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Tres reportajes en Betania (http://www.betania.es) del Padre Martí Ballester, ligados a las celebraciones de estas fechas. San Juan de Ribera, San Antonio Abad y el Octavario para la Unión de los Cristianos, enmarcado este año por especial decisión del Papa, Benedicto XVI, de celebrar el Año Paulino que hemos tenido presente en 2008 y hasta estas fechas de 2009. Sin duda, el tercero es el mas notable de los presentados, al menos visto desde la perspectiva de estas horas.


1.- SAN JUAN DE RIBERA, ARZOBISPO DE VALENCIA.

La iglesia celebra este 14 de enero el recuerdo de este gran santo

Por Jesús Martí Ballester

http://www.betania.es/ribera2.jpgCuando media Europa ha sido ganada por el protestantismo, en plena crisis durísima, nace Juan de Ribera. La confusión y el dolor reina en el mundo católico, pero el Espíritu Santo suscita una pléyade de santos en España e Italia. Juan de Ribera será amigo de todos, de Ignacio de Loyola, Juan de Dios, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Francisco de Borja, Teresa de Jesús, Luis Beltrán, Alonso Rodríguez, San Pío V, San Carlos Borromeo, San Francisco de Borja, San Lorenzo de Brindis, San Pascual Bailón. Mantuvo noble discrepancia con Santa Teresa de Jesús.

SEVILLA

Natural de Sevilla, hijo del ilustre don Pedro Afán Enríquez de Ribera y Portocarrero, conde de los Molares, marqués de Tarifa, duque de Alcalá, virrey de Nápoles y antes de Cataluña. Su madre, doña Teresa de los Pinelos, falleció muy pronto. Sevilla era la puerta de América, por donde llegaba a Europa un torrente de riquezas, de conocimientos nuevos, de sustancias desconocidas: oro, plata, perlas, cacao, maíz, animales raros, hombres y mujeres de razas exóticas. Don Perafán envió a Juan a la Universidad de Salamanca, que vivía un periodo áureo: lecciones de Vitoria, y de Soto, envía teólogos a Trento, introduce el método teológico salmanticense en Italia. Y en suma, foco del prestigio hispano que batalla con la espada y con la pluma frente a turcos y herejes. Ribera salió discípulo aventajado en aquellas aulas, sacó sus títulos y regentó cátedra en la Atenas española.

OBISPO DE BADAJOZ

Estaba para terminar el concilio de Trento y el papa Pío IV le designa obispo de Badajoz a Juan de Ribera, que a sus virtudes y alcurnia unía ser hijo del virrey de Nápoles. Aún no tiene treinta años. Para la reforma y santificación de sus ovejas reclutó misioneros y recabó la ayuda del Maestro Ávila, quien dice con gran consuelo en una de sus cartas: "EI obispo de Badajoz ha enviado seis predicadores por el obispado, según él me ha escrito”. El mismo administra los sacramentos a los enfermos y confiesa en su iglesia. Dormía muchas veces sobre haces de sarmientos y seguía el mismo rigor que en Salamanca. El arzobispo de Granada, respondió por carta a una que el mismo don Juan le había escrito: "Me pide V. S. Ilma. que le dé cuenta de mi vida; eso deseo saber de V. S. Ilma., que siempre desde su niñez fue santo, pues cuando V. S. Ilma. vino a Salamanca, de poca edad, yo era estudiante, y ya entonces erais santo." Los avisos que él dio, a petición de los padres y del concilio provincial Compostelano, en 1565, han pasado a las actas. Señala remedios prácticos para la reforma personal de los obispos, primer intento de aplicación de los decretos Tridentinos. En la predicación puso tal fuego y acierto, que la gente decía: "Vamos a oír al apóstol." Vendió dos veces la vajilla de plata para comprar trigo para los pobres en años de carestía. El divino Morales nos ha transmitido la imagen del obispo de Badajoz: sus facciones revelan a un hombre de nervio, pero limpio de excitación exterior, contemplativo y apóstol, con aires de alta nobleza y finos modales.

ARZOBISPO DE VALENCIA

El día que saló de su obispado, siendo ya patriarca de Antioquia, para regir la diócesis valentina, dio a los pobres todas sus alhajas, dinero y bienes. Más de una vez había quedado sin un maravedí, pero siempre contó con la bolsa paterna. En Valencia, como en Badajoz, se sujetó a un horario que recuerda hábitos estudiantiles. Se levantaba a las de tres o las cuatro de la mañana y comenzaba el estudio y meditación de la Biblia hasta las siete; dedicaba cuatro horas para el rezo del oficio divino, santa misa, preparar sermones y un breve descanso. A la una de la tarde, audiencia. Se retiraba a las tres, y en la comida sólo tomaba algunos higos secos, uvas o fruta del tiempo. Bebía muy poco, raramente vino con agua. Por la tarde recibía visitas. Después, marchaba a un jardín donde iba acumulando libros y más libros. Volvía a palacio al anochecer, y dedicaba tres horas a la oración. Antes de acostarse tenía unos momentos de recreo con los suyos.

ORACION Y AYUNO

Al rigor ordinario en la comida, añadía ayunos, como en los días de Semana Santa, que se pasaba cuarenta horas sin probar alimento, y, mientras fue joven, tres veces por semana ayunaba a pan y agua. Su criado, Pedro Pascual, se maravillaba muchas mañanas al entrar en su alcoba porque veía la cama como el día anterior, y, para cerciorarse, metía las manos entre las sábanas, y al sentirlas frías, deducía que el patriarca no se había acostado durante la noche. Tenía don Juan ciertos lugares secretos en sus habitaciones, en palacio, en el colegio y en su jardín - biblioteca de la calle de Alboraya, donde escondía las disciplinas y cilicios, que la curiosidad de Pedro Pascual descubría, ensangrentados. Tal vida presagiaba un pontificado santo, como el de Santo Tomás de Villanueva, predecesor suyo, que había fallecido quince años antes, que todos recordaban, y que cuando murió fue tan general el llanto y la pena, que el espectáculo causaba la mayor tristeza. Le llamaban "el arzobispo santo". Vestía un hábito humilde y apedazado, guardó en todo gran pobreza voluntaria. No hizo testamento, porque no tenía de qué. Y para morir totalmente desprendido, renunció en favor de su iglesia los derechos que le correspondían.

