SANTA CATALINA DE SIENA

DOCTORA DE LA IGLESIA

 (1347-1380)

 29 de abril.

Autor: Padre Jesús Martí Ballester

 

LA HIJA 23 DEL TINTORERO

Catalina fue la última de los hijos del tintorero Giacomo Benincasa y de su mujer Lapa di Puccio. Antes de ella habían venido veintidós. La casa de los Benincasa se alzaba en la ladera de la colina sobre la cual se asienta la ciudad de Siena: una casa espaciosa, que respira bienestar, honradez y trabajo, la casa de un industrial cuyos ne­gocios van viento en popa; abajo, la tintorería; en medio, las habitaciones; arriba, la terraza con su jardín, y una gran coci­na, donde se come, se hila, se cose y se charla en las veladas invernal es, bajo la dirección de Giacomo, que habla poco, y de Lapa, mujer sin malicia, pero ducha en los negocios, que dis­pone y decide con aire autoritario: una indómita energía y una dulzura inalterable.

Catalina era pura y a la vez alegre. Alegre, sincera, viva y graciosa, que la llamaban  Eufrosina, el nombre de una de las Gracias.

PRIMERA VISON DE CRISTO

Un día vio un trono y en él al Redentor, que la miraba, la sonreía y la bendecía, como el obispo cuando da su bendición. Tenía entonces seis años; pero a partir de esa hora, dejó de ser niña.

Había visto al Señor, y la voz sonaba en su alma. Dulce y penetrante como un lejano tañido de campanas. Creyéndose con vocación eremítica, descubrió en su casa un escondrijo som­brío, y allí se refugiaba y jugaba a la ermitaña, rezando y ayu­nando, mientras los demás comían, y flagelándose con una dis­ciplina que ella misma había fabricado.

LA ERMITAÑA

Una mañana, habiéndose provisto de un pan, abandonó la casa, resuelta a irse por el ancho mundo. Allá abajo, el valle se abría entre peñascos, y en los peñascos había cuevas. En una de ellas entró la niña, y empezó a rezar con tal fervor, que todo desapareció en torno suyo y le parecía flotar en un mundo de luz resplandeciente, hasta que su cabeza tocó en la bóveda de la roca, y del golpe se des­pertó. Entonces tuvo miedo. Pensó volver a casa, pero ya era tarde: el sol descendía, las campanas tocaban a vísperas, las puertas de la ciudad se cerrarían de un momento a otro. Mien­tras pensaba en su situación, vió pasar una nube ante sus ojos, sintió que flotaba de nuevo, y, sin saber cómo, se encontró más allá de las murallas. Así fracasaron sus proyectos anacoréticos.

LA ESPOSA NIÑA DE JESUS

Pero había comprendido que su vida debía consagrarse a Jesús; arrodillada delante de la Madona, dijo: "0h Virgen María, concédeme la gracia de tener por esposo al que amo con toda mi alma, tu Hijo santísimo y mi Señor Jesucristo. Le prometo no aceptar a otro jamás."

A los siete años. Catalina era la noviecita de Jesús, y como tal se esforzará en cumplir la voluntad de su Esposo. Ahora bien, pensaba, la voluntad de Jesús es que dome­mos nuestra naturaleza. Desde entonces, arreciando las penitencias comenzadas en la bodega y en los graneros, la niña prometió no comer más que pan y legumbres. Colocaba la carne en el plato de sus hermanos. A los doce años empezó la lucha irremediable.

SU MADRE INQUIETA

Lapa estaba inquieta por su hija. Observaba que no se asomaba a la ventana para ver a los muchachos, y que mientras barría no cantaba canciones de amor. Sin embargo, ella tenía sus planes. "Lávate algo más a menudo-decía a Catalina-; péinate con más cuidado; trata de agradar a los hombres." La niña se mostraba rebelde a estos consejos. Sólo una temporada llegó a vacilar, seducida por la hermana a quien más quería.

