DOMINGO DE GUZMÁN

Autor: JESUS MARTI BALLESTER

 

NIÑEZ Y ADOLESCENCIA

Nació en Caleruega (Burgos) en 1171. Su padre, Félix de Guzmán, era noble acompañante del Rey. Su madre era la Beata Juana de Aza, que cuando vio a su hijo en los brazos rebosaba alegría y ternura contemplando al niño, de tamaño mediano, piel suave y ojos bellos. Mirando con emoción al niño, recuerda un extraño y misterioso sueño. Meses atrás soñó que llevaba en sus entrañas un cachorrito blanco y negro que sujetaba en la boca una antorcha encendida.

Juana de Aza no podía saber entonces que su hijo sería el primer dominico vestido de blanco y negro. Los cachorros defienden las casas con sus ladridos y con los dientes si es necesario. Domingo, que ahora es un bebé feliz en los brazos de mamá, defenderá a la iglesia con la antorcha luminosa de su palabra.

A los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. A los catorce años fue enviado al Estudio General de Palencia, el más famoso del Norte de España, y en el que estudiaban todas las ciencias humanas y teología. Domingo se entregó de lleno al estudio de la teología. Una gran hambre sobrevino a toda aquella región de Palencia. Domingo no comprendía como a él no le faltaba nada y estuviese rodeado de valiosos códices y libros, mientras otros carecían de lo indispensable para vivir. Y entregó todo su ajuar a los pobres. Oía constantemente: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Un día llegó a su presencia una mujer llorando y diciendo: «Mi hermano ha caído prisionero de los moros». Domingo decide venderse como esclavo para rescatar al desgraciado. Este acto conmovió a Palencia; el Obispo de Osma, don Martín Bazán, que andaba buscando hombres notables para el Cabildo, le ofreció una canonjía, cuando Domingo tenía 24 años. Poco después, fue ordenado sacerdote. Hacia los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. Y hacia los catorce fue enviado al Estudio General de Palencia, el primero y más famoso de toda esa parte de España, y en el que se estudiaban artes liberales, es decir, todas las ciencias humanas, y sagrada teología. A esta última se dedicó Domingo con tanto ardor que aun las noches las pasaba en la oración y el estudio, sobre todo de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres. Sobre estos textos sagrados iba él organizando en sus cuadernos una síntesis ordenada de toda la doctrina teológica.

ESTUDIO Y ORACION

Vivía solo, con su pequeño mobiliario y sus libros. Y así podía distribuir mejor su tiempo en el día y en la noche. Para mayor mortificación suprimió el vino, que en su casa tomaba. Suprimir el sueño para estudiar no era para él mortificación, sino gozo, pues la doctrina cristiana le embelesaba. Por eso su estudio tenía tanto de oración y de meditación como de estudio propiamente dicho. Tenía fama de vivir tan recogido, que más bien parecía un viejo que un joven de dieciocho o veinte años. Su vida anterior le había preparado para ello, tanto en su propia casa como en la de su tío el arcipreste.

TIEMPO DE GUERRAS

Por aquellos tiempos de guerras casi continuas con los moros y entre los mismos príncipes cristianos, con arrasamientos de campos, de pueblos y ciudades, con dificultades enormes para traer de fuera lo que en un pueblo o en una región faltaba, eran, como no podía por menos de suceder, frecuentes las hambres, y en ciertos momentos espantosas. Por toda la región de Palencia se extendió una de esas hambres terribles que llevaban a la muerte muchas gentes. Domingo convirtió su cuarto en una Limosna, como entonces se decía, o sea en un lugar donde se daba todo lo que había y todo lo que se podía alcanzar. Y, claro está, en esa su habitación no quedaron bien pronto más que las paredes.

