "mística" del
sacerdote..
La expresión máxima de la
religión sacerdotal es la celebración de la misa. Y ejercicio
imprescindible de este sacerdote religioso es la oración, que sirve al
estudio, y el estudio puede y debe servir también a la oración, según el;
bello dicho de Evagrio Póntico: «El pecho del Señor contiene la gnosis de
Dios; el que se recostase sobre él será teólogo”
La dimensión de la
religión, pertenece a la escuela francesa beruliana, en
especial a los escritos de Condren y Olier,en San Juan de Avila y en
Antonio Molina, autores bien conocidos de la escuela francesa, sin olvidar la Mentí nosfrae, de Pío XII.
Una idea infantil del
cristiano, que se acomoda al mundo, una mentalidad inmadura del sacerdote,
lo hace un funcionario. De ahí surgen consecuencias de carrierismo, al
estilo del mundo, excelencias, trajes de colores, que obnubilan el sentido
sustancial del sacerdote-víctima, que conducen a la esterilidad, y
contradicen la misión: "para que os pongáis en camino y deis fruto que
dure", porque se quedan estériles. El fruto que dura es el de la
conversión, la santidad, que permanecerá eternamente. Os he puesto en la
corriente de la gracia, os planté para que vayáis voluntariamente y con las
obras deis fruto. Y precisa cuál sea el fruto que deban dar: "Y
vuestro fruto dure". Todo lo que trabajamos por este mundo apenas dura
hasta la muerte, pues la muerte, interponiéndose, corta el fruto de nuestro
trabajo. Pero lo que se hace por la vida eterna perdura aun después de la
muerte, y entonces comienza a aparecer, cuando desaparece el fruto de las
obras de la carne. Principia, pues, la retribución sobrenatural donde
termina la natural. Por tanto, quien ya tiene conocimiento de lo eterno
tenga en su alma por viles las ganancias temporales. Así pues, demos tales
frutos que perduren, produzcamos frutos tales que cuando la muerte acabe
con todo, ellos comiencen con la muerte, pues después que pasan por la
muerte es cuando los amigos de Dios encuentran la herencia (San Gregorio
Magno).
EL SERVICIO, NO EL PODER
Después de la
"conversión" de Constantino, el clero eclesiástico hizo su
entrada en este mundo, corrió serio peligro de perder su propia naturaleza,
que no consiste en el poder, sino en el servicio. Además, entró en
competencia con el poder secular al aparecer en la escena de la historia política.
Este encuentro y confrontación con la jerarquía civil condujo no sólo a una
ampliación político-social de las tareas apostólicas, sino que también
oscureció el aspecto colegial del servicio de la Iglesia. ¡Cuánto tuvo que luchar y sufrir desde antiguo el Papa Hildebrando, San Gregorio
VII, en la cuestión de las Investiduras por esta causa!. Ha dicho el
Cardenal Lustiger, arzobispo de París: "Ya se que Napoleón identificó
al obispo con los prefectos y con los generales, pero yo me había
sensibilizado mucho contra la Iglesia como sistema de promoción y de poder,
y determiné que nunca me metería en situaciones que favorecieran la
promoción".
EL ORDEN SACRAMENTAL Y LA DIGNIDAD
En el curso del siglo XI
comienza la teología medieval a distinguir claramente, en la elaboración
del tratado de sacramentos, entre el Orden y la dignidad, y puso de relieve
la sacramentalidad del Orden de la Iglesia. A partir de entonces se designa esencialmente como Orden el sacramento que confiere el poder de celebrar la
eucaristía.