SU HERMANA LA SEDUCE

Hasta consintió en ir al baile con un hermoso ata­vío, pintada la cara y los cabellos teñidos de rubio, como lo exigía la moda. Al poco tiempo, aquella hermana se le murió, y Catalina volvió a su vida de reclusión y de penitencia, orando mucho, comiendo poco y durmiendo lo menos posible. Como se­ñal de su decisión, cogió las tijeras y su cabellera de oro rodó por el suelo. Lapa, sin embargo, no cedía; sus hijos la ayuda­ban en la lucha, hasta que el tintorero se puso serio, y un día, después de comer, dijo con toda gravedad: "Que nadie se atre­va en adelante a atormentar a mi hija amadísima; dejémosla que sirva a su Esposo libremente, a fin de que interceda por nosotros."

SENSATEZ DE SU PADRE

De aquello ya no se volvió a hablar; pero Lapa no comprendía la locura que le había dado a su hija. ¿Por qué dormir sobre una dura tabla, mejor que en una cama bien mullida? Y la madre le decía: "Hija mía, ¡es que te quieres matar”! Quien me roba mi hija?, gritaba, un día que la vio flagelarse. Catalina vivía ahora en una estrecha habitación cuyos únicos muebles eran un banco y un cofre. El banco, durante el día, le servía de mesa, y durante la noche, de cama. En él se tendía vestida, con un leño por almohada. En la pared colgaba un crucifijo, alumbrado día y noche por una lámpara. Allí re­zaba la virgen, allí velaba, hacía penitencia y recibía visitas misteriosas, que inundaban de luz la habitación.

SUS EXTASIS Y ATAQUES DEL DEMONIO

Sus éxtasis empezaron a ser frecuentes, dejándola sumergida en un estado de insensibilidad y de rigidez, y se la podía pinchar con alfileres sin que lo notara. Aquel era también el campo de sus combates. Terrible fue el que tuvo que resistir un día de carnaval. Primero oyó un zumbido, como cuando por la noche se entra en la cocina y se espantan todas las moscas. Eran los demonios. Después empezó a resonar a sus oídos un ruido frágil e insistente, como los acordes de la mandolina, que le insinuaba pérfidamente: "Pobre Catalina, ¿por qué hacer­te sufrir así? ¿Para qué el ayuno, la cadena de hierro que llevas alrededor de tu cintura, la disciplina con que hieres tus carnes de nieve? Vive como los demás, duerme como los demás; sé buena y piadosa, pero de una manera razonable." Placente­ras visiones surgían ante los ojos de la virgen: el hogar, la casa, los niños, y, allá afuera, las canciones de amor, los gritos de las muchachas, las fiestas, todo el torbellino de la danza y de la orgía. Catalina no era sentimental, pero el tentador desarrolla­ba delante de ella sus más seductores espejismos. Formas lascivas bailaban en torno suyo con frenética algazara, murmurando con zalamera sonrisa: "Mira, esto es la felicidad." Nunca se había sentido tan próxima al abismo. En el delirio de la desesperación, cerraba los ojos o los clavaba en el crucifijo, y expe­rimentaba ya acaso el vértigo, cuando, por un supremo esfuer­zo de su voluntad, rechazó definitivamente al enemigo: "Tus amenazas no me asustan-exclamó-, porque he elegido los su­frimientos como placeres." Entonces, el aire se hizo leve y puro; la claridad iluminó la habitación, y en la luz una voz murmuraba: "¡Catalina, hija mía!" Y ella, inflamada de amor, regando los ladrillos con sus lágrimas, decía: "¡Oh Jesús dulce y bueno! ¿Dónde estabas cuando mi alma sufría en el tormento?"

SUS FENOMENOS MISTICOS

Y siguieron las visiones y revelaciones. Diariamente el pa­raíso se abría para ella. En la calles y en la celda, se encontraba con visitantes misteriosos. A veces los huéspedes le sorprendían en el jardín, cuando a la hora del crepúsculo se paseaba por las avenidas bordeadas de azucenas, entre las rosas y los lirios.