VENDE LOS LIBROS

Los libros en que Santo Domingo estudiaba, eran su más preciado tesoro. Tan preciado, que de ellos podía depender su porvenir. No había entonces librerías para comprarlos; había que copiarlos o hacerlos copiar; y de estas dos clases eran los libros de Domingo. Pero, además, esos libros suyos estaban llenos de anotaciones y resúmenes dictados por él mismo. Labor, como se ve, de dinero y de trabajo, nada fácil de realizar. ¡Y cómo duele desprenderse de un manuscrito propio –al que se tiene más cariño que a un hijo – para nunca más volverlo a ver!...

EL TAMBIEN SE VENDE

Pues cuando a estos libros de Domingo les llegó su vez, ahí está ese tesoro suyo del alma para venderse también. ¿Que el corazón se le desgarra al venderlos? «Pero, ¿cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?» Así respondió Domingo a los que les reprochaban aquella venta. Y bien vale la exclamación por toda una epopeya. Pero hay todavía más: Domingo vendió cuanto tenía. Pero, ¿y las palabras del Señor: «Amaos como Yo os he amado?» ¿Y no quiso el mismo Cristo ser vendido por nosotros y para nuestro bien? Llega un día una mujer llorando amargamente: «Mi hermano ha caído prisionero de los moros». A Domingo no le queda ya nada que dar sino a sí mismo. Pues bien; ahí está él; irá a venderse como esclavo para rescatar al desgraciado por el cual se le rogaba.

PALENCIA CONMOVIDA

Estos conmovió a Palencia; y entre estudiantes y profesores se produjo tal movimiento de piedad y caridad que se hizo innecesario vender libros ni vender personas, sino que de las arcas, salió en seguida dinero suficiente para todo. Y hasta salieron de aquí algunos que, al fundar Domingo su Orden, le siguieron, consagrándose a Dios hasta la muerte. Y no sólo por Palencia corrió la voz sino por todo el reino de Castilla, dando lugar a que el obispo de Osma, don Martín Bazán, que andaba buscando hombres notables para su Cabildo, rogó a Domingo que aceptase en su catedral una canonjía.

CANONIGO DE OSMA

La aceptación de esta canonjía suponía para Domingo un paso decisivo hacia el ideal de vida apostólica con que soñaba. Los Cabildos regulares de San Agustín, fundados durante el último siglo con espíritu religioso y ansias de perfección, con vida común y pobreza personal, eran comunidades religiosas, aunque en los últimos tiempos habían decaído mucho. El obispo de Osma, en cosa de seis años, tuvo que sustituir a nueve de sus doce canónigos por inobservantes. Por eso buscaba santos, como el joven Domingo, para sustituirlos. Y fue tan honda la reforma de este Cabildo, que perseveró en su vida de perfección hasta fines del siglo XV, en que todos los Cabildos de España se habían ya secularizado. Tenía Domingo veinticuatro años cuando aceptó esa canonjía. Y poco después, al cumplir la edad canónica de veinticinco, fue ordenado sacerdote.

SU HUMILDAD

Desde el primer momento el canónigo Domingo comenzó a brillar por su santidad y ser modelo de todas las virtudes; el último siempre en reclamar honores, que aborrecía, y el primero para cuanto significaba humillaciones y trabajos. Su virtud atraía. Y, como de él se dijo en su vida de apostolado, nadie se acercaba a él que no se sintiese dulce y suavemente atraído hacia la virtud. Era entonces prior del Cabildo don Diego de Acevedo, sucesor del obispo don Martín a su muerte. A Domingo le eligieron sub-prior sus compañeros cuando le hicieron canónigo. En 1199 aparece también como sacristán del Cabildo, o, director del culto de la catedral. Estos dos cargos obligaron a Domingo a darse más de lleno al apostolado y ser modelo de perfección en todo.

