SAN SILVESTRE I PAPA

(355) 31 de Diciembre

Autor: Jesus Marti Ballester

 

EPOCA DIFÍCIL

Epoca difícil y maravillosa, en efecto, le tocó vivir al Papa Silvestre. Por esta razón su figura ha recogido a través de los siglos muchas leyendas piadosas, que dificultan distinguir lo falso lo verdadero en ellas. Los primeros historiadores cristianos nos hablan de él con escasa concretez: Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno. Sólo el Catálogo Liberiano nos ofrece más datos en la relación de los papas que trae y, sobre todo, en los detalles de su vida que los que nos da el Pontifical Romano. Recoge sus actas, que, a pesar de ser admitidas por algunos Padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas por la Iglesia de Roma.

REGALOS DE CONSTANTINO A SAN SILVESTRE

Estas actas gozaron de gran estima en la Edad Media, pero fueron cayendo en desuso, sobre todo, la curación y conversión de Constantino y la donación de Roma, y de Italia y al papa Silvestre y según algunos de todo el Imperio de Occidente. Baronio, autor de los Anales eclesiásticos, supone su autenticidad y recurre al testimonio del papa Adriano I, que en el siglo VIII las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha por las imágenes. Son citadas en la primera decretal del concilio II de Nicea, y San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro, hablan del bautismo de Constantino y el famoso de Clodoveo.

BAUTISMO DE CONSTANTINO

La leyenda del bautismo parece estar tomada de una vida romanceado de San Silvestre, que pudo haber ocurrido  en la segunda mitad del siglo V. Duchesne afirma que vino de Oriente, como las de la invención de la santa cruz, a Santa Elena y al mismo Constantino. Otros, la leyenda llega de Roma. Pero Eusebio, panegirista del emperador, dice que Constantino fue bautizado al fin de su vida en Helenópolis de Bitinia por Eusebio de Nicomedía obispo arriano. Constantino, según las disposiciones en que se encontraba parece convencer de lo contrario. Aunque sentía simpatía por el cristianismo, sigue viviendo en su juventud pagano como su padre, Constancio Cloro. Cuando se proclama emperador en el año 306, adopta el culto a la tetrarquía romana, y especialmente el de Júpiter y Hércules. Su contacto con los cristianos se mezcla con un monoteísmo especial, que rinde culto al sol invictus. Sólo cuando vence a Majencio en 312, Constantino se manifiesta identificado con el cristianismo; pero con supersticiones y con gran reminiscencia pagana. De hecho, nunca abandona su título de pontífice máximo, concibe el cristianismo como una religión imperial, como la anterior, y no ofrece las características de un auténtico cristiano.

DONACION CONSTANTINIANA

Algo semejante ocurre con la "Donación Constantiniana". Ya el emperador Otón III, en el siglo Xl, afirmaba que había de tenerse el documento como falso. Así lo demuestra el humanista del siglo XV Lorenzo Valla, y hoy aparece claro que la noticia se inventó entre los siglos Vlll y IX para justificar en Roma la donación de las tierras conquistadas a los lombardos que Pipino el Breve y Carlomagno hacen a diversos papas.

SU CARIDAD CRISTIANA

Nace San Silvestre alrededor del año 270, en época de relativa paz para la Iglesia. Su padre, Rufino, le pone desde niño bajo la dirección del prudente y piadoso presbítero romano Cirino, y en seguida se empieza a distinguir por una abnegada caridad, ofreciendo su casa a todos los peregrinos que acudían a visitar la tumba de los apóstoles. En una ocasión llama a su puerta Timoteo de Antioquía, gran apóstol de la palabra y de santa vida. Pronto se dan cuenta de ello los paganos, y una noche, cuando vuelve a la casa de Silvestre, es apresado por las turbas y condenado a morir en los más horribles tormentos. Silvestre no se atemoriza ante el peligro, y poco después, aprovechando las sombras de la noche, se apodera de las reliquias y les da honrosa sepultura.