ANCIANO EN DOCTRINA Y VIRTUD

Los valencianos se percataron pronto que don Juan de Ribera, su nuevo pastor, aunque joven - llegaba a esta sede a los treinta y seis años -, era viejo en doctrina, virtud y prudencia. Decían los que le trataban que de sus palabras fluía un no sé qué misterioso que infundía juntamente respeto y gozo. Fray Tomás había dejado abiertos con sus fatigas los primeros surcos para la reforma de esta diócesis, que por más de cien años estuvo huérfana de la presencia de sus pastores. Cierto que Ribera tenía ante sí las trazas y el ejemplo del arzobispo limosnero. Pero también una perspectiva ardua: aplicar a sus ovejas la doctrina reformista del concilio de Trento, que acababa de ser aceptado en España: un plan salvador, intenso, y cuyos frutos no se tocarían sino a largo plazo. Estaba también la cuestión morisca, con todos los anteriores fracasos de evangelización y apaciguamiento. Meditaba don Juan cuál sería el método adecuado para aquella tan general y variada misión entre cristianos viejos e infieles astutos, que no otra cosa eran los moros bautizados unas veces por la fuerza, otras voluntariamente, aunque para mayor amparo y encubrimiento de su infidelidad.

SUS VISITAS PASTORALES

http://www.betania.es/ribera1.jpgAbrió el buen pastor su campaña con las visitas pastorales. Lo mismo aparecía en los fragosos lugares del arciprestazgo de Villahermosa del Río, como en los de la región alicantina. Salía cada año durante tres o cuatro meses a visitar la diócesis (500 pueblos y ciudades y 290 parroquias rurales) predicando en todas las iglesias. Entre los años 1569 y 1610 hizo 2.715 visitas pastorales. Celebró siete sínodos. Los decretos eran pocos, breves y prácticos, para evitar que se dejaran de leer. Son de carácter marcadamente sacerdotal. Fray Luís de Granada le consideraba «perfecta imagen del predicador evangélico». Fue comisionado para intervenir en la reforma de mercedarios, mínimos, cistercienses, dominicos y servitas. Fue fundador de la Provincia de la capuchina de la Sangre de Cristo y de las Agustinas Descalzas de Agullent y ayudó a todos los religiosos, pues supo ver en ellos importantes elementos de revitalización espiritual de donde saldrían los grandes brazos para sembrar la reforma.

VIRTUDES PASTORALES

Por la gran entereza de su carácter, huía de la adulación y protestaba virilmente ante la injusticia. Pero era tierno y espléndido, alargando la mano con un sentido social que entonces no se conocía: al terminar las obras de su Colegio-Seminario, jubiló al maestro de obras con una pensión vitalicia; a los demás operarios les costeó los estudios para conseguir el magisterio en su propio arte. Educado siempre con grandeza, usaba para su persona vajilla modesta y cama pobre. Las bases de su espiritualidad eran las virtudes pastorales, la oración, la penitencia corporal y los estudios bíblicos hasta en su extrema vejez. Pero su característica más peculiar fue su devoción a Jesús Sacramentado. El papa San Pío V pensó hacerle cardenal, y San Carlos Borromeo, que le amaba entrañablemente, aunque no se habían visto nunca, pedía consejo a Ribera para gobernar su vastísima diócesis de Milán.

EL PATRIARCA ESTUDIA

Aun en medio de penosas ocupaciones halla tiempo para el estudio, hurtando horas al descanso. Alojaba en su casa el cura de Carcagente al patriarca durante la visita pastoral. Y muy entrada la noche, vio luz en la alcoba del prelado. Atisbó el rector por los resquicios de la puerta y vio al arzobispo en la cama, sentado y estudiando rodeado de libros. El cura se conmovió recordando que lo mismo hacía San Ambrosio. Exegeta notable, comentó toda la Biblia, que él mismo anotó.

Del clero, en estrecha comunión con su obispo, cabía esperar la enmienda del pueblo y una vida cristiana floreciente. Los trataba con exquisita cortesía, tanto en los retiros a puerta cerrada en la parroquia de Santo Tomás, como en privado con advertencias paternales. Jerónimo Martínez de la Vega recordó las palabras del arzobispo cuando le otorgaba licencia de confesar: "Mirad, hijo, lo que hacéis; que sois mozo y el oficio es peligroso." Y hablaba el bueno del patriarca aleccionado por la experiencia. En Badajoz rechazó a una joven, que simulando confesión, le descubrió los torpes deseos que hacia él sentía, Ribera huyó del lazo y ganó aquella alma para Dios.

CON LOS NIÑOS Y LOS JOVENES

Sabía tratar a los pequeños. Acostumbraba a ponerse en una sillita en la plaza de Burjasot, cercano a la capital, y enseñaba por sí la doctrina cristiana a los niños. Y luego repartía dulces, monedas, ropas y otras cosas que necesitaban. Cuidadoso de la juventud, estableció en su palacio una escuela para los hijos de los nobles, en número de unos treinta, pues él afirmaba que se debía a todos como pastor. Desde muy niños estaban en casa del señor patriarca aprendiendo la piedad y las letras. Se servia de ellos para el mayor esplendor de los pontificales. Cuando ya cursaban estudios superiores acudían a la Universidad. Aquella escuela parecía más bien un seminario. De ella salieron un cardenal, un arzobispo, doce obispos, y un buen número de religiosos, canónigos y rectores de iglesias.