Aunque el lenguaje de la Curia romana imprimió su sello a la tradición cristiana, la ordenación no fue considerada
nunca como un simple acceso a una dignidad y como transmisión de unos
poderes jurídicos y litúrgicos, pues siempre se confirió mediante un rito,
Porque la ordenación es un acto sacramental que transmite una gracia de
santificación; los llamados son tomados del mundo y consagrados al servicio
de Dios, son separados para atender a su misión especial. El obispo, el
sacerdote, el diácono no tienen de suyo nada del sacerdote romano, que era
un funcionario del culto público, poseía cierto rango y tenía que realizar
determinados actos. El "sacerdocio" cristiano pertenece a otro
orden; no es primariamente "religioso" ni cultual, sino
carismático; es el ordo de los que han recibido el espíritu y, en virtud de
su orden, están habilitados para continuar la obra de los apóstoles. Las
jerarquías del ministerio aparecen en los escritos de los Padres de la Iglesia, no tanto como títulos que conceden ciertos derechos, sino como tareas que
ciertos hombres llamados a edificar el cuerpo de Cristo toman sobre sí, a
veces incluso contra su propia voluntad.
DIMENSION ESENCIAL
El Orden sacramental es una
dimensión esencial para la Iglesia, y por eso fue incluido entre los
sacramentos. Si se quiere comprender el sentido y la función de este
"sacramento" particular en lugar de atribuir el sacerdocio
cristiano y toda la jerarquía de la Iglesia a un único acto de institución, como hizo el Concilio de Trento, parece que está más en consonancia con la Sagrada Escritura y la realidad de las cosas partir de la Iglesia como "sacramento original". De esta forma no nos exponemos al peligro de separar el orden de la Iglesia histórica para colocarlo por encima de ella, pues es un sacramento esencial para la
existencia de la Iglesia y en el que ésta se actualiza.
DISTINTOS GRADOS
El desdoblamiento del ordo en
varios grados y la introducción de diversas ordenaciones están tan
relacionados con la historia de la Iglesia como con la Escritura. Son producto de un desarrollo, y, en definitiva, la cuestión de si se ha de hablar de
un único sacramento del orden o de si el episcopado y el presbiterado
constituyen sacramentos diversos es más una cuestión terminológica y
teológica que dogmática. Las funciones del obispo y las del sacerdote, las
funciones del sacerdote y las del diácono, no están delimitadas entre sí de
forma absoluta; las funciones respectivas son asignadas por el derecho,
pero este derecho no es un todo inmutable. La validez de las ordenaciones
depende de la actuación de la Iglesia tomada en su totalidad, y no del acto
sacramental considerado aisladamente. La validez o no validez de una
ordenación no es algo que se pueda determinar tomando como base el rito,
con independencia del marco general de la misma.
DESARROLLO
La estructura del ministerio
eclesial se puede considerar, igual que el canon de la Escritura y el número septenario de los sacramentos, como el resultado de un desarrollo.
Desarrollo que se produjo todavía en tiempo de los apóstoles; por eso ha
conservado en la tradición de la Iglesia el carácter de algo que existe por
necesidad jurídica. En la Iglesia tendrá que haber siempre un
"ministerio para velar", un "presbiterado" y una
"diaconía". Sin embargo, las expresiones concretas de esta
estructura esencial pueden cambiar con el tiempo y de hecho han cambiado;
más aún, tienen que cambiar por razón del carácter forzosamente limitado de
las diversas expresiones históricas del ministerio y de la obligación que
éste tiene de asemejarse constantemente a su modelo, Cristo.
Lo mismo que Dios concedió el
espíritu de profecía a los setenta ancianos que había llamado Moisés a
participar con él en el gobierno del pueblo, así también comunica a los
sacerdotes el Espíritu Santo para que se asocien al ministerio de los
obispos. El presbítero colabora con el obispo en la totalidad de sus
funciones de gobierno de la Iglesia. Las funciones del presbítero tienen
una íntima conexión con el ofrecimiento de la eucaristía. Por eso la función
del presbítero en la Iglesia ha de entenderse partiendo de la Cena y de las palabras de Cristo, que mandó a los apóstoles hacer "en memoria de él lo
mismo que él había hecho" (1 Cor 11). Por eso defendió el Concilio de
Trento este aspecto básico del ministerio sacerdotal. Y el Concilio
Vaticano II añade: "Los presbíteros ejercitan su oficio sagrado sobre
todo en el culto eucarístico o comunión, en donde, representando la persona
de Cristo, el sacerdote es al mismo tiempo presidente de la celebración
eucarística, él ofrece el sacrificio in nómine Ecclesiae o, en persona
Ecclesiae y consagrante, sacrificador, y como tal ya no actúa meramente in
persona Ecclesiae, sino in persona Christi y proclamando su misterio, unen
las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza, Cristo,
representando y aplicando en el sacrificio de la misa, hasta la venida del
Señor (1 Cor 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el
de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre como hostia inmaculada (Heb
9,11-28)".