VIDA MAS ACTIVA QUE CONTEMPLATIVA

A diferencia de los antiguos monjes, que alternaban la oración con el trabajo manual, los canónigos regulares debían dedicarse más de lleno que a la vida contemplativa, al culto divino y a los sagrados ministerios; que para ellos eran especialmente dedicados. Domingo, pues, como sub-prior del Cabildo y como sacristán, tendría a su cargo la enseñanza de la religión, en la catedral y en otras iglesias que del Cabildo dependían; bautizar, confesar, dar la comunión, dirigir el culto, etc., todo ello junto con una vida de apartamiento del mundo y de pobreza voluntaria, teniéndolo todo en común a imitación de los apóstoles.

A DINAMARCA. LOS ALBIGENSES

Surgió en el siglo XII en el mediodía francés, la herejía albigense, perniciosa y pertinaz, que ni el clero local ni los monjes cistercienses lograron desarraigar. El Rey Alfonso VIII había encargado al Obispo de Osma, en 1203, la misión de dirigirse a Dinamarca a pedir la mano de una dama para su hijo Fernando. El Obispo acepta y como compañero de viaje lleva a Domingo. Al pasar por Francia, Flandes, Renania e Inglaterra, Domingo quedo profundamente dolorido al contemplar las herejías. Los cátaros, los valdenses, y otras herejías, procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo e incluso tenían Obispos propios. Negaban todos los dogmas, la unicidad de Dios, la Redención, los Sacramentos, existen dos dioses, uno del bien y otro del mal. El bueno creó todo lo espiritual. El malo, todo lo material, por eso, todo lo material es malo. El cuerpo es material; luego es malo. Jesús tuvo un cuerpo, luego no es Dios. Negaban los sacramentos y la maternidad de María. Rechazaban al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. Durante años los Papas enviaron sacerdotes celosos de la fe, que trataron de convertirlos, pero sin mucho éxito, porque habían factores políticos envueltos.

NACE UN APÓSTOL DE LA PALABRA

En 1207, empieza una nueva etapa en la vida de Domingo. Con algunos compañeros, y con su propio Obispo, se entrega a la vida apostólica, vive de limosna, renuncia a toda comodidad, camina a pie y descalzo, sin casa y sin más ropa que la puesta, y comprendiendo la necesidad de instruir a aquellas gentes incultas, determinó que su Orden fuera una Orden de predicadores, dispuestos a recorrer pueblos y ciudades para llevar a todos la luz del Evangelio. Les procura una buena formación teológica. Más tarde, uno de sus discípulos en la Orden sería la lumbrera más grande de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino. Santo Domingo fue un gran amigo de San Francisco de Asís, a quien visito y abrazó efusivamente. A la Orden de predicadores le cabe la gloria de haber difundido intensa y extensamente la devoción del Rosari

“DOMINGO, SIEMBRAS MUCHO Y RIEGAS POCO”.

Una noche en Fangeaux, tiene una revelación respaldada por numerosos documentos pontificios. Estando en su convento de Prouille, en la capilla, le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues no estaba logrando casi nada. La Virgen se le apareció en la capilla, con un rosario en su mano un rosario y le enseñó a rezarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían. Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Lo predicó, y con gran éxito por que muchos albigenses volvieron a la fe. Como la situación entre albigenses y cristianos estaba vinculada con la política, estalló la guerra. Simón de Montfort, jefe del ejército cristiano, le pidió que enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron antes de su batalla en Muret, y se atribuyó su victoria al rosario. Agotado de tanto predicar, le dijo la Virgen: «Domingo, siembras mucho y riegas poco». Esta experiencia de María, le persuadió a orar más. El 21 de enero de 1217, el Papa Honorio III aprobó la obra de Domingo, la Orden de los Dominicos. Al haberse extendido la herejía de los cátaros y albigenses por Italia. El Papa Honorio III quiso dar una gran misión, y encomendó la dirección a Domingo. Así comenzó a propagar el rezo del Rosario.