VIRREY Y CAPITAN GENERAL

A petición de Felipe III aceptó el cargo de virrey de Valencia y capitán general (1602-04), y acabó con el bandidaje en su jurisdicción, que era una plaga general e inveterada en la cuenca del Mediterráneo. El punto más discutido de su actuación como pastor y consejero de los monarcas Felipe II y Felipe III es el de la expulsión de los moriscos, después de su fracaso en atraerlos a la convivencia nacional y a la fe cristiana, en lo que había trabajado lo indecible durante 40 años. Eso dificultó su canonización, que estuvo detenida cuatro siglos. La tranquilidad, largos años perturbada, vino como por encanto y la justicia se aplicaba con rectitud. Nada escapaba al ojo vigilante del virrey arzobispo. Una viuda que llevaba pleito de importancia, se quejó alegando sospecha de parcialidad en el juez. Se personó al día siguiente en el consejo y preguntó: "-¿Quién de vuestras mercedes tiene la causa?"- "Yo, señor", -respondió el oidor. -"¿En qué punto está?", siguió el patriarca. -"Ya está acordado sentenciar y entregados los memoriales de ambas partes". Y mirando a los otros oidores insistió el patriarca: - "¿Por qué no se da sentencia?" Y como todos guardasen silencio, prosiguió: -"Venga el proceso mañana y estudien la causa, porque quiero que se dé sentencia". Cuando terminó el pleito dijo el oidor a un amigo: -"Verdaderamente este señor es un santo. Yo estaba ciego con favorecer a una persona, y con sola la visita del patriarca y dos palabras que habló en consejo, cobré luz y descargué mi conciencia".

COLEGIO SEMINARIO DEL CORPUS CRISTI

En 1583 fundó ante notario el Real Colegio, y tres años después, puso la primera piedra del edificio. En el acta notarial dice: “Hemos determinado fundar e instituir en la presente ciudad de Valencia, a nuestra costa y de nuestros propios bienes y hacienda, un Seminario y Colegio, así para descargo de nuestra conciencia como para provecho y utilidad de nuestros feligreses, para que en él se instruyan personas en la disciplina eclesiástica”. El domingo 8 de febrero de 1604, aunque el edificio del Colegio no se encontraba completamente terminado, san Juan de Ribera, aprovechó la presencia en Valencia del rey Felipe III, para inaugurar su fundación, trasladando el Santísimo Sacramento desde la Catedral hasta la Capilla del Colegio. Él asumió la responsabilidad de ser arzobispo de Valencia con solo treinta y seis años, pero con una gran madurez humana, intelectual y espiritual. La santidad se reflejaba en su vida y en sus obras. No ahorró esfuerzos ante los grandes retos de su pontificado. No se desalentó ante los graves problemas que tenía planteados: la conversión de los moriscos, la renovación de la Iglesia, mediante la reforma del clero, la dignificación del culto divino y la propagación de la piedad eucarística. Los Sínodos diocesanos, las frecuentes visitas pastorales por toda la geografía de la archidiócesis, la fundación de conventos y monasterios, la renovación de estructuras eclesiales y la difusión de una auténtica religiosidad fundada en la doctrina de la Iglesia, dieron vida a una de las etapas más creativas de la historia de la Iglesia particular de Valencia. Fue el suyo un largo y fecundo pontificado de más de 40 años. Todo con una inquebrantable fidelidad a la Iglesia, al Papa y al Magisterio de los Concilios.

LAS CONSTITUCIONES

http://www.betania.es/ribera3.jpgEn el capítulo I de las Constituciones de la Capilla, escribe san Juan de Ribera: “Ante todas las cosas presuponemos que lo que nos ha movido a escoger esta obra, fue considerar lo que el Concilio de Trento dice en la sesión 23 Cáp. 18, a lo cual, por ser ordenado por el Espíritu Santo, se le debe humilde y pronta observancia”. “Esta nuestra casa se llama y se ha de llamar Colegio o Seminario, por ser éstos los términos con que dicho Concilio los nombra; y por fundarse para el mismo y principal fin que el santo Concilio pretendió, que es criarse sujetos tales que con virtud y letras ministren en la casa de Dios”. En el capítulo 11 de las Constituciones del Colegio, refiriéndose a los seminaristas, san Juan de Ribera escribe: “Y porque nuestra intención es que de estos tales se provean las iglesias de nuestro Arzobispado y que abunden en ella sacerdotes ejemplares y doctos: encargamos a los rectores que, correspondiendo a nuestro deseo, procuren con gran cuidado y diligencia que los dichos colegiales se críen y eduquen con tan buena y santa disciplina que donde quiera que les vean den noticia de nuestra intención y de su diligencia, y muestren por su comportamiento interior y exterior el provecho que sacan de estar en esta congregación”.

FUNDACION DE LA CAPILLA

“Aunque nuestro primer intento ha sido fundar este dicho Colegio-Seminario, siempre ha estado firme en nuestro ánimo un vivo deseo de fundar juntamente una Capilla, o Iglesia, donde se celebren los oficios divinos con veneración del Santísimo Sacramento y de la benditísima Virgen María, Señora y Abogada nuestra. Capilla hermosísima que refleja la personalidad del Patriarca, austero pero con un sublime gusto artístico.

Y que en tal Capilla o Iglesia se observe en la celebración de los oficios divinos lo que está dispuesto en los santos Concilios y ha sido observado en los tiempos que florecía la disciplina eclesiástica, y lo que enseñan los autores que escriben de esta materia, a saber, que se digan y canten con toda pausa y atención, de manera que se conozca que los que cantan consideran que están delante de Dios, hablando con la Suprema Majestad suya: que asimismo mueva a los oyentes a devoción y veneración de este Señor y de su santo Templo”. Fundó en la ciudad el Colegio y Seminario de Corpus Christi para atender a la formación del clero y en esta misma casa, una capilla - institución famosa de la Iglesia - donde se adora al Santísimo Sacramento con un ceremonial y una liturgia llena de majestad y de sosiego, aun en nuestros días. Con frecuencia celebraba el santo sacrificio en una capilla de su propia iglesia y, luego de alzar a Dios, se iba el ayudante, hasta que le avisaba el patriarca con una campanilla. Esta misa le duraba de dos a tres horas por el arrobamiento y las lágrimas. San Juan de Ribera, vio hecho realidad un gran deseo y proyecto pastoral: la inauguración del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi. Éstos y otros más españoles.

EL SEÑOR PATRIARCA ESTÁ EN LA GLORIA

Falleció en su colegio donde se venera su cuerpo, el 6 de enero de 1611. A las pocas semanas se iniciaron las diligencias con vistas a su glorificación. Lo beatificó Pío VI (30 ag. 1796); Juan XXIII le canonizó (12 jun. 1960). Le retrataron El Greco, Morales y Ribalta. Aún pudo ver la expulsión de los moriscos por mandato de Felipe III en 1609. Cuando el anciano pastor murió, los niños cantaban por las calles de la ciudad: "El señor patriarca está en la gloria, con la palma y corona de la victoria." En sus funerales abrió los ojos y se le encendió el rostro para adorar al Señor desde la consagración hasta la comunión del celebrante. San Pío V le había llamado, hacía cuarenta años, "lumen totius Hispaniae", "lumbrera de toda España".

