MARIA TERESA RODRIGUEZ PASTOR

 

 

Traslado de los  restos de María Teresa A VALL DE ALMONACID.

                     

Queridos hermanos, amigos, hijos.

         

Todos sabéis que mis deseos eran estar hoy con vosotros, también sabéis que me lo habéis desaconsejado y hasta persuadido. Sin embargo quiero estar presente ahí con vosotros, con estas palabras dirigidas a vosotros desde lo hondo de mi corazón.

Me han contado que cuando llegué a Carcagente el papá dijo a Gema, a María Teresa y a Eulalia que se confesaran conmigo. Ignoro las razones de tal consejo. Sólo se que semana a semana fueron fieles, aunque yo, a veces, tuve que sacrificar mi descanso, tras una noche larga y breve, después de cualquier reunión, que las teníamos casi cada día, y que había terminado a las tantas de la madrugada, de las distintas organizaciones y movimientos. El resultado fue que Gema es dominica, María Teresa murió Teresiana de Amor y Cruz en Barcelona y Eulalia la siguió reemplazando su lugar. A todos estoy sumamente agradecido.

 

Considero que Maria Teresa fue quizá el mayor regalo que coseché en aquella querida parroquia de tan gran solera cristiana. Estaba yo dirigiendo Ejercicios a hombres y jóvenes de Carcagente en Onteniente, cuando llamé a Barcelona y desde allí hablé con María Teresa, que había llegado esa tarde, con una alegría que ni soy capaz de expresar ni vosotros, seguramente de comprender. Por ello doy las gracias a vuestros papás que habían dejado la cosecha a punto, con su ejemplaridad, vuestra educación y cuidado. Gracias, Vicente. Gracias, María Teresa. A veces pasaba algún tiempo en la relojería porque me gustaba hablar con el papá, que me demostraba una gran confianza. Allí podía ver y hablar con Gema y con María Teresa, aunque menos con Eulalia. Y no se me olvida aquella noche que os visité al final de la cena, donde con tanta cordialidad y atención amistosa me recibisteis toda la pollada.

Cuando murió María Teresa, tras una enfermedad enigmática en la que los mejores médicos no acertaban, hasta que el Dr. Pont de la Cruz Roja, a donde, careciendo nosotros de Seguridad Social, la había podido ingresar con la influencia de un jesuíta amigo, el padre Rafael Pericas, ya fallecido, y que me ayudó mucho en aquellos tiempos de fundación dura de la Obra, me llamó por teléfono y me dio el diagnóstico cruel, que yo presentía por una frase de la misma María Teresa, que me comunicó por teléfono pues no sentía su pierna. Fueron días durísimos por nuestra situación tan precaria y escasa de medios en tierra apenas conocida.

María Teresa murió en olor de santidad llamando a su Esposo Cristo. Hasta vuestra tía Manolita exclamó el día que le administré la Santa Unción, rodeado de todos los hermanos y hermanas, “Santa Teresita del Niño Jesús con su comunidad”. Estaba como transfigurada. La velamos en el mismo hospital. Cuando había pedido que me trajeran la Biblia para leerle el Cantar de los Cantares y caminaba hacia el Hospital Clínico me dicen que acaba de morir y a mí me había invadido una inmensa paz de Dios.

Convocamos a nuestros contados amigos de Barcelona y le hicimos un solemne funeral concelebrado con un sacerdote de Teruel, que me ha sido fiel siempre, hasta ahora, que aún vive. 

Todos vosotros lleváis en el alma algo de mí; a uno he casado, Manuel José y Manolita, que también se confesaba conmigo y María Teresa actuó de madrina, con cuyo abrigo la   amortajamos. A Manuel José lo recuerdo de una manera especial con su gran don de gentes y simpatía, de cuando estaba en Aaiun y en la Noche Buena tocando la batería en la Misa del Gallo. También recuerdo con cariño a Elisa.

 

Gema entró dominica. A Vicente y a Ximo los recuerdo arrodillados en mi confesionario. A Magda en el colegio de Navarro Darás y en mi catequesis. A Eulalia en mi confesionario, en mi despacho y ahora en Teruel con la Comunidad de Amor y Cruz, como Teresiana de Amor y Cruz. Al papá también en mi confesionario. A todos os recuerdo y a todos quiero. Mucho.

María Teresa. El Padre Gispert-Sauch, jesuita catalán, sacerdote de nuestra Parroquia, donde también celebramos un funeral, dijo estas palabras: “La primera santa de la Orden”.

Os leo algunas palabras que María Teresa escribió en su diario: “¡Qué bueno eres, Señor! He comprendido tan claramente el amor que me tienes, aun por encima de todas mis faltas y pecados, que no he tenido por menos el llorar unas lágrimas, lágrimas suaves que dan paz. Es tan grande, tan inmenso el amor que tienes a todos los hombres que, si pudiéramos comprenderlo sólo un momento, creo que dejaríamos de ofenderte para siempre jamás. Con qué ternura y con cuánto amor perdonas cuando, arrepentidos de nuestros pecados, acudimos a ti pidiendo perdón. Creemos que tu nos vas a perdonar medio a regañadientes y con cara larga y circunspecta, y sin embargo, nos recibes con los brazos abiertos, y estás esperando ese arrepentimiento para abrazarnos como Padre amorosísimo que eres.

Padre…Padre… Padre… qué grande es esta palabra y que dulce es poderte llamar Padre, me lleno de gozo al pronunciarla. Y mi lengua parece que se quiere derretir al solo silabeo de la palabra… Padre”.

Habéis dado sepultura en el lugar de vuestras raíces los restos de María Teresa. Me congratulo por ello y celebro el cariño de sus hermanos que se han tomado el trabajo de trasladarla. Es una excelente idea. Esos restos son el grano de trigo que está danto y seguirá dando espigas nuevas en vuestros hogares familiares y en el hogar de la Obra, que tanto amaba y donde tan bien había encajado.

Hoy pido a María Teresa que alcance salud para todos, sobre todo para vuestros papás, especialmente la mamá, que no puede estar presente por su enfermedad y que se haga sentir entre vosotros muy presente participándoos una chispa de su felicidad eterna, que deseo para todos.

JESUS MARTI BALLESTER

7 DE JUNIO DE 2005.