EL MISTERIO DE CRISTO
El sacerdote nos introduce en
la memoria del Señor, no sólo en su pascua, sino en el misterio de toda su
obra, desde su bautismo hasta su pascua en la cruz. El exhorta a la
asamblea de los creyentes a vivir en sintonía con el sacrificio de la cruz,
que ésta vuelve a vivir en el presente en espera de su consumación
definitiva. Por eso el ministerio del sacerdote no se puede limitar a la
celebración de un rito; compromete toda la vida y se desarrolla de acuerdo con
todo el orden sacramental.
Pero no sería fiel a la
tradición quien pretendiera defender que las funciones del sacerdote son de
naturaleza estrictamente sacramental y cultual. También es función del
sacerdote proclamar la palabra de Dios. La misma Cena, en la que el Señor
llama a su sangre "sangre de la alianza", lo pone de manifiesto,
pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación de la palabra de
Dios a los hombres. El acontecimiento de la alianza es al mismo tiempo
acción y palabra. Esta relación aparece todavía más clara cuando se parte
de la base de que eucaristía (1 Cor 11,24) no significa tanto una
"acción de gracias" en el sentido actual de esta expresión,
cuanto una clara y gozosa proclamación de las "maravillas de Dios",
de sus hechos salvíficos. Cuando Jesús declara: "Cada vez que coméis
de ese pan y bebéis de esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que
él vuelva" (1 Cor 11,26), su acto de bendición ritual tiene también el
sentido de una proclamación de la palabra de Dios. El ministerio de ofrecer
la eucaristía ratifica y complementa simplemente una proclamación de la
palabra, que va desde el kerigma inicial hasta la catequesis y la misma
celebración litúrgica. Predicar, bautizar y celebrar la eucaristía son las
funciones esenciales del sacerdote. Sin embargo, dentro del presbiterio
dichas funciones pueden estar distribuidas distintamente, según que unos se
dediquen más a tareas misioneras y otros a la acción pastoral dentro de la
comunidad reunida (Mysterium Salutis). Predicar y enseñar, de otra manera,
¿cómo podrán hacer y administrar los sacramentos con provecho y eficacia
salvadores?
ESCASO APRECIO
El sacerdocio hoy está
bastante desvalorizado. Las cosas poco prácticas no se cotizan. Esta
generación consumista sólo tiene ojos para sus intereses. Ha perdido el
sentido de la gratuidad. Un beso y una sonrisa no sirven para nada, pero
los necesitamos mucho. Un jardín no es un negocio, pero necesitamos su
belleza. Cultivar patatas y cebollas es más productivo, pero los rosales y
las azucenas son necesarios.
El sacerdote sirve. Siempre
está sirviendo. Es necesario como la escoba para que esté limpia la casa.
Pero a nadie se le ocurre poner la escoba en la vitrina. El sacerdote
perdona los pecados, es instrumento de la misericordia de Dios. En un mundo
lleno de rencores y envidias, el sacerdote es portador del perdón. Está
siempre dispuesto a recibir confidencias, descargar conciencias, aliviar
desequilibrios, a sembrar confianza y paz. El sacerdote ilumina. Cuando nos
movemos a ras de tierra, nos señala el cielo. Cuando nos quedamos en la
superficie de las cosas, nos descubre a Dios en el fondo. El sacerdote
intercede. Amansa a Dios, le hace propicio, le da gracias, da a Dios el
culto debido. Impetra sus dones. El sacerdote ama. Ha reservado su corazón
para ser para todos. El sacerdote es antorcha que sólo tiene sentido cuando
arde e ilumina. El sacerdote hace presente a Cristo. En los sacramentos y
en su vida. Es el alma del mundo. Donde falta Dios y su Espíritu él es la
sal y la vida. No hace cosas sino santos. Todos hemos de ser santos, pero
sin sacerdotes difícilmente lo seremos. Es grano de trigo que si muere da
mucho fruto. Nada hay en la Iglesia mejor que un sacerdote. Sí lo hay: dos
sacerdotes. Por eso hemos de pedir al Señor de la mies que envíe
trabajadores a su mies (Mt 9,38).