 

2.- SAN ANTONIO ABAD

El 17 de enero es la fiesta de San Antón Abad fundador de la vida monástica que tanto atrajo a los jóvenes de la época

Por Jesús Martí Ballester

http://www.betania.es/abad1.jpgNació el año 251, en una aldea del sur de Menfis, del Alto Egipto, de familia cristiana, pero ile trada, como lo fue él. A los veinte años heredó una gran fortuna a la muerte de sus padres y tuvo que cui­darse de una hermana, menor que él. Un día, en la iglesia, oyó leer al diácono, las palabras del evangelio: “Ve, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y ten drás un tesoro en los cielos” (Mt. 19,21) y, lo que no aceptó aquel joven a quien Jesús las dirigió, las puso en práctica Antonio, reservándose lo necesario para vivir. Lo que nos confirma que las palabras de Cristo no quedan estériles, aunque el primer destinatario invitado se vaya triste por no querer seguirlas. Bien decía, con espíritu de fe, el padre Segundo Llorente, jesuita: Salgo a sembrar vocaciones en Alaska, aunque se que allí no germinarán, pero con seguridad de fe, se que darán fruto en otro lugar del mundo. En Antonio fructificaron al ciento por uno. Poco después volvió a oír: “No os preocupéis por el mañana” (Mt 6,34), y terminó de vender lo que aún poseía. colocó a su hermana en una especie de monasterio femenino, y se retiró a vivir en un paraje, cercano a su pueblo, para vivir al estilo de otro anciano eremita. San Antón, como se le llama en España, ha sido y es santo de devoción extendida, que hoy perdura en los pueblos. Duran te la Edad Media su culto se difundió por Oriente y Occidente. San Atanasio, escribió su vida de autenticidad indudable, con la que hoy contamos para nuestra información. Encontró San Pablo, primer ermitaño a San Atanasio escribiendo y no le quiso molestar diciendo: “Sinamus Sanctum pro Sancto laborare”, “dejemos trabajar a un santo por otro santo” San Atanasio describe sus tentaciones famosas. El demonio le atacó primero con imaginaciones obscenas, y se le apa reció él mismo en forma de mujer seductora y de negro amena zador. La oración, la mortificación y la vigilancia exquisita de los sentidos dieron al Santo la victoria. Conseguida ésta, se retiró todavía más al interior del de sierto, donde un amigo le llevaba pan de vez en cuando. El demonio tornó de nuevo al ataque, ahora con gran aparato de ruidos, recurriendo también a su presencia visible y una vez le dio una paliza tan enorme, que su amigo lo encontró sin sentido. Al recobrarse, clamó al Señor: "¡Dios mío!, ¿dónde has estado este tiempo?" El Señor le contestó: "Siempre junto a ti"

VIDA PENITENTE

Desde el año 272 hasta el 285, observó una vida penitente y retirada, aun que no del todo solitaria, en las proximidades de la ciudad y aun dentro de ella. Sin embargo, en ese año San Antonio inaugura la vida completa de soledad, cruzando el Nilo y refugiándose, no en las cercanías de Koman, sino en lo alto de un monte, en el que pasó cerca de treinta años, sin ver más que a un hombre que le llevaba pan una vez cada seis meses. Comía seis onzas de pan mojadas en agua y algunos dátiles, una vez al día, al ponerse el sol. y fueron frecuentes las veces en que pasó tres y cuatro dias sin probar bocado y a pesar de su austeridad, se mantenía tan fuerte y saludable que más de un extranjero le reconoció entre sus discípulos por la alegría del rostro.

DISCÍPULOS Y MONASTERIOS

http://www.betania.es/abad2.jpgEn efecto, le llovían muchas solicitudes, que le obligaron el año 305 a fundar va rios monasterios, casi todos constituidos por celdas independientes, que visitaba de vez en cuando, lo que le ocasionó escrúpulos de conciencia por romper la soledad. Para visitarlos tenía que atravesar, y lo hacía tranquilamente, un río, infestado de cocodrilos: Podemos imaginarnos cuál sería la formación ascética y mortificada que daría a sus monjes. Sin embargo, insistía en que la perfección no consiste en la penitencia, sino en el amor. Les recalcaba el pensamiento de la muerte, haciéndoles imaginar que no terminarían el día o la noche. Santa Teresa escribe que parece que algunas monjas parece que han venido al convento para no morirse. Hoy se puede decir que la gente cree que no hay más vida que ésta, en consecuencia hay que disfrutarla y procurar no morirse nunca, tal es la valoración que hacen de sus propios cuerpos. Antonio educaba a sus discípulos en el ma yor desprecio al demonio. "Es un ser -les decía- que teme la oración, el ayuno y las buenas obras. No es capaz ni siquiera de detenerme cuando hablo mal de él. En el año 311 Antonio se presentó en la ciudad de Alejandría. Maximiano había recrudecido su persecución, y el Santo, con su túnica de pieles blancas, bajó a con solar a los posibles mártires. En cuanto renació la paz, volvió él a su monasterio, de donde salió para fundar otro monasterio, cer ca del Nilo, aunque él siguió viviendo en su montaña. Allí continuó alternando el trabajo manual con la oración, hasta que el arrianismo le sacó otra vez de su Tebaida y le llevó a Alejandría, donde sus sermones y milagros convirtieron a muchos.

SAN JÉRONIMO Y DIDIMO EL CIEGO

Cuenta San Jerónimo que durante su estancia se encontró con el famoso filósofo cristiano Didimo el Ciego, al que con soló diciendo que debía apreciar más la luz de Dios y de su amor que la de los ojos, que nos es común hasta con los gusanos. Lo mismo San Jerónimo que San Atanasio nos refieren sus disputas con los filósofos paganos, a algunos respondió que no necesitaba de libros en su retiro, contemplando el de la naturaleza, frase que Juan Pablo II repetía en sus cortas vacaciones entre montañas. A algunos, que intentaban reírse de su falta de letras, les preguntó qué era más intere sante, si los libros o el buen sentido que los inspiraba. "El buen sentido", le dijeron. "Pues ése lo tengo yo.

