SANTA MARTA

Autor: Jesús Marti Ballester

 

Como Santiago evangelizó España, Santa Marta evangelizó Francia. Si quisiéramos conocer la historia de las Diócesis consultando sólo documentos oficiales y rebuscando archivos notariales, sabríamos muy poca cosa, porque la vida no fluye sólo por las arterias sino también por los capilares y la vida diaria es la que fragua la historia, aunque éste no lleve marchamo oficial y canónico. Hay que contar pues con la tradición e incluso con la leyenda, que siempre lleva una veta de realidad, teniendo criterio para discerrnir las épocas y los estilos y los lugares. Poco sabríamos de España y de Francia, de su política y de su religión e historia si nos quedáramos con los escuetos datos canónicos. Hemos de acudir a la tradición que nos relata que una barca miserable sin remos y sin velas lu­chaba con las furias del mar, navegando desde las costas de Palestina has­ta la desembocadura del Ródano. Marta con un grupito de discípulos de Jesús, que oye­ron su voz junto al lago de Tiberíades, esperan la muerte; las mujeres lloran, los hombres rezan. Marcial, el joven que sir­vió el vino y el pez en la última cena y Saturnino, rezan en la proa; el anciano Trófimo envuelto en su capa tiene a sus pies al obispo Maximino. Lázaro, escucha los rugidos del abismo. Mag­dalena, continúa en su llanto doloroso, y Marta, se mueve como siempre, llevando de un lado para otro el optimismo y la confianza. El Espíritu de Dios les conduce, y la frágil nave llega a una playa sin peñascos. Desspués de los terrores de la tempestad, se arrodillan sobre la arena; levantan las manos al cielo, rezan, cantan y hacen resonar por vez primera el nombre de Cristo en las tierras provenzales. Era la primera misión comunitaria, un anticipo de la misión familiar practicada hoy por los grupos neocatecumenales.

Los extraños tripulantes se dan un abrazo, y se distribuyen para esparcir la semilla del evangelio en su nueva patria. Marcial llega a Limoges donde será su primer obispo; Saturnino lo será de Tolosa,Trófimo irá a Arlés, y Lázaro a Marsella.

A Marta le pregunta el poeta, ¿adónde vas, oh dulce virgen?. Con una cruz y con un hisopo Marta, radiante de serenidad, se encamina intrépida al encuentro de la Tarasca; los infieles, no pudiendo creer en su libertad, se suben a los pinos para para ver aquel combate insigne. ¡Saltó la Tarasca, el monstruo sobresaltado en su modorra, hostigado en su cubil, desde el que esclavizaba a Francia, llamada Tarascón, y que nos recuerda el canto pascual de la Tarara. En vano se retorcía, rociado con el agua santa; en vano gruñía, silbaba y bufaba; Marta le encadena con una atadura de mimbres tiernos, y le arrastra a pesar de sus resoplidos. El pueblo corre a adorarla. "¿Quién eres?” -decian-. Eres la cazadora Diana? ¿Eres Minerva la fuerte: - '"No, no, respondía la doncella- soy la esclava de mi Dios." Y los tarasconenses creyeron, doblaron la rodilla ante el Dios a quien  Marta había hospedado en su casa. Con su palabra de virgen hirió la roca de Aviñón, y la fe empezó a brotar con abundancia caudalosa.

Después allá lejos, junto al mar, entre los acantilados de Marsella, una mujer ora en el fondo de una gru­ta. Sus rodillas se lastiman en la aspereza de la roca, sin más vestido que su cabellera y oye la divina promesa: "Tu fe te ha salvado."

Así completaron la historia los gustos legendarios de Edad Media; pero ni el Evangelio, ni los viejos relatos de la extensión del cristianismo a través del Imperio romano, se acuerdan de la barca milagrosa que arribó a las playas de Occidente lle­vando a los discípulos de Jesús. El nombre de Magdalena se pierde a nuestras miradas; el de Marta en el salón del festín con que Simón el leproso agasajó al Maestro de Nazareth unos días antes de la Pascua. La vemos en­trar y salir, unas veces llevando el pan en bandeja de plata; otras colocando en cada mesa las jarras de los vinos espumosos. Lo vigila todo, está en todo. Es siempre la mujer solícita, hacendosa, llena de energía y de actividad. El día de la resurrección de Lázaro se precipita fuera de casa en cuanto sabe que el Rabbí se acerca a Betania. Su fe es ciega, aunque acaso menos inteligente que la de su hermana. "Resucitará tu hermano", le dice Jesús. "Si - responde ella -; ya sé que resucitará en el último día.

Había comprendido mal la promesa del Señor, considerándola como una de tantas fórmulas de consuelo. Jesús insistió con esta verdad maravillosa, que cayó en la tierra como un germen de alegria y de esperanza: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque hubiere muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mi, no morirá para siempre." Entonces Marta, en medio de las tinieblas de su llanto, encontró una fórmula espléndida de fe, como la de Pedro junto a Cesarea de Filipo: "Se­ñor, yo creo que Tú erés el Cristo, el Hijo de Dios vivo que ha venido a este mundo."

Aquella fe ardiente ponía alas en el alma y en los pies de esta mujer casera y ajetreada. Nos la figuramos menuda y graciosa, midiendo las palabras, apa­reciendo con su túnica ondulante en el comedor y en el jardín, en la cocina y en la puerta de la casa; observándolo todo, poniendo la limosna en las manos del pobre, y recibiendo al peregrino con noble sonrisa de bondad.