LA ELECCION
"No me habéis elegido
vosotros a mí, os he elegido yo a vosotros". La elección indica
siempre predilección. Si voy a un jardín, miro y remiro: tallo, capullo,
color, aguante...Elijo, corto y me la llevo. Pero sé que yo no podré ni
cambiar el color, ni darles más resistencia, ni aumentarles la belleza.
Cuando Dios elige, elige a
través de su Verbo: "Por El fueron creadas todas las cosas".
Cuando un joven elige a su novia, es él quien elige. Si eligiesen sus
padres u otros, probablemente saldría mal. Cuando Dios elige esposa,
respeta a su Hijo, que se ha desposar con ella. Cuando Dios elige ministros
suyos, deja a su Verbo la elección. Porque han de continuar sus mismos
misterios.
Parece que el Señor tendrá
sus preferencias. Contando con que siempre puede rectificar y enderezar,
romper el cántaro y rehacerlo, y purificar, es verosímil que cuente con lo
que ya hay en las naturalezas, creadas por El: "Omnia per ipso facta
sunt".
Una de las primeras cualidades
que parece buscará será la docilidad. Docilidad que casi siempre es
crucificante. Otra, será la sencillez: "Si no os hacéis como
niños"... Manifestarse sin hipocresía, con naturalidad.
"Vosotros sois mis
amigos."
"Vosotros sois mis
amigos." ¡Cuánta es la misericordia de nuestro Creador! ¡No somos
dignos de ser siervos y nos llama amigos! ¡Qué honor para los hombres: ser
amigos de Dios! Pero ya que habéis oído la gloria de la dignidad, oíd
también a costa de qué se gana: "Si hacéis lo que yo os mando."
Alegraos de la dignidad, pero pensad a costa de qué trabajos se llega a tal
dignidad. En efecto, los amigos elegidos de Dios doman su carne, fortalecen
su espíritu, vencen a los demonios, brillan en virtudes, menosprecian lo
presente y predican con obras y con palabras la patria eterna; además, la
aman más que a la vida; pueden ser llevados a la muerte, pero no
doblegados. Considere, pues, cada uno si ha llegado a esta dignidad de ser
llamado amigo de Dios, y si así es no atribuya a sus méritos los dones que
encuentre en él, no sea que venga a caer en la enemistad. Por eso añadió el
Señor: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a
vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto".
MISTICA DEL SACERDOCIO DE
JUAN PABLO MAGNO.
San Francisco de Sales, el
Doctor de las alegorías, relata en su “Introducción a la Vida devota”, libro famoso y exitoso en su tiempo, que Alejandro Magno encargó a Apeles
pintar el retrato de Compaspe, la hermosa, a la que amaba intensamente.
Apeles, naturalmente, la estuvo contemplando durante mucho tiempo, y se
enamoró de ella. Lo intuyó Alejandro y compadecido de él, se privó, por el
afecto que tenía a Apeles, de la más querida amiga que jamás tuvo en el
mundo, con lo cual, dice Plinio, dió una prueba de la magnanimidad de su
corazón, mayor que la más brillante de sus victorias.
En “El hermano de nuestro
Dios”, una obra de teatro suya, Karol Wojtyla ha escrito que cualquier
intento de comprender a alguien implica penetrar hasta las raíces de
nuestra humanidad, donde se encentra un elemento extrahistórico. Pocas
voces me llegan turbias sobre Juan Pablo II, aunque no faltan algunas, pero
siempre pienso que no le conocen y más, que no le pueden comprender los que
las dicen, porque no está a su alcance conocerle.