San Jerónimo cita varias cartas del Santo dirigidas a sus monjes. En ellas les recomienda como necesario para cada escalón de la santidad el conocimiento de sí mismo. San Ata­nasio nos ha conservado la que contestó a Constantino el Grande y sus dos hijos recomendándoles que no se olvida ran del juicio. "No os maraville --decía a sus monjes-- que el emperador haya escrito a un hombre como yo. Maravillaos de que Dios nos haya hablado por medio de su Hijo: Cuando los suyos se asombraron del número de vocaciones religiosas, él les anunció con lágrimas en los ojos que llegaría el día en que los monjes habitarían en buenos edificios en las ciudades, comerían en abastecidas mesas, y no se diferenciarían de los seglares más que en el vestido. Hoy ni siquiera en eso.

COMO JUAN BAUTISTA EN EL DESIERTO

http://www.betania.es/abad3.jpgSi refiriéndose a Juan Bautista Jesús hizo el elogio mayor que brotó de sus labios, hoy, tomándolo del evangelio, la Iglesia puede decir lo mismo de Antonio. Aquel egipcio analfabe to y tosco con sus cien años de historia casi en su totali dad pasados en soledad y silencio, es uno de los hombres de Dios que más han influido en la construcción del Reino de Dios. Pedro está a la cabeza de los papas y obispos, Pablo al frente de doctores y misione ros, Esteban el primero de los mártires, Antonio el funda dor de doctores de la santidad. Tras él monjes, frailes, religiosos todos le siguen como a pastor y padre. He aquí su obra que ni él mismo pudo nunca medir y agradecer debidamente a Dios. La vida humana como una búsqueda absoluta de santidad, la vida humana resuel ta según este único afán y propósito, ese fue su invento, su hallazgo genial, su sistematización del evangelio para ofrecer un género de vida original y extraño. pero tan profundo y definitivo que todos los demás fundadores han aplicado su invención a cada tiempo. Su vida pues, obtiene todo el valor de una voz que se alza en el desierto, invitando desde allí a los elegidos del Señor, a seguir su senda.

Otros escribirán tratados, otros recorrerán el mundo, otros derramarán su sangre, Antonio sobre aquellos arenales junto a Menfis encenderá una hoguera para orientar a los generosos tras las huellas del Señor. Empezó tomando a la letra aquello de “ve y vende todo lo que tienes...” Tenía dieciocho años, no sabía leer ni escribir, no era más que un pobre ignorante, que entendió a Dios. Lo vendió todo y siguió a Cristo buscándole en la soledad. Primero junto a su casa, después escondido en un sepulcro, al fin la inmensa soledad de los desiertos. Allí se puso a hablar con Dios. Y surgió la fecundidad, te nía que surgir, porque aquel hombre diminuto, como semilla sobre la tierra, llevaba la vida y la verdad. A él acudían de todos lados los buscadores de Dios. Arreciaba la última per­secución; justo el año en que Diocleciano subía a emperador de Roma.

EL FUNDADOR DE LA VIDA RELIGIOSA

Antonio bajaba al desierto. Las ciudades se despoblaban y rebosaban las grutas y las ermitas. Surgió una nueva sociedad de hombres que seguían una forma de vida, aparentemente vie ja, pero auténticamente original, la comunidad cristiana depurada, el programa del evangelio hecho carne. Aquellos primeros monjes vivían cantando al Señor y meditando, trabajando con sencillez y mortificando la carne, peleando con demonios y elevando a profesión la más bella caridad. Cantaban. En aquellos desiertos se empezó a sistematizar el canto de los salmos se gún las horas del día y a leer la escritura distribuida en leccio nes. Se estrenaba el oficio divino, y la meditación del evangelio a determinadas horas. La vida era durísima. Pan, agua y sal constituían la comida diaria; algunas verduras cocidas en agua la comida de invitados. Al ponerse el sol era la hora del refrigerio único, el pan se guardaba en agua más de seis meses, ¿aquello era comer? Se inventó la interrupción del sueño levantándose a cantar, se instituyó el cilicio perpetuo sobre la carne, se hizo de las pieles de animales el primer hábito y se descubrió que había un modo de trabajar elemental y sencillo, que consistía no en producir, como hoy decimos, sino en alabar al Señor tejiendo mimbres para esteras y cestas que se daban a los pobres. Y todo en fraternidad en que aprendieron por fin los hombres el arte de ser humildes y de ser sinceros, en fraternidad y sumisión al superior que era abad, es decir padre. Y todo batallando perpetua mente con demonios de toda especie, que convertían el desierto y después los monasterios y los conventos en auténticas palestras. Había nacido la vida religiosa. Sólo faltaba su proyección social. Antonio se la dio y acudía a Alejandría cuando el obispo le llamaba. Unas veces para exhortar al marti rio -eran los tiempos de Maximiano-, otras para discutir con los filósofos paganos, o para increpar a los prime ros arrianos y otros herejes, también para escribir a Constantino, el primer emperador cristiano, y siempre para volverse a su “palacio” con aquellos príncipes del amor. que iban con el tiempo a extender su invento por Oriente y Occidente. Heráclides, Isidro, Pablo, Basilio, Gregorio, Casiano. Antonio era iletrado, pero sapientísimo. Ya lo había dicho Jesús: “Te alabo. Padre, porque ocultas te estas cosas a los sabios y se las has revelado a los peque ños”. Antonio era pequeño, por ello supo tanto, que su palabra todavía late en los escritos de los autores sobre la santidad.