Sospechando el prefecto de Roma, Tarquinio Perpena que aquel muchacho, guardaba las riquezas que suponía que tenía Timoteo le llama a su presencia, y entablan este diálogo, que nos han conservado las actas: —Adora a nuestros dioses—le dice el prefecto—-y deposita en sus altares los tesoros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida. Silvestre no titubea, sabiendo la pobreza en que había vivido el mártir de Cristo. — ¡Insensato!—le dice—, yerras si piensas ejecutar tus amenazas, porque esta misma noche te será arrancada el alma, y así reconocerás que el único verdadero Dios es el que tú persigues; el mismo que adoramos los cristianos. Tarquinio se enfurece y manda encerrar al joven; pero en la misma noche le mata una espina que se le atraviesa en la garganta, con lo que Silvestre es puesto en libertad.

SU HUMILDAD Y CELO APOSTOLICO PUESTO A PRUEBA EN LA PERSECUCION

Silvestre era apreciado en Roma por su humildad y apostolado, y muy pronto, a los treinta años, es ordenado sacerdote por el papa San Marcelino. Eran horas difíciles para la Iglesia. Desde el año 286, el emperador Diocleciano había asociado al Imperio a Maximiano Hercúleo, y poco más tarde ambos augustos adoptan como césares a Constancio Cloro para las Galias y Bretaña y a Galerio para el Oriente. A qué obedeció la nueva postura de Diocleciano, se desconoce; pero pronto se iba a organizar en su reinado una terrible persecución, con el intento de deshacer desde sus cimientos toda la Iglesia. Por otra parte, no faltaban disensiones entre los mismos fieles, y sobre todo se hacia más acuciante el peligro de la secta del donatismo, ya extendida entre los cristianos de Africa. Silvestre toma parte por la ortodoxia, creándose enemigos, pero la Iglesia de Roma tiene puestos sus ojos en aquel varón de Dios, "puro, de piedad ferviente, mortificado y humilde", según consta en las actas, del que había de suceder al papa San Melquiades en la silla de San Pedro.

ELEGIDO PAPA

San Silvestre es elegido papa el 31 de enero del 314, siendo cónsules Constantino y Volusiano en el año noveno del imperio de Constantino. Su  pontificado durará veintitrés años, diez meses y once días y estuvo lleno de grandes acontecimientos. Un año antes, el 313, había sido decretada la libertad de la Iglesia por el edicto de Milán, y desde entonces cuenta con el apoyo decidido del emperador y con la simpatía de los numerosos prosélitos que se presentan cada día.

El paganismo no podía acomodarse al cambio. Y si era cierto lo que nos cuentan las actas sobre el bautismo de Constantino, habríamos de encajarlo en estos primeros años del nuevo papa. Los magistrados de Roma aprovecharon una de las ausencias del emperador para iniciar otra vez la persecución. Silvestre mismo tuvo que salir de la ciudad, y se refugió con sus sacerdotes en el monte Soracte o Syraptim, llamado después de San Silvestre, distante unas siete leguas de Roma.

TRAJEDIA EN LA FAMILIA DE CONSTANTINO

Cuando vuelve Constantino, se encuentra con una tragedia dentro de su misma familia, pues a Crispo, su hijo y heredero, se le acusaba de haber cometido adulterio con su segunda mujer, Fausta. Llevado de la cólera, el emperador ordena su muerte, pero es atacado por la lepra. Los médicos más prestigiosos se ven impotentes y para aplacar la ira de los dioses, le proponen bañarse en la sangre caliente de una multitud de niños sacrificados con este fin. Cuando el cortejo imperial iba a subir las gradas del Capitolio, Constantino se conmueve ante los gemidos de las madres de los inocentes, que piden misericordia, y ordena se retire el sacrificio. Aquella misma noche se le aparecen en sueños Pedro y Pablo, que le recomiendan buscar al obispo Silvestre, que les mostrará el verdadero baño de salvación que le curaría.