Si el peregrino es Jesús, ella no descansa, ni duerme, ni para un momento. La casa de Lázaro estaba siempre abierta para Jesús y sus discípulos. Marta aguarda impaciente la llegada del Rabbí; le recibe alegre y le hospeda orgullosa. Ella quisiera que anunciase siempre su venida para tenerlo todo de una manera impecable. Pero más de una vez, los doce llegan repentinamente, escoltando al Maestro. Como ahora. Marta se ha puesto en movimiento­, con nerviosa solicitud. Corre a saludar al Señor, le trae agua para las abluciones, y toallas y perfumes; le guía al recibidor, le ofrece una silla y sale para dirigir a los de siervos y a las criadas. Hay que encender el fogón, buscar el tierno recental, preparar huevos del día, traer higos ma­duros, ordeñar la vaca, entrar en la alcoba para ver si hay bastante ropa en la cama donde va a dormir el Señor; sacar del arca la vajilla de plata, la escudilla de esmaltes y el mantel rameado que descansaba entre aromas de tomillo y romero. Marta se agita, cruza el portal afanosa y sofocada, se asoma a la puerta para ver si viene su hermano de la bodega con el vino añejo, entra en la habitación donde Jesús conversa con discípulos y todo le parece poco para mostrar su devoción, la de su hermano y la de Magdalena.

La Magdalena, entretanto permanecía silenciosa sentada a los pies de Jesús, escuchando embelesada, con el rostro escon­dido  entre las manos y mirando al Señor solamente con los ojos del alma. No se acuerda de que es necesario preparar la cena; el bullicioso ajetreo de su hermana llega casi a molestarla. Escucha, contempla y adora. Todo es paz en su interior; nada turba su alma.

Quedéme y olvidéme,

Mi rostro recliné sobre el Amado,

Cesó todo y quedéme

Dejando mi cuidado

Entre las azucenas olvidado”.

 De pronto, Marta aparece sudorosa en el umbral. Aquella actitud de María acaba por enojarla un poco. Siempre va a ser la mimada, la preferida; ella, que arrastró Ir las calles el nombre de la familia, que nos hizo sufrir y llorar tanto. Y ahora se queda allí tan tranquila gozando de la presencia del Maestro, mientras los demás trabajan y se fatigan. "¿No os parece mal, Señor -dice con acento amargo que mi hermana me deje sola en estas tareas del servicio? Decidle que me ayude." Jesús respondió: "Marta, Marta, estás inquieta y te agitas en demasiadas cosas, Y, sin embargo,  sólo hay una cosa necesaria. María ha escogido la mejor parte que nadie le arrebatará."

Marta comprendió. El Maestro no censuraba su ingenua ac­tividad, sino el derramamiento de su alma en los negocios exteriores. Inclinada, por temperamento, a la acción, será siempre en la Iglesia el tipo de los espíritus abrasados por el hambre de las obras; de los luchadores, de los destinados a los afanes de la vida activa. Pero desde aquel día supo poner en sus cuidados terrenos algo más dulce, más sereno, más profundo; en cualquiera de sus actos podía verse la perenne donación del alma. Todo para ella se había transformado en una oración, hasta el servicio más humilde de la vida cotidiana.

Santa Marta, es la mujer hacendosa, siempre ocupada con los quehaceres domésticos en su casa de Betania, mientras María escuchaba a Jesús (Lc 10, 38) o le ungía los pies (Jn 12, 1 A su muerte la enterraron en Tarascón, cerca de San Front de Périgueux. Es venerada en Provenza (Aix-en-Provence y Tarascón) e incluso en la Toscana. De acuerdo con la Leyenda Áurea, viste con túnica y manto o con hábito, porque se dice que llevó una vida monacal, una idea reforzada por el salterio, alusivo a su vida ascética, como se contempla en el retablo de San Bartolomé, de la Prioral de Santa María.

MARTA Y MARIA

 

Betania feliz,

Marta hacendosa,

dejadme entrar.

Dejadme, sí.

 

Ideal de Marta,

ajetreo de Marta,

pies doloridos,

manos cargadas,

duras del trabajo.

Marta entra, sale,

pasa dos, tres, más veces,

¡hay tantas cosas que hacer!

¡Oh el ama de casa!

¡Oh la previsión!, ¡el ahorro!

el jornal que no alcanza.

La sopa que se quema,

el mantel, el vino, el pan,

el agua, las manzanas.

los higos dulcísimos.

Las uvas turgentes.

Los dátiles, el frescor de la tarde... ¡Oh Marta, oh Marta!

Betania feliz:

 

María enamorada

Dejadme. ¡ Sí!

 

Ideal de María:

Mirar enamorada.

Escuchar silenciosa.

Callar.

Callar, pensar, amar.

María. Dolor de lo pasado,

entrega de lo presente,

olvido de la inquietud

y estarse amando al Amado.

 

Ideal de Jesús:

No te ahogues, Marta,

cumple tus tareas

con fina pureza.

Trabaja, anda, gobierna, limpia

y, entretanto, Marta, sé María

amando a chorros

cuando llenas de fresca agua

tus jarras de barro.

 

Marta y María en una pieza.

El corazón ama que ama.

Las manos friega que friega.

 

Marta, escucha a María,

María, empuja a Marta.

Nunca llenaréis al borde

vuestra doble y única tarea.

 

JESUS MARTI BALLESTER

www.jmarti.ciberia.es

jmarti@ciberia.es

 

 

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

p.s.donoso@vtr.net

29 de Julio 2005