MAESTRO DE SANTIDAD

http://www.betania.es/abad4.jpgFue San Atanasio, su más glorioso biógrafo, quien nos dejó ordenada la límpida corriente de su doctrina de abad, aquel pan de cielo que él partía con cientos de hijos, allá cuando el sol se ponía en lontananza y aullaban los chacales del desierto. Los temas elemen tales de aquella soberana pedagogía se reducían a tres; modo fuerte de luchar contra los demonios, un modo sencillísimo de hacer el servicio de Dios y una sólida interpretación de esta vida como espera y palenque. Su arte de pelear, su estrategia divina es extensa y escasa en normas, reglas y consejos. Afirma que los demonios combaten a los monjes, cosa que no hacen con los mundanos. La oración y el ayuno de que habló el Señor son las armas invencibles, pero él añade por su cuenta otras dos ingenuas, encantadoras, infantiles, Antonio escupe al demonio cuando éste se le presenta, Le ahuyenta con la señal de la cruz. Podemos creer que a él se debe desde entonces la costumbre de hacer la señal de la cruz y creer en su eficacia. Buen invento que sólo pudo hacer un niño o un ángel. Antonio inculca sin cesar a los monjes que ellos son los siervos del Señor. Su vida monacal es su servicio, servicio pues el canto de los salmos a hora prima y a hora tercia, servicio, la penitencia y la abstinencia, servicio la lección y el trabajo humilde de los cestos. Servicio y es pera de la vida eterna. Aquí es donde Antonio trasciende y explica lo que a nosotros se nos hace tan inexplicable: aquella manera de vivir. Antonio no cesa de inculcar que la vida es breve y la eternidad es sin fin, que las cosas de abajo son pequeñas si se las compara con las de arriba y que la hora del paso, de la cita con Dios, de la hermosa muerte, es incierta, lo que obliga a estar siempre en espera, en tensión siempre. Apenas nada más encontramos en aquellas exhortacio nes paternas de Antonio a los suyos.

LA ALEGRIA DEL ESPIRITU

Su austeridad extrema puede in ducirnos a creer en la doctrina y ejemplo de un hombre pe­simista que nos vino a amargar la existencia. Sin embargo no es así. Una mina deliciosa de optimismo encontramos en la doctrina de Antonio. El gran penitente habla poco de pecados y mucho de la bondad de nuestra alma. “Su integridad principal, nos dice, no ha sido manchada nunca por nada.” Dios no hace nada mal hecho, somos buenos y nuestro deber está en guardar el alma buena que el Creador nos dio. Es tal el optimismo de este santo tan duro, que al llegar a mencionar a sus enemigos más terribles, los demonios, contra los que nunca cesó de luchar, insiste en que ellos no son malos por naturaleza sino por su voluntad. ¿Habría leído Juan Jacobo Rouseau estas animosas palabras del santo que no se fue a la Arcadia sino al desierto a hacer penitencia? Antonio pide y enseña sin cesar, que es menester conservar la santa “laetitia”, esa divina alegría sin la cual la virtud y dureza de sus hombres no será ni buen servicio al Dios que nos hizo buenos, ni buena espera de un cielo, que por ser también bueno, hay que saber esperarlo alegre mente. Frente a la angustia de los tiempos modernos, que son los tiempos blandos, ¡cómo conforta encontrar en Antonio la armonía y alianza de las dos posiciones contra rias a lo nuestro, la dureza y la alegría!

SU MUERTE

http://www.betania.es/abad5.jpgA los ciento cinco años, conociendo su fin próximo, repartió su herencia, enviando una túnica de piel de cordero a San Atanasio, como símbolo de la unidad de su fe con el campeón de la Santísima Trinidad, y otra al obispo Serapión. La historia de los símbolos con que es representado San Antón es muy variada. Suele representársele con un báculo en forma de cruz, por su dignidad abacial. o como recuerdo del signo que tanto usó para rechazar al demonio, o con la campanilla, un cerdito o un libro, y algunas vez con unas llamas. El simbolismo del libro se refiere al de la naturaleza que decía leer, o a las reglas de los monjes, aunque no escribió ninguna. El cerdito ha dado lugar a una evolución curiosa. Al principio, representaba al demonio y las tentaciones impuras con las que le acometió, pero en el siglo XII se consideró al cerdo animal relacionado con el Santo, por los cerdos que se vendían para dar limosnas a los pobres. Se les ponía un cascabel en la nariz y se los alimentaba gratuitamente por las casas donde se metían, y así se llegó a la protección sobre los animales. A San Antonio Abad se le cita en el canon de las liturgias bizantina, copta y armenia. Antonio tenía noventa años, ya era hora para esperar al Señor. Huyendo de la fama se había retirado con los dos predilectos, Amato y Macario, a lo más profundo del desierto. Allí va a morir a los ciento cinco años y despidiéndose de sus discípulos expiró dulcemente, el 17 de enero del año 356, dejando en testamento que le entierren donde nadie pueda saberlo, “ya me verán, dijo sonriendo, el día en que mi cuerpo resucite para siempre”.

 

3.- EL OCTAVARIO POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Por Jesús Martí Ballester

http://www.betania.es/octv1.jpgEntre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo celebramos --del 18 al 25 de enero-- la Semana de oración por la unidad de los cristianos, laudablemente propuesta en 1908 por el Rvdo. Paul Watson. Siempre hubo herejías en la Iglesia, pero los cismas fueron minoritarios.

El más resonante, el origen de la ortodoxia, es el Cisma de Oriente. Cuando el año 330 el Emperador Constantino convirtió a la antigua Bizancio en la nueva capital del Imperio Romano de Oriente, concediéndole su propio nombre, quiso Focio, Patriarca de Constantinopla, capital del Imperio Bizantino, prevalecer sobre el Papa de Roma origen del cisma del siglo IX.

¿QUIÉN ES FOCIO?

Ignacio, Patriarca de Constantinopla, que había sido elegido por los monjes el 4 de julio del año 847 abad, de un monasterio de la ciudad, era un hombre muy piadoso, pero de pocas luces y obstinado en sus decisiones. En la fiesta de Epifanía del año 857 negó públicamente la comunión a un tío del Emperador Miguel III, que vivía licenciosamente con su nuera, por lo que fue depuesto y desterrado el 23 de noviembre del año 858. Y en su lugar fue nombrado nuevo Patriarca un laico llamado Focio, hombre culto y erudito, a quien en cinco días se le confirieron todas las órdenes sagradas. Quiso Focio recibir la confirmación del Papa Nicolás I. Este, que era una persona muy enérgica y muy consciente de su primacía, y quería hacer valer su autoridad en Oriente y Occidente, envió a Constantinopla a sus legados con instrucciones y facultades muy precisas, que en vez de deponer a Focio y restituir a Ignacio, como el Papa había ordenado, confirmaron en un Sínodo a Focio como Patriarca de Constantinopla. Cuando el Papa supo la deslealtad de sus legados, excomulgó a ellos y al patriarca, lo que originó su ruptura con el Papa y la deposición del mismo Papa. La capacidad de intriga de Focio, cuya deposición, destierro, y reducción al estado laical, fue confirmada en el IV Concilio de Constantinopla, VIII de ecuménico, logró granjearse de nuevo la confianza de Basilio I y ser restituido como patriarca tras la muerte de Ignacio, con el beneplácito del Papa Juan VIII. Pero conocidas por el emperador León VI sus intrigas y trapisondas fue depuesto otra vez y confinado en un monasterio donde murió diez años más tarde.