DIALOGOS CON CRISTO

Una tarde la charla con el Señor y con Ma­ría Magdalena se prolongó tanto, que tuvo que decir: "Maestro, no conviene que permanezca fuera a estas horas; permíteme que me retire." Y oyó esta respuesta: "Haz lo que quieras, hija mía." Y como Catalina se levantase para bajar a su celda, Jesús y la Magdalena la siguieron hasta su cuar­to. Los tres se sentaron en el banco y hablaron como buenos amigos: Jesús, a la derecha; la pecadora, a la izquierda, y el ama de la casa, en medio. Otras veces Catalina se quedaba en la ventana sondeando las profundidades del Cielo y escu­chando en la lejanía el canto de los ángeles. "¿No oís cómo cantan?-exclamaba entonces-o los que más han amado tienen las voces más hermosas. ¿No oís la voz de la Magdalena?"

EL REGALO DEL ANILLO NUPCIAL

Ninguna visión tan memorable como la de aquel día en que, rodeado de sus santos, Jesús le puso un ani­llo en el dedo, mientras David tocaba el arpa. Y no fue una alucinación. Al extinguirse la claridad celeste, el anillo de despo­sada brillaba en la mano de Catalina. Lo llevó a sus labios y lo contempló con transportes de júbilo. Era un anillo de oro con un gran diamante rodeado de cuatro perlas pequeñas: el duro diamante de la fe y las perlas de la pureza de intención, de pensamiento, de palabra y acción. En adelante, Catalina llevó siem­pre su anillo nupcial, pero sólo era visible para ella, y a inter­valos desaparecía a sus ojos, con lo cual conocía que su Esposo no estaba contento de ella. Entonces lloraba amargamente, confesaba su falta, y el anillo volvía a despedir sus vivos resplan­dores.

TERCERA ORDEN DE SANTO DOMINGO

Catalina acababa de cumplir los veinte años. Por este tiem­po era ya mantellata, vestía el manto negro y la túnica blanca de la Orden Tercera de Santo Domingo. Además había aprendido a leer. Una de sus compañeras le había proporcionado un alfabeto y pudo leer el breviario, su libro favorito después de las estrellas y las flores. Tenía pasión por las flores vida. Jesús se presentaba a la puerta de su celda su­plicando que la abriese, no para entrar él, sino para que ella saliera. "Soy una mujer ignorante-respondía ella resistien­do; ¿qué podría yo hacer." Y el Señor respondía: "Para Mí no hay hombres ni mujeres, sabios ni ignorantes." Desde en­tonces Catalina confundió su vida con la de sus prójimos. En el libro que dictó al fin de su juventud, que fue también el fin de su vida, en aquel libro donde escribió su corazón, Jesús le habla así:

ESPIRITU DE SEVICIO

i No podéis serme útil en nada; en cambio, os es posible acudir en auxilio del prójimo. El alma que ama mi verdad, no se cansa nunca de prodigarse en auxilio de los demás."

Desde este momento toma parte en todos los quehaceres domésticos, busca a los pobres, se interesa por los pecadores, consigue conversiones maravillosas, cuida a los enfermos, procura la salvación de los moribundos. "Señor-clamaba en un éxtasis-, quiero que me prometas la vida eterna para todos mis parientes, para todos mis amigos; pruébame que me atiendes, Señor; dame una prenda cierta de que harás lo que te pido." En el mismo momento experimentó un vivo dolor, y viendo un clavo de oro que taladraba su mano, pro­rrumpió en aquellas palabras que solía decir siempre que expe­rimentaba un padecimiento físico: "Alabado sea mi dulce, ama­bilísimo y amado Esposo y dueño Jesucristo." Pero no se con­tentaba con orar, sino que obraba: todo cuanto había en la casa del tintorero iba a parar a las manos de los pobres.