REGRESA DEL ESCONDITE SILVESTRE

A la mañana siguiente Silvestre, el perseguido, aparece por las calles de Roma, y conducido por la guardia pretoriana,. El encuentro con el emperador es benévolo. Entablan un diálogo de pura formación cristiana, y al fin el Pontífice le increpa con toda solemnidad: "Si así es, ¡oh príncipe!, humillaos en la ceniza y en las lágrimas, y durante ocho días deponed la corona imperial, y en el retiro de vuestro palacio confesad vuestros pecados, mandad que cesen los sacrificios a los ídolos, devolved la libertad a los cristianos que están en los calabozos y en las minas, repartid abundantes limosnas, y veréis cumplidos vuestros deseos".

Constantino lo promete todo, se fija el día para el bautismo, y, llegados al baptisterio de San Juan de Letrán, se despoja el emperador de sus vestidos, entra en la piscina, es bautizado por San Silvestre, y cuando sale, ante la expectación de todos, aparece completamente curado. De ahora en adelante, dicen las actas, Constantino será el gran favorecedor de los cristianos, y deja al Papa su sede de Roma, retirándose con toda su corte a Constantinopla.

CRECIMIENTO DE LA IGLESIA

Así se explica la gran preponderancia que iba tomando la Iglesia frente al Estado. Y San Silvestre aprovecha el favor para reconstruir iglesias devastadas y enmendar las costumbres. Entre las nuevas leyes que bajo el Pontífice sobresalen la validez de la emancipación de esclavos realizada ante la Iglesia, el descanso dominical, la ley contra los sodomitas; la educación de los hijos, revocación del destierro a que eran condenados los cristianos, restitución de sus bienes, anulación de las leyes Julia y Popea contra el celibato, varios decretos concediendo el foro judicial de los clérigos, prohibición de los agoreros, de los juegos en que mezclados con la inmoralidad y el engaño y otras leyes. Roma iba muriendo a su tradición pagana, para renacer a la nueva Roma cristiana.

GRAN ACTIVIDAD PASTORAL

La gran labor pastoral en que se ve encuadrado el pontificado de San Silvestre ofrece unas facetas características, primicias todas ellas de la Iglesia, que se abre a nuevos horizontes, libre ya de trabas y de postergaciones. Es su tiempo, la era de los grandes concilios, donde se fijan los cánones de la fe, el culto divino adquiere mucho esplendor, se establece una disciplina eclesiástica cuna de nuestro Derecho, y se extiende cada vez más la supremacía de la Iglesia de Roma. En el mismo año en que es elegido Papa, manda San Silvestre sus legados al concilio de Arlés, donde se resuelve la cuestión de los donatistas, que habían apelado la causa de Ceciliano. Este concilio, junto con el primero ecuménico de Nicea (325), son los dos puntales del esfuerzo dogmático de tiempos de San Silvestre. Mucho se ha discutido sobre la participación que en ellos tuvo el Pontífice de Roma, ya que tanto uno como otro fueron convocados a instancias del emperador Constantino: pero, a través de lo que en ellos se determina, no ofrece duda la presencia moral del Papa en las decisiones consulares. En Nicea, junto al presidente del concilio, Osio de Córdoba, se sientan los legados pontificios Vito y Vicente, y según el documento del Líber Pontiticalis, todos los obispos, al final de la asamblea, escriben una carta a Silvestre, para darle cuenta de las decisiones adoptadas.