MIGUEL CERULARIO

Los ortodoxos, afirman que la tercera persona de La Trinidad procede del Padre mientras los de Roma profesan como dogma que el Espíritu Santo también procede del Hijo. Por eso los de Oriente acusan a la iglesia romana de haber añadido nuevas formulas dogmáticas que ellos no pueden aceptar. De ahí la presunción de que ellos creen y enseñan lo correcto, que es lo que significa el calificativo ortodoxo. La inmaculada concepción, lo es a partir de la encarnación y no antes. Rechazan el celibato sacerdotal, como una vocación que no contradice la existencia de sacerdotes que elijan la vida conyugal.

En el siglo XI, siguió pretendiendo la primacía Miguel Cerulario. La pugna por el poder fue ganada por Roma con la victoria de los latinos de la cuarta cruzada, desviada por los venecianos a Constantinopla en 1204, y luego con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, que redujeron a los ortodoxos, pero siguieron su camino hasta hoy, con una influencia enorme en Serbia, Bulgaria, Armenia y Rusia. De noble familia bizantina, Miguel Cerulario era un ambicioso político desde muy joven. Se hizo monje, y llegó a ser patriarca en 1043, nombrado por el emperador Constantino IX. Con él se acrecentaron las diferencias que ya separaban a Bizancio y Roma. En 1052 cerró todas las iglesias y monasterios latinos de su territorio que rechazasen el rito griego. Es el plan de todos los nacionalismos políticos, también el actual. Suprimió la comunión con pan ácimo de los latinos, el aleluya en Cuaresma, e impuso dejarse la barba que no cumplían los sacerdotes romanos. Roma respondió poniendo de relieve los errores de los griegos, como el matrimonio de sus sacerdotes, y la negación de la supremacía universal del Pontífice romano.

RUPTURA DEFINITIVA

http://www.betania.es/octav2.jpgLa ruptura entre ambas Iglesias se hará definitiva, con la unión a la Iglesia de Oriente de los pueblos evangelizados por ella, serbios, búlgaros, rusos y rumanos. El ataque de los cruzados francos a Constantinopla ahondará las distancias. El Patriarca Cerulario como antes Focio, quiere emular las prerrogativas adquiridas por la autoridad civil de su ciudad, aunque Constantinopla no era una sede de origen apostólico. El primer Concilio celebrado en Constantinopla en 381, segundo ecuménico, se reconocía la máxima autoridad en la Iglesia universal, después del Papa y Obispo de Roma, al patriarca de Constantinopla, pero siempre, desde los inicios, la primacía de la Iglesia Romana sobre la Iglesia Universal es confirmada por San Clemente Romano, San Ignacio de Antioquia, San Ireneo y la actitud del Papa San Víctor. Las disensiones surgieron por el afán de Constantinopla y sus Patriarcas de heredar en el orden religioso, como había ocurrido en el político, el lugar preeminente de Roma antes del hundimiento del imperio romano occidental.

EL PAPA LEÓN IX

Era un hombre recto, patrocinador de la reforma eclesiástica iniciada en el monasterio de Cluny, y defensor de la primacía papal. El patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario, con muy deficiente formación teológica, tenía antipatía a todo lo occidental y, sobre todo, a la iglesia romana y al Papa, al que acusó de hereje. León IX envió una delegación a Constantinopla, encabezada por el monje Humberto, Cardenal Obispo de Silvia Cándida, quien sentía aversión a lo bizantino. Llegó a Constantinopla dispuesto a proclamar la autoridad pontificia, pero no a dialogar. Redactó una bula conminatoria y, sin entrevistarse con el Patriarca, la depositó sobre el altar de la iglesia patriarcal de Santa Sofía y se volvió a Roma tan feliz, tras haber lanzado excomuniones y entredichos a todos los jerarcas bizantinos. El Patriarca le devolvió la moneda excomulgando, a su vez, al Papa y a sus legados y rompiendo toda relación con Roma. Su posterior deposición y destierro no originaron la conclusión del cisma que todavía hoy rompe la unidad de la Iglesia. Después vendrían los cruzados, hombres, con frecuencia, incultos, rudos y rapaces, que se dedicaron, al pillaje y el expolio de las buenas y sencillas gentes del pueblo; andaba por medio también la cuestión dogmática del Filioque o procedencia del Espíritu Santo.

LA REFORMA

Desde el siglo IX, pues, con el cisma de Oriente, cuando la Iglesia de divide en cristianos ortodoxos y cristianos católicos, hasta el siglo XVI, en que los cristianos se separan por obra de Martín Lutero como protestantes, los mismos que creen en Cristo, han roto la túnica inconsútil de Jesús. Y se inicia la Reforma. Lutero, el día 31 de octubre de 1517, fija en la puerta de la catedral de Witenberg 95 tesis sobre las indulgencias. Pero antes habían sido propagadas ideas, que despertaron sentimientos religiosos, como los de la "devotio moderna", y provocaron un clima de escisión de la Iglesia católica.

http://www.betania.es/octav3.jpgAntes de Lutero, pues, ya se respiraba ambiente de reforma. Las críticas de Wyclif, de Huss y de Erasmo, sobre la práctica de la religión en el seno de la Iglesia, la discusión sobre la doctrina y la religión misma, se estaba elaborando por los reformadores una nueva doctrina. Las causas eran el clericalismo, los privilegios y el monopolio cultural de los clérigos, que les confería una superioridad subjetiva sobre los laicos. Al romperse el monopolio y la superioridad con la aparición de los círculos humanistas ajenos al clero, se creó una atmósfera antiescolástica y anticlerical que favoreció el desarrollo de las ideas reformistas. En cuyo origen estaban los abusos morales de algunos Pontífices y del clero, la negligencia en el cumplimiento de los deberes apostólicos, el afán de placer y la mundanización la vida ociosa de los clérigos, el sentido patrimonialista que gran parte del clero tenía de la iglesia, por el que muchos se sentían propietarios de una prebenda, la concentración de cargos, obispados, curatos, capellanías en una sola mano. Esto produjo descontento contra la Iglesia mucho tiempo antes de que estallase la Reforma, y constituyó un arma eficaz, empleada por los reformadores del siglo XVI, para conquistar al pueblo contra Roma. En el origen de la Reforma había también factores religiosos, como la falta de claridad dogmática que afectaba no sólo al pueblo sino a los propios eclesiásticos y la extremada sensibilidad religiosa del creyente que hacía angustiosa la seguridad de la salvación eterna, más valorada incluso que la existencia terrena.

