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Entre la fiesta de la Cátedra de san Pedro y la de la Conversión de
san Pablo celebramos --del 18 al 25 de enero-- la Semana de oración por la
unidad de los cristianos, laudablemente propuesta en 1908 por el Rvdo. Paul Watson.
Siempre hubo herejías en la Iglesia, pero los cismas fueron minoritarios.
El más resonante, el origen de la ortodoxia, es el Cisma
de Oriente. Cuando el año 330 el Emperador Constantino convirtió a la antigua
Bizancio en la nueva capital del Imperio Romano de
Oriente, concediéndole su propio nombre, quiso Focio,
Patriarca de Constantinopla, capital del Imperio Bizantino, prevalecer sobre
el Papa de Roma origen del cisma del siglo IX.
¿QUIÉN ES FOCIO?
Ignacio, Patriarca de Constantinopla, que el 4 de julio
del año 847 había sido elegido abad por los monjes de un monasterio de la
ciudad, era un hombre muy piadoso, pero de pocas luces y obstinado en sus
decisiones. En la fiesta de Epifanía del año 857 negó públicamente la
comunión a un tío del Emperador Miguel III, que vivía licenciosamente con su
nuera, por lo que fue depuesto y desterrado el 23 de noviembre del año 858. Y
en su lugar fue nombrado nuevo Patriarca un laico llamado Focio,
hombre culto y erudito, a quien en cinco días se le confirieron todas las
órdenes sagradas. Quiso Focio recibir la
confirmación del Papa Nicolás I. Este, que era una persona muy enérgica y muy
consciente de su primacía, y quería hacer valer su autoridad en Oriente y
Occidente, envió a Constantinopla a sus legados con instrucciones y
facultades muy precisas, que en vez de deponer a Focio
y restituir a Ignacio, como el Papa había ordenado, confirmaron en un Sínodo
a Focio como Patriarca de Constantinopla. Cuando el
Papa supo la deslealtad de sus legados, les excomulgó a ellos y al patriarca,
lo que originó su ruptura con el Papa y la deposición del mismo Papa. La
capacidad de intriga de Focio, cuya deposición,
destierro, y reducción al estado laical, fue confirmada en el IV Concilio de
Constantinopla, VIII ecuménico, logró granjearse de nuevo la confianza del
emperador Basilio I y ser restituido como patriarca tras la muerte de
Ignacio, con el beneplácito del Papa Juan VIII. Pero conocidas por el
emperador León VI sus intrigas y trapisondas fue depuesto otra vez y
confinado en un monasterio donde murió diez años más tarde.
MIGUEL CERULARIO
Los ortodoxos, afirman que la tercera persona de La
Trinidad procede del Padre mientras los de Roma profesan como dogma que el
Espíritu Santo también procede del Hijo. Por eso los de Oriente acusan a la
iglesia romana de haber añadido nuevas formulas dogmáticas que ellos no
pueden aceptar. De ahí la presunción de que ellos creen y enseñan lo
correcto, que es lo que significa el calificativo ortodoxo. La Inmaculada
Concepción, lo es a partir de la encarnación y no antes. Rechazan el celibato
sacerdotal, como una vocación que no contradice la existencia de sacerdotes
que elijan la vida conyugal.
En el siglo XI, siguió pretendiendo la primacía Miguel Cerulario. La pugna por el poder fue ganada por Roma con
la victoria de los latinos de la cuarta cruzada, desviada por los venecianos
a Constantinopla en 1204, y luego con la toma de Constantinopla por los
turcos en 1453, que redujeron a los ortodoxos, pero siguieron su camino hasta
hoy, con una influencia enorme en Serbia, Bulgaria, Armenia y Rusia. De noble
familia bizantina, Miguel Cerulario era un
ambicioso político desde muy joven. Se hizo monje, y llegó a ser patriarca en
1043, nombrado por el emperador Constantino IX. Con él se acrecentaron las
diferencias que ya separaban a Bizancio y Roma. En
1052 cerró todas las iglesias y monasterios latinos de su territorio que
rechazasen el rito y la lengua griega. Es el plan de todos los nacionalismos
políticos, también el actual. Suprimió la comunión con pan ácimo de los
latinos, el aleluya en Cuaresma, e impuso dejarse la barba que les
diferenciaba de los sacerdotes romanos. Roma respondió poniendo de relieve
los errores de los griegos, como el matrimonio de sus sacerdotes, y la
negación de la supremacía universal del Pontífice romano.
