LA ABUELA DE LA OBRA

 

HERMANOS, EL SEÑOR VINO A POR MI MADRE. ALELUYA!! PERO, QUÉ PENA!

 

Sin esperarlo se desnormaliza su organismo. Se su­ceden los vómitos y pierde el apetito... Y avisamos al médico. Para mí y para ella. Y que se tome esto y maña­na al especialista en el ambulatorio. Era jueves, 27  de agosto, día de santa Mónica. Había venido a esperarme al aeropuerto el miércoles, 26. ¡Qué valiente! El amor es más fuerte que la muerte.

Día 28, viernes, San Agustín. Destaco a ambos santos, porque me da devoción su relación ideal y ejemplar madre-hijo, que leo en clave de Providencia. Otra vez hoy en co­che al ambulatorio. Y la larga espera y ella divirtien­do a toda la sala con sus inocentes y espontáneas pregun­tas. El lunes, hoy es viernes, análisis. Vendrán a casa. Menos mal.             .

El sábado no mejora y, cosa alarmante en ella, se va a la cama mientras comemos. Decido administrarle la Un­ción de los enfermos y se lo digo; "Lo que tu quieras, yo también".

Le celebro la Eucaristía en su habitación y, con to­do detenimiento, le administro el Sacramento. Comulga ba­jo las dos especies. Después de la misa se me ocurre avisar al médico de urgencia. Dios me va llevando de la mano.

Inmediatamente la ambulancia y a las 10,45 entra­mos en el Clínico. Esperamos hora y media. Zozobra. El médico, dice que "mala solución". No me lo esperaba. Y ella, saliendo, pide el anillo (se lo habrán quitado para la radiografía. Y, como no hay sitio allí, nos remite a San Juan de Dios.

Más análisis y radiografías y auscultaciones. Y la sitúan en la cama. Se queda una hermana con ella toda la noche y el domingo, 30, voy a verla y a estar con ella. Le doy la Comunión después de celebrar misa por la tarde. Mejoran los vómitos y se descompensa la neurología. Qué pena! Una gran inquietud y extraña fuerza la domina. Va comiendo algo,  a veces administrado por las manos consagradas de su hijo. ¡Tantos besos depositados en esas manos después de cada misa porque esas manos han consagrado a Nuestro Señor..."!

Actúan los tranquilizantes, pero por breve tiempo.

Esta noche del domingo también vela Visi. !Dios la bendiga, y a todas mis hijas que le han prodigado sus cuidados y sus mimos! ¡Cuánta gratitud! Los goteros van funcionando y producen su efecto. Las constantes vitales son normales.

Nos turnamos el lunes y ya puede irse a Barcelona Visi, por la tarde, pues ha llegado Laly de Teruel. Domingo y lunes digo misa en San Juan de Dios y administro la comunión a las hermanas. El lunes por la noche la vela Ruth. El martes digo misa en casa para Laly y voy des­pués al Hospital, pero antes ya le pregunté a Eulalia cómo ha pasado la noche. Sigue igual.                                                     

Vamos turnándonos el miércoles y el jueves. Ella está más tranquila y en coma suave, que se va agudizando.                                     

El miércoles hay tormenta y desde la ventana se oye el repiqueteo de la lluvia en los cristales, el retumbar de los truenos y contemplo el zigzag chispeante de los re­lámpagos. En aquella tierra regada con mis lágrimas y sudores y los de las hermanas, se está preparando el regazo para el grano que va a caer muy pronto, más pronto de lo que creíamos.

El médico quería sacarla para hacerle un TAC. Yo pensé: No llegará...

Huele a campo mojado. Me alivia esta sensación. Pero por dentro, aunque los ojos sean fuentes intermitentes, hay mucha sequía y dolor. ¡Qué escozor de ojos! Me vuelco en caricias y ella a penas puede corresponderlas, pero sí que se da cuenta.

Antes había dicho; "Quiero morirme" .-Y ¿quiere dejarme solo?- Lo que Dios quiera. Fueron sus últimas palabras. Ha pasa­do de Eulalia, Visi, Laly… a mare, mare meua, madre. .. Se va, se va. No nos lo podíamos creer. La velan dos señoras por la noche. El jueves llegó Don Joaquín Beneyto, su Director espiritual, respetado y querido, y le dio la absolución, consciente aún, sin hablar pero asintiendo con el gesto. Le conoció. Subió después don José Esteve "qué buenos amigos tienes"...Le di la abso­lución en un sollozo, como cada día y cada día recomiendo su alma a Dios, con la fórmula del Ritual, rociándola con agua bendita, que hemos dispues­to en la mesita y asistido siempre por alguna hermana, incluso de otra congregación. Ya tarde, vuelvo a despedirme de ella. La beso y acaricio; le repito la absolución sacramental con llanto y... ya no la volveré a ver viva en este mundo.  Le digo a la Virgen: "cógela en tus brazos y llévatela". A las tres me han llamado. Es viernes, primero de mes. Ella todos los días rezaba el rosario de la Con­fianza. La madre... Pregunto: ¿Ha muerto?- Sí'. Todo en un gran silencio.