LOS POBRES

Catalina tenía permiso de su padre para disponer de ello, y su conducta era bendecida, porque los toneles estaban siempre llenos, los panes no se acababan nunca en la panera. Los  enfermos, más repugnantes, atraían más la atención de la joven. Los días se le pasaban con frecuencia en el hospital de los leprosos, cosechando el desprecio en vez de la gratitud. En él vivía una anciana llamada Tecca, abandonada de todos. Era regañona y altiva, una razón más para que Ca­talina la asistiese. Se constituyó en su sirvienta, soportando las injurias con alegría. A veces, la leprosa solía recibirla con palabras irónicas: "Bien venida seáis, reina de Fontebranda. Dónde se ha entretenido la reina esta mañana?  ¿Ha sido en la iglesia de los hermanos? Parece que la reina no se harta de la sociedad de los frailes." Pacientemente, sin pronun­ciar palabra, Catalina cumplía con su oficio de enfermera, azo­rada por las burlas de la vieja, que desde el fondo del catre la seguía con mirada de odio y de befa. Lapa supo algo de esto, y decía a su hija: "Te expones al contagio por esa imbécil, y no podría soportar que cogieses la lepra." En las manos de Catalina apareció una erupción sospechosa, pero ella siguió acudiendo al hospital, y cuando Tecca murió, su incansable enfermera amortajó el repugnante cadáver y le dio tierra con sus propias manos.

GRITERIO DE GENTES

Empezaron las habladurías y las acusaciones. Hasta los predicadores hablaban en el púlpito con­tra la hija del tintorero. Ella callaba. Su silencio y su manse­dumbre eran la mejor de todas las defensas. Los mayores ene­migos se convertían, con sólo verla, en sus admiradores más entusiastas. Una influencia sobrenatural, real les transformaba, sin ellos darse cuenta. Así le sucedió a un gran predicador fran­ciscano. Una tarde llegó al cuarto de la santa. Ella le invitó a tomar asiento en el baúl de los vestidos, y ella sentó en el suelo. Hubo unos instantes de silencio, que interrumpió el fraile:"He oído hablar mu­cho de tu santidad, y vengo con la esperanza de llevarme alguna palabra de edificación y de consuelo." Catalina, sospe­chando el lazo, respondió; "Es para mi grande alegría el ve­ros, porque seguramente, con el conocimiento que tenéis de la Escritura, vais a fortalecer e iluminar mi alma." Aquello era un torneo, en el que dos adversarios hábiles medían sus fuerzas. Catalina rehusó descubrirse ante el teólogo, y el toque del Ángelus fue la señal de la separación de los contendientes. Catalina acompañó hasta la puerta a Fray Laza­rino, y, arrodillándose, le pidió su bendición. Él se marchó defraudado. Se acostó pronto, porque al día siguiente debía predicar. Pero se levantó profundamente triste; el mal humor aumentaba al avanzar el día; tuvo que suspender el sermón, y las lágrimas no cesaban de correr por su rostro. Indagaba la causa, sin resultado alguno, hasta que, al llegar el crepúsculo, se le vino a la memoria su entrevista con Catalina. Entonces lo comprendió todo, y más sereno, fue en busca de la virgen para confesarle la vanidad y la suficiencia de su alma y suplicarle que le perdonase la persecución de otros días.

ADVERSARIOS CONVERTIDOS EN AMIGOS

Se convirtió en un ferviente amigo e imitador de Catalina. Sus enemigos ahora siguen religiosamente su dirección y la llaman su madre, mamma. Ella los ama como a hijos, se hace responsable de sus pecados, los ayuda a salir del vicio, los guía por los caminos de la perfección en santas conversaciones y les escribe cartas penetradas de unción amorosa y de santa doctrina; "Queridísi­mo hijo en Cristo, el dulce Jesús-escribía a uno de estos devotos-, parece como si el demonio te hubiese encadenado de tal suerte que no puedas retornar al redil, y yo, tu pobre madre, voy buscándote y llamándote. Porque quisiera llevarte sobre los hombros de mi dolor y mi compasión para ponerte en el camino recto. Haz como el hijo pródigo. Tú también eres pobre y necesitado; tu alma muere de hambre. ¡Ay!¡Cuan digna soy de lástima! ¿Qué ha sido de tus piadosas resoluciones? Rompe esa cadena; no te dejes engañar del demonio; no te alejes de mí. Ven, ven, queridísimo hijo. Bien puedo llamarte querido, cuando tantas lágrimas y angustias me cuestas."