RUPTURA DEFINITIVA
La ruptura entre ambas Iglesias se hará definitiva, con la
unión a la Iglesia de Oriente de los pueblos evangelizados por ella, serbios,
búlgaros, rusos y rumanos. El ataque de los cruzados francos a Constantinopla
ahondará las distancias. El Patriarca Cerulario
como antes Focio, quiere emular las prerrogativas
adquiridas por la autoridad civil de su ciudad, aunque Constantinopla no era
sede de origen apostólico. El primer Concilio celebrado en Constantinopla en
381, segundo ecuménico, se le reconocía la máxima autoridad en la Iglesia
universal, después del Papa y Obispo de Roma, al patriarca de Constantinopla,
pero siempre, desde los inicios, había sido reconocida por toda la Iglesia la
primacía de la Iglesia Romana sobre la Iglesia Universal, lo que confirmar
San Clemente Romano, San Ignacio de Antioquia, San Ireneo
y la actitud del Papa San Víctor. Las disensiones surgieron por el afán de
Constantinopla y sus Patriarcas de heredar en el orden religioso, como había
ocurrido en el político, el lugar preeminente de Roma antes del hundimiento
del imperio romano occidental.
EL PAPA LEÓN IX
Era un hombre recto, patrocinador de la reforma eclesiástica
iniciada en el monasterio de Cluny, y defensor de
la primacía papal. El patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario,
con muy deficiente formación teológica, tenía antipatía a todo lo occidental
y, sobre todo, a la iglesia romana y al Papa, al que acusó de hereje. León IX
envió una delegación a Constantinopla, encabezada por el monje Humberto,
Cardenal Obispo de Silvia Cándida, quien sentía aversión a lo bizantino.
Llegó a Constantinopla dispuesto a proclamar la autoridad pontificia, pero no
a dialogar. Redactó una bula conminatoria y, sin entrevistarse con el
Patriarca, la depositó sobre el altar de la iglesia patriarcal de Santa Sofía
y se volvió a Roma tan feliz, tras haber lanzado excomuniones y entredichos a
todos los jerarcas bizantinos. El Patriarca le devolvió la moneda
excomulgando, a su vez, al Papa y a sus legados y rompiendo toda relación con
Roma. Su posterior deposición y destierro no originaron la conclusión del
cisma que todavía hoy rompe la unidad de la Iglesia. Después vendrían los cruzados,
hombres, con frecuencia, incultos, rudos y rapaces, que se dedicaron al
pillaje y el expolio de las buenas y sencillas gentes del pueblo; andaba por
medio también la cuestión dogmática del Filioque o
procedencia del Espíritu Santo.
LA REFORMA
Desde el siglo IX, pues, con el cisma de Oriente, cuando
la Iglesia de divide en cristianos ortodoxos y cristianos católicos, hasta el
siglo XVI, en que los cristianos se separan por obra de Martín Lutero como protestantes, los mismos que creen en Cristo,
han roto la túnica inconsútil de Jesús. Y se inicia la Reforma. Lutero, el día 31 de octubre de 1517, fija en la puerta
de la catedral de Witenberg 95 tesis sobre las
indulgencias. Pero antes habían sido propagadas ideas, que despertaron
sentimientos religiosos, como los de la "devotio
moderna", y provocaron un clima de escisión de la Iglesia católica.