Mientras vamos al Hospital rezamos el Rosario. Calles desiertas fresco de la madrugada. Llegamos a la sala y su cama está vacía. ¡Qué soledad me embarga! Me siento huérfano con una sensación inédita, como un crío en un rincón, como nunca me lo había imaginado.

No la podemos ver. De ninguna manera. Las leyes. La deshumanización que aún desconocíamos. Vuelta a casa y, en nuestra capilla, celebro la primera misa exequial, ¡con qué unción!  y les hablo a las hermanas. Señor ¡Es mi madre! Para la tarde he movilizado en San Juan de Dios y tendremos otra misa. El her­mano Jaime tocará el órgano. José Esteve concelebrará. Yo predicaré. Allí las hermanas y detrás la enfermera de Foucauld, aragonesa. El hermano Ber­nardo ha proclamado las lecturas. Y esperar. Algo así como el Viernes Santo en versión pequeña y moderna. Así todo el viernes hasta las 8,30 del sábado, como si se repitiera la hora de Cristo en el sepulcro. Ya me la encontré envuelta en su sudario. Larga y dolorosa con­templación. ¡Mi madre! Me quedo solo. Pero no está aquí.

Me gusta haber escogido ese texto para la esquela de la prensa: "Buscáis al Crucificado; no está aquí". Mi madre tampoco. Pero ¡qué misterio más cerrado! Me abruma esta realidad. Trato de superarme: Para Jesús es más fácil resucitar a mi madre que para nosotros despertar a uno que está dormido.

A las 11 inicia el párroco las oraciones de la Iglesia. Y con las flores nos la llevamos por aquellas calles y carreteras, ¡ella las recorrió tan­tas veces! a Carpesa. Camino de oración.

En la iglesia entona el Coro el "Réquiem aeternam" de Perossi... Van llegando los sacerdotes. Me dicen que llamó el Obispo y el Vicario Episcopal. Misa solemne con nueve sacerdotes. Nou capelláns, mare. -¡Caram­ba! Y estoy viendo su gesto característico como cuando, cada domingo en la misa de la tele le respondían a la pregunta que invariablemente hacía:  -"¿Cuants capelláns ni han?" -Y el Arzobispo me ha escrito una carta, que el Vicario Episcopal ha leído después del Evangelio. Y Antonio Cañizares - "¡tan pequeño que eras!"-, le ha dicho la homilía. Y ha seguido su hijo la Eucaristía. Y los diez sacerdotes han consagrado el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Y su hijo al final ha comentado al pueblo esto: unos días antes, él le ha preguntado: -"Mare, cuant estiga en el cel ¿qué fará per  mí? -Y ella- Tot lo que puga".- Y comenta ¡pienso que tenemos supergancho!. Y entre sollozos y como puede dice: “Adios, mare”.

¡Gracias,Señor!, porque me diste diez madres y te devuelvo otras diez".

Es muy amargo todo de digerir y creo que voy a tardar en hacer­lo , pero es muy alegre a la vez - no sé cómo puede ser, pero es así-  saber a tu madre en el cielo... en el misterio… iqué insondable! ¡qué tenebroso! Pero Dios es luz.

Mientras depositan en el surco el grano de trigo, quedo pas­mado del amor de los amigos que allí permanecen firmes y tengo que iniciar yo la marcha. El amor da frutos ya.

Todo ha sido muy sencillo pero es que la grandeza no está en la complicación, sino en la hondura del amor y del sacrificio. Y en esta vida, en la de mi madre, por gracia de Dios, lo ha habido, uno y otro, en abundancia. Tengo a quien imitar y me voy a quedar corto: En la fidelidad. En el olvido de sí. En la caridad. En la fe. "Cada día tengo más fe" -me decía muchas veces. En el espíritu de sacrificio, que le llevaba a no ex­halar jamás ni una queja, ni cuando la muerte la asediaba ya y le atrapa­ba hasta el alma. Y en la donación que hizo de su gran corazón.

Espéranos, que vamos.

A todos mis hermanos gracias por vuestra compañía y oración y, por caridad, seguid orando.

 

Agradecemos la siguiente carta del Señor ARZOBISPO:

 

EL ARZOBISPO DE VALENCIA.      

4 septiembre 1987

Rvdo. D. Jesús Martí Ballester

Ramón Gordillo,3-l8

 

Muy estimado D. Jesús: 

 

Acaban de comunicarme que ha fallecido su madre y deseo expresarle mi más sentido pésame y la promesa de mis oraciones por su eterno descanso en el lugar de la Luz y de la Paz. Pido también por Vd. y sus familiares más próximos, para que el Señor les ayude en estos dolorosos momentos de la separación y les conceda el consuelo de la fe y la esperanza cristiana.

Concedo indulgencias en la foma acostumbrada.

Reciba mi bendición y un abrazo,

Miguel, Arzobispo de Valencia.

 

Más sufragios.

El día 14, lunes, en las Madres Carmelitas de Barcelona, celebramos una misa exequial que cantaron maravillosamente las Hermanas y el Padre predicó la homilía.

El domingo 13 en la Parroquia de María Medianera, de cuyo Párroco hemos recibido tantas pruebas de fraterna caridad, rezamos también por la mare.

 BOLETÍN DE AMOR Y CRUZ. Ramón Gordillo,3,18a

40010-Valencia. Teléfono: 963347897.