HABÍA APRENDIDO A ESCRIBIR.

A fin de que pueda dilatar mi corazón decía ella- para impedir que estalle algún día, la Pro­videncia me ha dado la facultad de escribir. No habiendo lle­gado para mí la hora de dejar las tinieblas de este mundo, esta facultad ha surgido en mi alma como cuando un maestro enseña a su discípulo lo que debe hacer. He tomado lecciones como en sueños con el glorioso evangelista San Juan y con Santo Tomás de Aquino." Fue una iniciación interior; sus mis­teriosos maestros le presentaban los modelos, y no tenía más que copiar lo que veía. Esto sucedió en el curso de un éxtasis y fue escritora, una gran escritora.

EL PAPA A ROMA

Decide el traslado del Papa de Aviñón a Roma. Escribió bellos himnos, que ella misma cantaba en sus viajes con voz tan límpida, que de­jaba a todos maravillados; escribió sus cartas a sus discípulos, Y sus cartas a los grandes de la tierra, y escribió, sobre todo, el libro del Diálogo, mensaje inflamado a todos los hom­bres de buena voluntad, dictado en una tempestad de pasión por el honor del Esposo, enriquecido con un caudal prodigioso de experiencias terrenas y celestes, iluminado con todas las claridades de una vibrante poesía. Juglar de Díos, como Fran­cisco de Asís, Catalina poseía en alto grado el don esencial del poeta: el de crear la imagen perfecta. Sus comparaciones se han hecho clásicas. A veces son humorísticas, como cuando llama al breviario la esposa del sacerdote, porque acostumbra a pasearse con él bajo el brazo. Las tentaciones son como las moscas, que no se acercan a la olla hirviendo; la virtud se ma­lea en medio del mundo, como la flor pierde su perfume si está mucho tiempo en el agua; la cruz es el bastón de nuestra pe­regrinación; junto al castillo del alma ladra el perro de la conciencia, un perro que bebe sangre y come fuego: la sangre de Cristo y el fuego del Espíritu Santo.

LA FUNCION DE LA IMAGEN

La imagen, para esta santa poetisa, no era más que un vestido del pensamiento, un vestido luminoso y sutil para cubrir un pensamiento grave, pro­fundo y delicado, del mismo modo que este mundo sólo tiene valor como una preparación de otro mundo mejor. Para ella, la vida presente, en sí misma considerada, "es sólo tinieblas y amargura, hediondez e inmundicia, prisión asquerosa y som­bría. Todo desaparecerá-nos dice-, y ¿qué os quedará luego sino un puñado de hojas secas?" Aquella tenue sonrisa que, según sus biógrafos, se dibujaba constantemente en sus labios, debía de estar llena de compasión y de melancolía.

Catalina, naturaleza enérgica, más dominante, menos dulce que Francisco de Asís, tiene, al dejar este mundo, unos momentos sombríos.

SU MUERTE

No muere cantando como el Poverello. Es en Roma, en la Via di Papa. Apenas ha cumplido treinta y tres años; yace sobre unas tablas luchando con la muerte. Y con el diablo. Los seguidores la rodean y uno de ellos nos dice: "Poco después de recibir la Extremaunción, cambió de aspecto y empezó a mover la cabeza y los brazos, como si sufriese violentos ataques de los espíritus infernales. El combate se prolongó por espacio de media hora. Luego empezó a exclamar: "Pecavi, Domine, miserere mei" Repitiólo sesen­ta veces, y a cada vez levantaba el brazo y lo dejaba caer pesadamente sobre su lecho. Luego se metamorfoseó completa­mente; su rostro, antes ensombrecido, volvió a ser como el de un ángel; los ojos, hasta entonces empañados de lágrimas. Adquirieron tan gozoso resplandor, que nos fue imposible du­dar de que sublimándose a la superficie de un océano sin fondo, había sido devuelta a sí misma; y esto dulcificó nuestro pesar, puesto que nosotros, sus hijos e hijas, que la rodeábamos, estábamos profundamente abatidos."

JESUS MARTI BALLESTER

 

 

Jesús Marti Ballester

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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