CONCILIO DE ARLES

Más claro es el testimonio de los Padres del concilio de Arlés. En esta asamblea, como en todas las que celebra Constantino, se ve una sumisión del episcopado al poder civil; pero al mismo tiempo un afecto y una gran sumisión al Papa. Es éste el que ha de decir su última palabra sobre los donatistas, quien ha de comunicar a las iglesias lo establecido en el Concilio, y el que ha de decidir poner en práctica sus acuerdos, incluso al de la celebración de la Pascua. Dicen así en la carta que le envían: "Al amadísimo papa Silvestre, Marino, Agnecio... Unidos en el común vínculo de caridad y de unidad de la madre Iglesia católica y reunidos en la ciudad de Arlés por la voluntad del piísimo emperador, te saludamos a ti, gloriosísimo Papa, con toda nuestra reverencia". Y añaden: "Ojalá, hermano dilectísimo, hubierais estado presente a este gran espectáculo, pues creemos que contra los donatistas se hubiera dado una sentencia más severa, y de ese modo, uniéndote tú mismo a nuestro juicio, nuestra asamblea hubiera exultado con mayor alegría. Pero, como no pudiste separarte de aquellas tierras en las cuales se asientan también los apóstoles, y cuya sangre testifica sin intermisión la gloria de Dios, por eso te mandamos..."

Esta presencia del Papa se extendió a su vez en la serie de concilios y sínodos que se fueron celebrando en su tiempo: sínodo de Roma (315), concilios de Alejandría, Palestina, segundo de Alejandría, de Laodicea, Ancira, Nicomedia, Cartago, Cesarea de Palestina, etc.

CREACION DE UNA NUEVA LITURGIA

En todos ellos y en otros decretos del mismo Papa se fue creando una liturgia nueva, que, junto a los cánones disciplinares, sirvieron de base a la reorganización interior de la Iglesia. Acaso se pueda rechazar como inventada la Constitución de San Silvestre, con las prescripciones sobre los clérigos; pero no se pueden olvidar otras, que se debieron al celo pastoral de nuestro santo. Citemos algunas: Sólo el obispo puede preparar el santo crisma y servirse de él para confirmar a los bautizados. Los diáconos usen dalmática y manipulo en el altar. Queda prohibido el uso de la seda o paño de color para el sacrificio de la misa. Deben emplearse telas de lino, o corporales, que representen la síndone en que fue envuelto el cuerpo de Cristo. Ningún laico tenga la osadía de presentarse como acusador contra un clérigo. Ningún clérigo puede ser citado ante un tribunal laico para ser juzgado.

NORMAS

Los días de semana, menos el sábado y el domingo, se llaman 'ferias". Para la recepción de las órdenes sagradas, determina el tiempo que ha de transcurrir entre una y otra: veinte años para el lectorado, treinta días para el exorcistado, cinco años para el acolitado, otros cinco para el subdiaconado, diez para el de custodio de los mártires, siete para el diaconado y tres para el sacerdocio. Y normas precisas para la vida de los clérigos. Deben ser castos y han de procurar el grado sin ambición y sin ansia de lucro, y solamente pueden ser nombrados aquellos que sean elegidos en unanimidad por el pueblo y la clerecía. Los presbíteros han de tener una reputación bien probada, de modo que, aun los que están fuera de la Iglesia, puedan dar fiel testimonio de ellos. Se dan otras prescripciones como el ayuno, los réditos de la Iglesia, que han de dividirse en cuatro apartados; el culto divino, etc.

TRATO CON LOS PECADORES

Se da esta nota disciplinar en el trato con los pecadores, que califica la delicadeza y caridad de San Silvestre: Se les ha de llamar paternalmente y se les ha de esperar siete días, sin que se les prohíba nada de las cosas de la Iglesia. A esta espera hay que añadir otros siete días, privándoles el acceso a los divinos oficios. Siguen otros dos días, en los cuales, si no se arrepintieran, se les separa de la paz y comunión de la santa Iglesia. Otros dos días más, y, por fin, añadiendo todavía uno, y cuando se vea que su caso es desesperado, se le debe condenar con el anatema".

ESPLENDOR DEL CULTO

En cuanto al culto divino, nunca conoció Roma, fuera del tiempo del Renacimiento, otra época de tanto esplendor y grandeza. El Pontifical Romano nombra en primer lugar una iglesia del título de Equitio, que mandó construir San Silvestre junto a las termas de Trajano, hoy llamada de los Santos Silvestre y Martín, y que fue como su primera sede y el sitio donde hacía las ordenaciones. Seis veces ordenó en el mes de diciembre, a 40 presbíteros, 26 diáconos y 65 obispos.