Antes de Lutero, pues, ya se
respiraba ambiente de reforma. Las críticas de Wyclif,
de Huss y de Erasmo, sobre la práctica de la
religión en el seno de la Iglesia, la discusión sobre la doctrina y la
religión misma, propiciaban los reformadores su labor de elaborar una
doctrina nueva. Las causas eran el clericalismo, los privilegios y el
monopolio cultural de los clérigos, que les confería superioridad sobre los
laicos. Al romperse el monopolio y la superioridad con la aparición de los
humanistas ajenos al clero, se creó una atmósfera antiescolástica
y anticlerical que favoreció el desarrollo de las ideas reformistas. En cuyo
origen estaban los abusos morales de algunos Pontífices y del clero, la
negligencia en el cumplimiento de los deberes apostólicos, el afán de placer
y la mundanización la vida ociosa de los clérigos,
el sentido patrimonialista que gran parte del clero tenía de la iglesia, por
el que muchos se sentían propietarios de una prebenda, la concentración de
cargos, obispados, curatos, capellanías en una sola mano. Esto produjo
descontento contra la Iglesia mucho tiempo antes de que estallase la Reforma,
y constituyó un arma eficaz, empleada por los reformadores del siglo XVI,
para conquistar al pueblo contra Roma. En el origen de la Reforma había
también factores religiosos, como la falta de claridad dogmática que afectaba
no sólo al pueblo sino a los mismos eclesiásticos y la extremada sensibilidad
religiosa del creyente que hacía angustiosa la seguridad de la salvación
eterna, más valorada incluso que la existencia terrena.
AL CONTRARIO DE
NUESTRA SOCIEDAD
Los hombres de aquella época no se pueden comprender en
nuestro tiempo, pues para ellos toda la vida del hombre, desde su nacimiento
a su muerte, desde la mañana a la noche, estaba dominada por referencias
sagradas: aquellos hombres querían asegurarse la salvación mediante un
sistema de protecciones, de abogados celestiales, de mediadores de todo tipo
y para todas las circunstancias, lo que criticaban los humanistas por
supersticioso. La salvación eterna era un asunto tan primordial que el
cristiano vivía preparándose cada día para morir. La vida tenía un valor
subordinado a la forma de morir. Tenía sentido si se conseguía una buena
muerte. En aquel ambiente la comunicación entre vivos y difuntos era
continua. Los que vivían lo hacían pendientes de obtener recursos salvadores.
Los difuntos que no habían ido el cielo directamente se beneficiaban de las
misas y sufragios que les ayudarían a abreviar el purgatorio. Se facilitaba
ganar indulgencias a cambio de un donativo. Eso generó la avidez de algunos,
y de otros, empeñados en acumular días, meses o años de indulgencia para
asegurarse el cielo. Era una religión para morir. La Curia romana, insaciable
en obtener dinero para la hacienda pontificia, se atrajo con este sistema la
antipatía y el odio hacia el Papado. Desprestigio del Pontífice de Roma
fraguado con el tiempo. En la Edad Media los cristianos se escandalizaban de
la existencia simultánea de dos Papas (uno en Roma, otro en Aviñón). Todo este conjunto se convirtió en arma de
combate y en instrumento de propaganda de los reformadores, que veían el
Anticristo encarnado en el Papa de Roma. Lutero y
los alemanes se sintieron dominados por la obsesión del último día, y de la
necesidad de instauración de una Iglesia nueva. Y acudieron a la suprema
fuente de revelación, la Sagrada Escritura, pasando de intérpretes falibles y
poco autorizados. La imprenta, los humanistas, los predicadores y los
catequistas del pueblo analfabeto multiplicaron la necesidad de recurrir a la
Biblia, inspiradora de todos los reformadores.
EL OCTAVARIO
Estudiados estos orígenes comprendemos la necesidad del
Octavario, de la oración por la unión, porque es tan profundo el abismo, y
tantos los intereses creados, que sólo la acción del Espíritu puede
solucionarlo. Al orar estos días pedimos que se cumpla la oración de Jesús:
“Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean
uno como nosotros” (Jn 17,11). Son días en que oramos también por los que
nunca han oído la voz del pastor, pues también dice Jesús: “Tengo otras
ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga,
y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor” (Jn 10, 16).
Debemos pedir la Unión de los Cristianos, la de nuestros
hermanos separados; debemos buscar lo que nos une, sin ceder en cuestiones de
fe y moral. Junto a la unidad en lo esencial, la Iglesia promueve la legítima
variedad en todo lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de los hombres.
Pedir y fomentar la unidad supone también respetar la multiplicidad, con lo
que se demuestra la riqueza de la Iglesia. En el Concilio de Jerusalén los
Apóstoles decidieron no imponer “más cargas que las necesarias” (He 25, 28).
En este octavario debemos esforzarnos por identificarnos
con los mismos sentimientos de Jesús. Unir oración y mortificación pidiendo
por la unidad de la Iglesia y de los cristianos, que fue uno de los grandes
deseos de Juan Pablo II (Encíclica Ut unum sint), como lo es de
Benedicto XVI.
