MEDITACION DESDE LA VISPERA

SESENTA Y TRES AÑOS SACERDOTE

31 DE MAYO DE 1947-31 DE MAYO 2010

 

 

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VOY A CUMPLIR 63 AÑOS DE SACERDOCIO EL 31 DE MAYO

image002Parece ser éste tiempo de reflexionar, de agradecer la elección y de preguntarme cómo he ejercido mi misión trascendente que se me ha encomendado. De momento confieso que las vísperas de mi Ordenación fueron poco propicias para el recogimiento que merecía el paso: final de curso de cuarto de Teología y preparación de los exámenes, preparación de la solemnidad según las costumbres de los pueblos y de las ciudades en una  Primera Misa, invitaciones a los padrinos y a todo el pueblo, con sus cartas correspondientes, invitaciones a los sacerdotes y a los amigos, impresión de los recordatorios, la atención a los regalos, el acuerdo con el predicador, que en mi caso iba a ser Don Juan Benavent, que tenía que combinar otro sermón suyo en Moncada, la organización de todos los detalles, de la orquesta y de los clavarios de la Minerva, pues mi Primera Misa coincidía con su fiesta, Infraoctava del Corpus. Total, que las circunstancias no favorecieron, sino que me descentraron del momento teologal, lo que no me ocurrió en la Ordenación de Diácono, harto más preparada, cercanos los ejercicios espirituales preparatorios, más un novenario al Espíritu Santo que celebré por mi cuenta y entonces sí, sentí su invasión en la imposición de las manos en medio de una lluvia de lágrimas, ante mi sonrojo y asombro de obispo y canónigos y los demás asistentes a la ceremonia.

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EN LA ORDENACIÓN PRESBITERAL NADA DE ESO. Palo seco. Y llegó la Primera Misa que fue precedida por una Hora Santa con Exposición del Santísimo Sacramento el domingo anterior con sermón de acción de gracias, que predicó mi profesor de Filosofía, Fray Luís Colomer, sabio franciscano, en sustitución de mi condiscípulo y amigo, Rafael González Moralejo, futuro obispo auxiliar de Valencia y después de Huelva. Presidieron las Autoridades y cantó mi tío, el tenor Vicente Martí Ballester, Cantor de la Capilla del Patriarca de Valencia con varios cantores de la misma Capilla, que interpretaron un trisagio de Perossi. Se voltearon las campanas, y al final hubo besamanos al misacantano. Este fue el acto más íntimo y recogido de todas las celebraciones y del que tengo un gratísimo recuerdo.

LA PRIMERA MISA - DIA 8 DE JUNIO DE 1947

En la Parroquia de Carpesa, ciudad de  Valencia, se celebraba la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo el domingo infraoctava por decreto diocesano para no interferir la fiesta y la procesión de la Catedral de la Diócesis, y en ese domingo infraoctava es en el que yo celebro mi Primera Misa, consiguientemente en la procesión el misacantano llevará la Sagrada Custodia bajo palio. Fue el momento, largo, porque lo era el recorrido para establecer cauce ancho para la acción de gracias al Señor por el don recibido con el sacerdocio.

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Caminando por mis calles tan familiares y recordando nombres y personas, me preguntaba, ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Y me sucedía como aturdido pensar que se había equivocado Dios. Y a la vez que me aturdía, me sumía en la profunda humildad de la fe y de la misericordia y recordaba las palabras del Magnificat, en un gran silencio. 

Sesenta cascadas de ventura

han caído en los surcos de mi vida.

Sesenta amapolas en la herida

que la mano de Dios ungió de albura.

 

¡Sangre de Cristo que mi sed apura

por las almas hambrientas, desvalidas...!

¡Ira de Dios, por ella convertida

en hontanar de luz y de ternura...!

 

Toma, Señor, mi corazón anclado

en el piélago azul de mil querubes,

que en un cielo la tierra me han trocado.

 

Hazlo sencillo, virginal, sin nubes...

Escóndelo, piadoso, en tu Costado..

¡Que cuanto más lo humillo, Tú más subes!

 

El Señor ha hecho obras grandes en mí, a favor de su pueblo sacerdotal. Me ha ungido, me ha cubierto con la sombra de su Espíritu, me ha conferido el poder, mayor que el de la Virgen María, según San Juan de Avila, de hacer descender del Cielo al Hijo de Dios, que es engendrarle de alguna manera, poder perdonar los pecados en su nombre. Esto, Padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviere enojado con su pueblo; que tengan experiencia que Dios oye sus oraciones, y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con ÉI; que tengan virtudes más que de hombres, y pongan admiración a los que los vieren: hombres celestiales o ángeles terrenales; si pudiesen ser, mejores que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos. Y porque con más autoridad entendamos cuáles habemos de ser, oigamos a nuestro padre San Pedro, que amonesta a los sacerdotes cuáles debemos de ser, diciendo (1Petr.,2,9): “Vosotros sois una raza elegida”: no de carne, ni de sangre, mas nacidos de Dios e hijos suyos, semejables en las costumbres a Él. Sois sacerdocio real, Reyes de los hombres, porque los regís según Díos. A los demonios mandáis; con Dios podéis tanto, que lo traéis a vuestras manos, y de airado lo tornáis manso. ¿Quién hay que reino tan conforme, poderoso y precioso posea? Reyes somos y gente santa, dice San Pedro; el cual aun los legos pide que lo sean, cuánto más nosotros, a los cuales dice el Señor (Le, 19, 2): “Sancti estote, quia ego sanctus sum”. “Sed santos, porque yo soy santo”. Diciendo estoy esto, y hiriéndome el corazón, mirándome a mí, que, habiendo de tener santidad, no creo que tengo el principio de ella. Gente santa, pueblo que Dios ha ganado, y que se llama heredad y hacienda de Él, porque es la principal posesión de Dios en la tierra, en la cual ha de coger fruto en sí y en los otros.