MEDITACION SOBRE EL
MINISTERIO SACERDOTAL
Es San Pablo quien, en su
Carta a los Corintios, define a los sacerdotes: "servidores de Cristo
y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de
cuentas se exige de los administradores es que sean fieles'' (1 Co 4,1).
Juan Pablo II, en el tema VIII de su libro “Don y Misterio”, sus
memorias escritas y publicadas al cumplir sus Bodas de Oro sacerdotales,
medita agudamente este texto: “el administrador no es el propietario, sino
aquel a quien el propietario confía sus bienes para que los gestione con
justicia y responsabilidad. El sacerdote recibe de Cristo los bienes de la
salvación para distribuirlos entre las personas a las cuales es enviado. Es
por tanto, el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el
hombre del misterio de la fe''. La vocación sacerdotal es el misterio de un
"maravilloso intercambio" entre Dios y el hombre. El hombre
ofrece a Cristo su humanidad para que El pueda servirse de ella como
instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo”. Yo
lo canté, lo intenté balbucear así el día de mis Bodas de Oro Sacerdotales,
un año después que el Papa:

HIMNO SACERDOTAL.
Recién ordenado y estudiante en la Universidad de Salamanca.
Necesitaste
y necesitas de mis manos
para
bendecir, perdonar y consagrar;
mi corazón
para amar a mis hermanos,
pediste
mis lágrimas y no me ahorré el llorar.
Mis
audacias yo te dí sin cuentagotas,
derroché
mi tiempo enseñando a orar,
mi voz
gasté predicando tu palabra
y me dolió
el corazón de tanto amar.
A nadie
negué lo que me dabas para todos.
A todos
quise en su camino estimular.
Me olvidé
de que por dentro yo lloraba,
y me consagré
de por vida a consolar.
Pediste
que te entregara mis pies
y te los
ofrecí sin protestar,
caminé
sudoroso tus caminos,
y ofrecí
tu perdón con gran afán.
Cada vez
que me abrazabas lo sentía
porque me
sangraba el corazón,
eran tus
mismas espinas que me herían
y me
encendían en la hoguera de tu amor.
Fuí
sembrando de Hostias mi camino
inmoladas
en tu personificación:
innumerables
Eucaristías ofrecidas,
han
traspasado la tierra de fulgor.
El que no tiene ojos para
percibir el misterio del "intercambio" del hombre con el Redentor
no podrá comprender que un joven renuncie a todo por Cristo, seguro de que
su personalidad humana se realizará plenamente.
LA GRANDEZA DE NUESTRA HUMANIDAD
Retóricamente pregunta Juan
Pablo II: “¿Hay en el mundo una realización más grande de nuestra humanidad
que poder representar cada día “in persona Christi” el Sacrificio redentor,
el mismo que Cristo llevó a cabo en la Cruz? En este Sacrificio está presente del modo más profundo el Misterio trinitario, y como "recapitulado''
todo el universo creado (Ef 1,10). La Eucaristía ofrece "sobre el altar de la tierra entera el trabajo y el sufrimiento del mundo'', en bella expresión de
Teilhard de Chardin. En la Eucaristía todas las criaturas visibles e invisibles, y en particular el hombre, bendicen a Dios como Creador y Padre con las
palabras y la acción de Cristo, Hijo de Dios. Por eso "Yo te bendigo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a
sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Nadie conoce quién
es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar'' (Lc 10,21). Estas palabras nos introducen en
la intimidad del misterio de Cristo, y nos acercan al misterio de la Eucaristía, en la que el Hijo consustancial al Padre, le ofrece el sacrificio de sí mismo por
la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al Padre todo lo que de El proviene, profundo misterio de justicia
de la criatura al Creador, el hombre da honor al Creador ofreciendo, en
acción de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. Sólo el
hombre puede reconocer y saldar como criatura imagen y semejanza de Dios
tal deuda, que por sus límitación de criatura pecadora, es incapaz de realizar
si Cristo mismo, Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no
emprendiera esta iniciativa eucarística. El sacerdote, celebrando la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía es para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su
vida”.