Pedimos al Señor que acelere los tiempos de la ansiada
unión de todos los cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba
nuestro Juan Pablo II. Y respondía: Sí. Más aún: la unión de todos los que
creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que
reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo.
LA IGLESIA ES SANTA
Y PECADORA
La Iglesia es Santa, porque es obra de la Santísima
Trinidad. Es pueblo santo, pero a la vez es pecadora, porque los hombres son
pecadores y la Iglesia la constituyen hombres con sus defectos, pecados y
miserias: esa realidad parece una contradicción, pero ese es el misterio de
la Iglesia. La Iglesia que es divina, es también humana, todos somos polvo y
ceniza (Ecclo 17,31). Por nosotros mismos somos
capaces de sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para que
sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar y reaccionar
sobrenaturalmente.
Demuestra poca madurez el que, ante la presencia de
defectos en los que pertenecen a la Iglesia, se escandaliza y se tambalea su
fe en la Iglesia y en Cristo. Ignoran que la Iglesia no está gobernada por
Pedro, Pablo o Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo doce Apóstoles y
uno le falló... Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero
también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete
la asistencia constante del Espíritu Santo.
SIEMPRE ESTARÉ CON
VOSOTROS
La predicación del Evangelio no se extendió en Palestina
por la iniciativa personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles?
No eran ni ricos, ni cultos, ni sabios. Jesús echa sobre los hombros de este
puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. “No me elegisteis vosotros a
mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para
que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier
cosa que pidieres al Padre en mi nombre, os la conceda” (Jn 15,16).
La Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero
la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque
esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace
Católica del Corazón de Cristo. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a
nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe y obediencia
rendida al Magisterio de la Iglesia. Desde hace dos mil años, Jesucristo
quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro
en la cátedra de Roma es el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar
gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que
la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria
por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga.
San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para
confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas,
escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince
días”. (I,18).
El Octavario concluye conmemorando la conversión de San
Pablo. El martirio de San Esteban fue la semilla que logró la conversión del
Apóstol. Dice San Agustín: “Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no
tendría a Pablo” (Serm, 315,7). “Sine sanguinis effusione non fit remisio”, dirá el mismo San
Pablo, “la redención sólo se logra con la efusión de la sangre”, o con el
martirio de la sangre o con el martirio del corazón, que eso es el morir cada
día. Por eso decía Juan Pablo II en el octavario del 2005: “Sin oración y sin
conversión no hay ecumenismo”. El principal obstáculo para la conversión,
dice Scott Hahn, lo
ofrecen los mismos católicos... El principal apostolado que hemos de realizar
en el mundo es contribuir a que en la Iglesia se respire el clima de la auténtica
caridad. Debemos acudir a la Virgen María para ser más humildes y, por tanto,
más fieles.
BIOGRAFÍA DE PABLO DE TARSO
Nació en la ciudad de Tarso, en el Asia Menor, hoy
Turquía, unos diez años después del nacimiento de Jesucristo. Su primer nombre
era Saulo. Era de familia de judíos, de la tribu de
Benjamín y de la secta de los fariseos. Fue educado en toda la rigidez de las
doctrinas de los fariseos, y aprendió muy bien el idioma griego que era el
que en ese entonces hablaban las gentes cultas de Europa. Esto le será
después sumamente útil en su predicación. De joven fue a Jerusalén a
especializarse en Biblia como discípulo del sabio judío más famoso de su
tiempo en esa época, Gamaliel. Durante la vida
pública de Jesús no estuvo Saulo en Palestina, por
eso no lo conoció personalmente.
Después de la muerte de Jesús, volvió nuestro hombre a
Jerusalén y se encontró con que los seguidores de Jesús se habían extendido
mucho y emprendió con muchos otros judíos una feroz persecución contra los
cristianos. Al primero que mataron fue al diácono San Esteban y mientras los
demás lo apedreaban, Saulo les cuidaba sus
vestidos, demostrando así que estaba de acuerdo con este asesinato. Pero
Esteban murió rezando por sus perseguidores y obtuvo pronto la conversión de
este terrible enemigo.