AL CONTRARIO DE NUESTRA SOCIEDAD

Los hombres de aquella época no se pueden comprender en nuestro tiempo, pues para ellos toda la vida del hombre, desde su nacimiento a su muerte, desde la mañana a la noche, estaba dominada por referencias sagradas: aquellos hombres querían asegurarse la salvación mediante un sistema de protecciones, de abogados celestiales, de mediadores de todo tipo y para todas las circunstancias, lo que era criticado por los humanistas por supersticioso. La salvación eterna era un asunto tan primordial que el cristiano vivía preparándose cada día para morir. La vida tenía un valor subordinado a la forma de morir. Tenía sentido si se conseguía una buena muerte. En aquel ambiente la comunicación entre vivos y difuntos era continua. Los que vivían lo hacían pendientes de generar recursos salvadores. Los difuntos que no habían ido el cielo directamente se beneficiaban de las misas y sufragios que les ayudarían a abreviar el purgatorio. Se facilitaba ganar indulgencias a cambio de un donativo. Eso generó la avidez de algunos, y de otros, empeñados en acumular días, meses o años de indulgencia para asegurarse el cielo. La Curia romana, insaciable en obtener dinero para la hacienda pontificia, se atrajo con este sistema la antipatía y el odio hacia el Papado. Este desprestigio del Pontífice de Roma se había ido fraguando con el tiempo. En la Edad Media los cristianos se escandalizaban de la existencia simultánea de dos Papas (uno en Roma, otro en Aviñón). Todo este conjunto se convirtió en arma de combate y en instrumento de propaganda de los reformadores, para quienes el Anticristo estaba encarnado en el Papa de Roma. Lutero y los alemanes se sintieron dominados por la obsesión del último día, y de la necesidad de instauración de una Iglesia nueva. Y se dirigieron a la suprema fuente de revelación, la Sagrada Escritura, pasando de intérpretes falibles y poco autorizados. La imprenta, los humanistas, los predicadores y los catequistas del pueblo analfabeto multiplicaron la necesidad de recurrir a la Biblia, inspiradora de todos los reformadores.

EL OCTAVARIO

http://www.betania.es/octv4.jpgEstudiados estos orígenes comprendemos la necesidad del Octavario, de la oración por la unión, porque es tan profundo el abismo, que sólo la acción del Espíritu puede solucionarlo. Al orar estos días pedimos que se cumpla la oración de Jesús: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11). Son días en que oramos también por los que nunca han oído la voz del pastor, pues también dice Jesús: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor” (Jn 10, 16).

Pedimos por la Unión de los Cristianos, por nuestros hermanos separados; por buscar lo que nos une, sin ceder en cuestiones de fe y moral. Junto a la unidad en lo esencial, la Iglesia promueve la legítima variedad en todo lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de los hombres. Pedir y fomentar la unidad supone también respetar la multiplicidad, con lo que se demuestra la riqueza de la Iglesia. En el Concilio de Jerusalén los Apóstoles decidieron no imponer “más cargas que las necesarias” (He 25, 28).

En este octavario debemos esforzarnos por identificarnos con los mismos sentimientos de Jesús. Unir oración y mortificación pidiendo por la unidad de la Iglesia y de los cristianos, que fue uno de los grandes deseos de Juan Pablo II (Encíclica Ut unum sint), como lo es de Benedicto XVI.

Pedimos al Señor que acelere los tiempos de la ansiada unión de todos los cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba nuestro Juan Pablo II. Y respondía: Sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo.

LA IGLESIA ES SANTA Y PECADORA

La Iglesia es Santa, porque es obra de la Santísima Trinidad. Es pueblo santo, pero a la vez es pecadora, porque los hombres son pecadores y la Iglesia la constituyen hombres con sus defectos, pecados y miserias: esa realidad parece una contradicción, pero ese es el misterio de la Iglesia. La Iglesia que es divina, es también humana, todos somos polvo y ceniza (Ecclo 17,31). Por nosotros mismos somos capaces de sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para que sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar y reaccionar sobrenaturalmente.

Demuestra poca madurez el que, ante la presencia de defectos en los que pertenecen a la Iglesia, se escandaliza y se tambalea su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada por Pedro, Pablo o Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo doce Apóstoles y uno le falló...

Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo.

SIEMPRE ESTARÉ CON VOSOTROS

La predicación del Evangelio no se extendió en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No eran ni ricos, ni cultos. Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. “No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidieres al Padre en mi nombre, os la conceda” (Jn 15,16).

La Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón de Cristo. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia. Desde hace dos mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra de Roma es el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga.

San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas, escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince días”. (I,18).

El Octavario concluye conmemorando la conversión de San Pablo. El martirio de San Esteban fue la semilla que logró la conversión del Apóstol. Dice San Agustín: “Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría a Pablo” (Serm, 315,7). “Sine sanguinis effusione non fit remisio”, dirá el mismo San Pablo, “la redención sólo se logra con la efusión de la sangre”, o con el martirio de la sangre o con el martirio del corazón, que eso es el morir cada día. La cumbre de esta celebración es cuando nuestro amado Pontífice, Benedicto XVI, declaró el pasado año y haasta la presente fecha, la celebración del Año Paulino.

El principal obstáculo para la conversión, dice Scott Hahn, lo ofrecen los mismos católicos... El principal apostolado que hemos de realizar en el mundo es contribuir a que en la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Debemos acudir a la Virgen María para ser más humildes y, por tanto, más fieles.