EL SACERDOTE ES EL HOMBRE
DE LA PALABRA.
Afirma el Papa que el
sacerdote es “el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el
hombre del misterio de la fe''. Y lo razona: “Para ser guía auténtico de la
comunidad, verdadero administrador de los misterios de Dios, el sacerdote
está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e incansable
evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la "nueva
evangelización'', se ve aún más esta urgencia. Después de tantos años de
ministerio de la Palabra, que especialmente como Papa me han visto
peregrino por todos los rincones del mundo, debo dedicar algunas
consideraciones a esta dimensión de la vida sacerdotal. Una dimensión exigente,
ya que los hombres de hoy esperan del sacerdote antes que la palabra
"anunciada", la palabra "vivida". El sacerdote debe
"vivir de la Palabra''. Pero al mismo tiempo, se ha de esforzar por
estar intelectualmente preparado para conocerla a fondo y anunciarla
eficazmente. En nuestra época, la formación intelectual es muy importante.
Esta permite entablar un diálogo intenso y creativo con el pensamiento
contemporáneo. Los estudios humanísticos y filosóficos y el conocimiento de
la teología son los caminos para alcanzar esta formación intelectual, que
debe ser profundizada durante toda la vida. Pero el estudio, para ser
formativo, ha de ir acompañado por la oración, la meditación, la súplica de
los dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza,
ciencia, piedad y temor de Dios. Santo Tomás explica cómo, con los dones
del Espíritu Santo, el organismo espiritual del hombre se hace sensible a
la luz de Dios, a la luz del conocimiento y a la inspiración del amor. Esta
súplica me ha acompañado desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta
ahora”.
LA CIENCIA INFUSA PRESUPONE LA ADQUIRIDA
“Enseña Santo Tomás, que la
"ciencia infusa", no exime del deber de procurarse la
"ciencia adquirida". Después de mi ordenación -escribe -fui
enviado a Roma para perfeccionar los estudios. Luego, tuve que dedicarme a
la ciencia como profesor de Etica en la Facultad teológica de Cracovia y en la Universidad de Lublin. Su fruto fueron el doctorado sobre San Juan de la Cruz y la tesis sobre Max Scheler. Debo mucho a este trabajo de investigación, que a mi
formación aristotélico-tomista, injertaba el método fenomenológico, que me
ha permitido escribir numerosos ensayos creativos, como mi libro
"Persona y acción”, entrando en la corriente contemporánea del personalismo
filosófico, cuyo estudio ha repercutido en los frutos pastorales. Muchas de
las reflexiones maduradas en estos estudios me ayudan en los encuentros con
las personas individuales y con las multitudes en mis viajes
apostólicos. Esta formación en el horizonte cultural del personalismo me ha
dado una conciencia más profunda de cómo cada uno es una persona única e
irrepetible, y esto es muy importante para todo sacerdote. En diálogo con
naturalistas, físicos, biólogos e historiadores, se puede llegar a la
verdad. Es preciso que el esplendor de la verdad -Veritatis Splendor-
permita a los hombres intercambiar reflexiones y enriquecerse
recíprocamente. He traído desde Cracovia a Roma la tradición de encuentros
interdisciplinares periódicos, que tienen lugar durante el verano en
CastelGandolfo”.

LOS LABIOS DEL SACERDOTE
"Los labios de los
sacerdotes guardan la ciencia..." (Ml 2,7). A Juan Pablo le gustan
estas palabras del profeta Malaquías, por su valor programático para el
ministro de la Palabra, que debe ser hombre de ciencia en el sentido más
alto del término, pues no sólo debe transmitir verdades doctrinales, sino
tener experiencia personal y viva del Misterio porque en esto consiste
"la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al
que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3).

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