EL CAMINO DE DAMASCO
Saulo salió para Damasco con órdenes de
los jefes de los sacerdotes judíos para apresar y llevar a Jerusalén a los
seguidores de Jesús. Pero por el camino una luz deslumbrante lo derribó del
caballo y oyó una voz que le decía:
--Saulo, Saulo
¿por qué me persigues?
Él preguntó:
--¿Quién eres tú?-
Y la voz le respondió:
--Yo soy Jesús el que tú persigues.
Pablo añadió:
--¿Señor, qué quieres que yo haga?
Jesús le ordenó que fuera a Damasco y que allí le indicaría lo que tenía que hacer. Desde ese momento quedó
ciego y así estuvo por tres días. Y en Damasco un discípulo de Jesús lo
instruyó y lo bautizó, y entonces volvió a recobrar la vista. Desde ese
momento dejó de ser fariseo y empezó a ser apóstol cristiano. Después se fue
a Arabia y allá estuvo tres años meditando, rezando e instruyéndose en la
doctrina del cristianismo.
Vuelto a Damasco empezó a enseñar en las Sinagogas que
Jesucristo es el Redentor del mundo. Entonces los judíos dispusieron
asesinarlo y tuvieron los discípulos que descolgarlo por la noche en un
canasto por las murallas de la ciudad. Muchas veces tendrá que salir huyendo
de diversos sitios, pero nadie logrará que deje de hablar a favor de Cristo
Jesús y de su doctrina. Llegó a Jerusalén y allá se puso también a predicar
acerca de Cristo, pero los judíos decidieron matarlo. Entonces los cristianos
lo sacaron a escondidas de la ciudad y lo llevaron a Cesarea.
De allí pasó a Tarso, su ciudad natal, y allá estuvo varios años.
Y un día llegó a Tarso en su busca su gran amigo, San
Bernabé, y se lo llevó a la populoso ciudad de Antioquia a que le ayudara a
predicar. Y en esa ciudad estuvo predicando durante un año, hasta que en una
reunión del culto por inspiración divina, fueron consagrados sacerdotes Saulo y Bernabé, para ser enviados a misionar.
LOS VIAJES
San Pablo hizo cuatro grandes viajes que se han hecho
famosos. El primero ya lo narramos en la historia de San Bernabé su compañero
(en el 11 de junio). En ese viaje cambió su nombre de Saulo
por el de Pablo, en honor de su primer gran convertido, el gobernador de
Chipre, que se llamaba Sergio Pablo. El segundo viaje lo hizo de los años 49
al 52. En este recorrido ya es menos impulsivo que en el viaje anterior y
encuentra menos reacciones violentas, pero estas no faltan y bastante graves.
Visita las comunidades o iglesias que fundó en el primer viaje y se propone
seguir misionando por el Asia Menor pero un mensaje del cielo se lo impide y
le manda que pase a Europa a misionar. Se encuentra con dos valiosos
colaboradores: el evangelista San Lucas (a quien llama "médico
amadísimo") y Timoteo, que será su más fiel secretario y servidor, y a
quien escribirá después dos cartas que se han hecho famosas.
La primera ciudad europea que visitó fue Filipos (en sueños oyó que un habitante de Filipos le suplicaba: "Ven a ayudarnos"). Allí
le sacó el demonio a una muchacha que hacía adivinaciones y al acabárseles el
negocio de los que cobraban por cada adivinación, estos arremetieron contra
Pablo y su compañero Silas y les hicieron dar una
feroz paliza. Pero en la cárcel a donde los llevaron, lograron convertir y
bautizar al carcelero y a toda su familia. Pablo guardó siempre un gran
cariño hacia los habitantes de Filipos y a ellos
dirigió después una de sus más afectuosas cartas, la Epístola a los
Filipenses.
Después pasó a la ciudad de Atenas, que era la más famosa
en cuanto cultura y filosofía. Allá predicó un
sermón en el Areópago, y aunque muchos se rieron porque hablaba de que Cristo
había resucitado, sin embargo logró convertir a Dionisio el areopagita, a Dámaris y a varias personas más.
Enseguida pasó a Corinto, que era un puerto de gran
movimiento de gentes. Allí estuvo predicando durante un año y seis meses y
logró convertir gran cantidad de gentes. Más tarde dirigirá a sus habitantes
sus dos célebres cartas a los Corintios. De allí salió a hacer su cuarta
visita a Jerusalén.