LAS FUNDACIONES CONSTANTINIANAS

Comienzan las famosas fundaciones constantinianas de San Juan de Letrán, en el monte Cello—in aedibus Laterani—, de San Pedro, en el Vaticano, San Pablo, en la vía Ostiense, y Santa Cruz de Jerusalén, en el atrio Sessoriano, muy cerca del templo de Venus y Cupido, como réplica, dice Baronio, a la estatua de Venus que mandó poner Adriano en la cumbre del Calvario. En la misma Roma se levantan la basílica de Santa Inés, a instancias de la hija de Constantino; la de San Lorenzo, en el campo Verano; la de San Pedro y Marcelino, en la vía Labicana, y otras más en Ostia, Capua y Nápoles.

El papa San Dámaso, escribe su epitafio: Qui catholicus et confessor quievit. Católico, porque supo mantener la luz de su fe en un tiempo de fuertes herejías. Ecuménico, porque lleva su acción de Arlés a Nicea, de Cartago a Viena del Delfinado. Y confesor, es decir, santo, en el sentido que se le daba entonces.

¿TIMIDEZ DE SAN SILVESTRE?

Todo vivido con una caridad y mansedumbre que fue puesta a prueba muchas veces por aquel que se decía favorecedor del cristianismo, pues Constantino quería intervenir en todos los problemas interiores y exteriores de la Iglesia. Por su mandato se reúnen los obispos en Arlés, convoca el concilio de Nicea, reúne sínodos, lleva a su tribunal la causa de los donatistas e interviene con toda su autoridad en la condena de los arrianos. Se ha visto cierta timidez en San Silvestre frente al emperador. Lo que es desconocer lo delicado de aquellos primeros años del cristianismo libre. San Silvestre asiste al nacer de un renocimiento de la Iglesia, demasiado frágil en lo que a efectos civiles se refiere, y no tener en cuenta que Constantino es un hombre de carácter fogoso, con muchos matices paganos, que a veces le llevan hasta el crimen. La persecución no se había superado del todo, ya que hasta el 324, con la muerte de Licinio, aún se sigue martirizando en el Oriente y aún en las tierras de Constantino brotan de vez en cuando gritos de rebeldía pagana.

CASI TODO DEPENDIA DEL EMPERADOR

La solución de aquellos primeros conflictos político-religiosos de las primeras herejías dependía casi siempre del emperador, pues solían convertirse en verdaderas luchas intestinas, con gran peligro para la tranquilidad del Imperio. No es extraño pues que San Silvestre, aun consciente de su autoridad, tuviera que ceder muchas veces para no convertir en desfavorables unas posiciones que eran muy ventajosas para la Iglesia. En eso precisamente estuvo su santidad: en saber sufrir el despotismo por bien de la comunidad, pasando muchas veces al segundo lugar, aunque en su ministerio siempre se mantuvo decisivo.

Ni las actas ni la leyenda nos dicen más de su vida. Pero bastante dice ya aquella floración de vida cristiana en que empieza a vivir Roma; el culto divino, que se engrandece con las basílicas; la nueva disciplina eclesiástica y el ejemplo de aquel varón venerable, que iba señalando a todos el nuevo sendero que se abría.

MUERTE DE SAN SILVESTRE

San Silvestre muere el 31 de diciembre del año 337. Fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria, en una basílica donde estaba enterrado el papa San Marcelo, y que pasó a llamarse de San Silvestre. En el año 1890 se creyó identificar sus ruinas en el transcurso de unas excavaciones, y por fin lo consigue en 1907 el arqueólogo Marucchi. Reconstruida una iglesia sobre los primitivos cimientos, fue inaugurada el 31 de diciembre del mismo año, por el Papa San Pío X.

La Iglesia, por su parte, le ha venerado ya desde antiguo, incluyendo su nombre, con el de San Gregorio Magno, en la letanía de los Santos, y desde tiempos de San Pío V se ha celebrado su fiesta en la octava de Navidad.

 

 

Jesus Marti Ballester

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