Los sacerdotes somos particularmente deputados para honra y contentamiento de Dios, y guarda de sus leyes en nos y en los otros. Y si algún tiempo vivimos en las tinieblas de nuestros pecados, ya el Señor nos llamó, dice San Pedro, de aquella ceguedad, y nos trajo a su admirable lumbre (1 Petr 2, 9), dándonos su gracia, y lumbre de su divina doctrina, con que nosotros enderecemos nuestros pasos conforme a la voluntad de Dios, y hechos lúcidos, anunciemos a los que están en tinieblas las virtudes y bondad de a que este Señor que las ejercitó con nosotros. Tales, Padres míos, y tan calificados habemos de ser los que oficio tan calificado tenemos. Y la poca estima en que este oficio es tenido, y la mucha facilidad con que se toma, y la poca santidad con que se trata, no son bastantes causas para que en el juicio de Dios se nos deje de pedir la buena vida que tal oficio demanda.

Ni reyes, ni emperadores, ni ninguno de los famosos, pueden obrar “in Persona Cristo”. No obro por delegación, sino en nombre propio: “Esto es mi cuerpo”. “Esta es mi sangre”. “Yo te absuelvo”. “Yo te bautizo”. Y proclamar auténtica y no adulterada, la Palabra de Dios. ¡Cuánta carga para tan débiles hombres!. Pero: “Yo estaré contigo hasta siempre”.

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MINISTERIO DEL SACERDOTE: OFRECER LA EUCARISTÍA.

La función del presbítero en la Iglesia ha de entenderse partiendo de la Cena y de las palabras de Cristo, que mandó a los apóstoles hacer «en memoria de él» (1 Cor 1 1,23) lo mismo que él había hecho. Por eso defendió el Concilio de Trento este aspecto básico del ministerio sacerdotal. Y el Concilio Vaticano II añade: «Los presbíteros ejercitan su oficio sagrado sobre todo en el culto eucarístico o comunión, en donde, representando la persona de Cristo y proclamando su misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles, representando y aplicando en el sacrificio de la misa, hasta la venida del Señor (1 Cor 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre como hostia inmaculada (Heb 9,11-28)».

image007El sacerdote nos introduce en la memoria del Señor, no sólo en su pascua, sino en el misterio de toda su obra, que va desde su bautismo hasta su pascua en la cruz. El exhorta a la asamblea de los creyentes a vivir en simultaneidad con el acontecimiento pasado que ésta vuelve a vivir en el presente en espera de la consumación definitiva del mismo. La función del sacerdote no se debe limitar a un rito particular; comprende toda la vida y se desarrolla de acuerdo con todo el orden sacramental.

Pero sería infiel a la tradición defender que las funciones del sacerdote son de naturaleza estrictamente sacramental. Es función del sacerdote proclamar la palabra de Dios. La misma Cena, en la que el Señor llama a su sangre «sangre de la alianza», lo pone de manifiesto, pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación de la palabra de Dios a los hombres. El acontecimiento de la alianza es al mismo tiempo acción y palabra. Esta relación aparece más clara al  partir de la base de que el término griego (1 Cor 11,24; Le 22,14),  (Mt 26,26; Mc 14,22), no significa tanto una «acción de gracias» cuanto una clara y gozosa proclamación de las «maravillas de Dios», de sus hechos salvíficos. Cuando Jesús declara: «Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva» (1 Cor 11,26), su acto de bendición ritual tiene también el sentido de una proclamación de la palabra de Dios. El ministerio de ofrecer la eucaristía ratifica y complementa una proclamación de la palabra, que va desde el kerigma inicial hasta la catequesis y la misma celebración litúrgica.

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Predicar, bautizar y celebrar la eucaristía son las funciones esenciales del sacerdote. Sin embargo, dentro del presbiterio estas funciones pueden estar distribuidas, según que unos se dediquen más a tareas misioneras y otros a la acción pastoral dentro de la comunidad reunida.

Hoy pues es día de eucaristía, de acción de gracias, llenos de gozo y de gratitud por el acontecimiento eclesial, realizado a través de mi persona, pero que ha tocado a toda la Iglesia. Por eso os pido que me acompañéis.

Dios os lo pague.

JESUS MARTI BALLESTER

 

 

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