Su tercer viaje lo hizo del año 53 al 56. En este viaje lo
más notorio fue que en la ciudad de Éfeso en la
cual estuvo por bastantes meses, Pablo logró que muchas personas empezaran a
darse cuenta de que la diosa Diana que ellos adoraban era un simple ídolo, y
dejaron de rendirle culto. Entonces los fabricantes de estatuillas de Diana
al ver que se arruinaba el negocio, promovieron un gran tumulto en contra del
Apóstol. De Éfeso partió Pablo hacia Jerusalén a
llevar a los cristianos pobres de esa ciudad el producto de una colecta que
había promovido entre las ciudades que había evangelizado. Por todas partes
se iba despidiendo, anunciando a sus discípulos que el Espíritu Santo le
comunicaba que en Jerusalén le iban a suceder hechos graves, y que por eso
probablemente no lo volverían a ver. Esto causaba profunda emoción y lágrimas
en sus seguidores que tanto lo estimaban.
En su quinto viaje a Jerusalén, los judíos promovieron
contra él un espantoso tumulto y estuvieron a punto de lincharlo. A duras
penas lograron los soldados del ejército romano sacarlo con vida de entre la
multitud enfurecida. Entonces cuarenta judíos juraron que no comerían ni
beberían mientras no lograran matar a Pablo. Al saber la hermana de él esta
grave noticia, mandó un sobrino a que se la contara. Entonces Pablo avisó al
comandante del ejército, y de noche, en medio de un batallón de caballería y
otro de infantería, lo sacaron de Jerusalén y lo llevaron a Cesarea. Allá estuvo preso por dos años, pero permitían
que sus discípulos fueran a visitarlo.
APELÓ AL CÉSAR
Al darse cuenta Pablo de que los judíos pedían que lo
llevaran a Jerusalén para juzgarlo (para poder matarlo por el camino), pidió
ser juzgado en Roma, y el gobernante aceptó su petición. Y en un barco
comercial fue enviado, custodiado por 40 soldados. Y sucedió que en la
travesía estalló una espantosa tormenta y el barco se hundió. Pero Jesucristo
le anunció a Pablo que por el amor que le tenía a su muy estimado Apóstol no
permitiría que ninguno de los viajeros del barco se ahogase. Y así sucedió.
Lograron llegar a la Isla de Creta y allí salvaron sus vidas del naufragio.
Al fin llegaron a Roma, donde esperaban a Pablo con gran
entusiasmo los cristianos. En esa ciudad capital estuvo por dos años preso
(casa por cárcel) con un centinela en la puerta. Y los cristianos y los
judíos iban frecuentemente a charlar con él, y aprovechaba toda ocasión que se
le presentara para hablar de Cristo y conseguirle más y más seguidores.
Cuando estalló la persecución de Nerón, éste mandó matar
al gran Apóstol, cortándole la cabeza. Dicen que sucedió el martirio en el
sitio llamado Las Tres fontanas (y una antigua tradición contaba que al caer
la cabeza por el suelo dio tres golpes y que en cada sitio donde la cabeza
golpeó el suelo, brotó una fuente de agua).
LAS CARTAS DE PABLO
San Pablo se ha hecho famoso por sus 13 cartas en las
cuales enseña verdades valiosísimas acerca de nuestra Santa Religión. Allí se
ve que era un "enamorado de Cristo y de su Santa Religión". En su
segunda Carta a los corintios, San Pablo narra así lo que le sucedió en su
apostolado: "Cinco veces recibí de los judíos 39 azotes cada vez. Tres
veces fue apaleado con varas. Tres veces padecí naufragios. Un día y una
noche los pasé entre la vida y la muerte en medio de las olas del mar. Muchas
veces me vi en peligros de ríos, peligros de
ladrones, peligros de los judíos, peligros de los paganos, peligros en la
ciudad, peligros en el campo, peligros en el mar, peligros por parte de
falsos hermanos; noches sin dormir; días y días sin comer; sed espantable y
fríos horrorosos; falta de vestidos para abrigarse, y además de eso, mi
preocupación por todas las Iglesias o reuniones de creyentes. Quien se
desanima, que no me haga desanimar. ¿Quién sufre malos ejemplos que a mí no
me haga sufrir con eso"?.
JESUS MARTI
BALLESTER
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