LOS ESTRAGOS DE LA HEREJÍA

Vueltos Acevedo y Domingo a Provenza, y conociendo más y más los estragos de la herejía, que todo lo iba dominando, pues se servía de toda clase de armas, la calumnia, el incendio, el asesinato..., decidieron quedarse allí. La lucha entre herejes y católicos era sumamente desigual. Pues, además de que los herejes no reparaban en medios, tenían bandas de predicadores que iban por todas partes propagando su doctrina. Por parte de los católicos, en cambio, sólo podían predicar los obispos o algunos delegados suyos; y algunos, delegados del Papa, pero siempre, con misiones muy concretas de tiempos y lugares. Los albigenses alardeaban de practicar a la perfección la moral evangélica y acusaban a la Iglesia de no practicar lo que enseñaba. Para esto se fijaban en la forma de presentarse los legados pontificios, que solían venir con grande pompa y boato, por creer que lo contrario hacía desmerecer su autoridad.

En el seno de la Iglesia hacía un siglo que se venían haciendo reformas en Cabildos catedrales, y en Órdenes religiosas, como la de Cluny, la del Císter y otras. Pero estas reformas no siempre lograban mantenerse en el primer fervor y con frecuencia fracasaban por completo, a poco de haberse iniciado.

ESTAR EN CONTACTO CON EL PUEBLO

Además, estas comunidades, vivían separadas del pueblo, mientras que los herejes vivían insertos en él. Además, al pueblo suelen preocuparle menos los dogmas que la moral, y cree siempre más en las obras que en las palabras. Cuando el obispo de Osma y el sub-prior llegaron a darse cuenta de la situación, comenzaron a advertir al Papa. Entre aquella inmensa corrupción, que lo inundaba todo, comenzaban a sentirse por doquier ansias de verdadera vida evangélica, y se hacía cada vez más claro que para conquistar al mundo, tan extraviado y corrompido, había que volver al modo de predicar y de vivir que los mismos apóstoles practicaron.

En la primavera de 1207 hubo un encuentro en Montpellier entre algunos legados cistercienses del Papa, por una parte, y el obispo de Osma y Domingo, por otra, sobre el sistema a seguir en la lucha contra los herejes. El de Osma renunció a todo su boato episcopal para abrazar con Domingo la vida estrictamente apostólica, viviendo de limosnas, que diariamente mendigaban, renunciando a toda comodidad, caminando a pie y descalzos, sin casa ni habitación propia en la que retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta, etc. Domingo por ese tiempo ya no quería que le llamasen sub-prior ni canónigo, sino tan sólo fray Domingo, y su obispo se había adaptado también perfectamente a esta pobreza de vida.

MEJORA LA  LUCHA CON LOS HEREJES

La lucha contra los herejes fue cambiando más y más a favor de los católicos. Los misioneros papales aumentaron notablemente en cantidad y calidad, llevando una vida enteramente apostólica y repartiéndose por toda la región. Domingo se quedó en Prulla, cerca de Fangeaux, con buenas comunicaciones. Era ya predicador pontificio y delegado del Papa. Al jefe de la misión, que era Domingo, se le llamaba magíster praedicationis. Domingo reunió en Prulla un grupo de damas convertidas de la herejía, a las que fue dando algunas normas y reglas de vida, que se convirtieron en constituciones religiosas, calcadas sobre las de los dominicos. Y habiéndose ido a sus abadías los abades cistercienses que formaban el grupo principal de la misión; y a Osma don Diego de Acevedo para volver a Francia, habiendo sido asesinado el principal legado del Papa y director de aquella gran misión, las cosas cambiaron, y Domingo, cuando más ayudas necesitaba, se quedó solo. El asesinato de Pedro de Castelnau se atribuyó al conde de Tolosa, que fue excomulgado, el Papa exoneró a sus súbditos de la obediencia debida y promovió contra él una cruzada, capitaneada por Simón de Montfort, que marca uno de los períodos más sangrientos de toda esta época.

Domingo no era partidario de estos procedimientos; no aceptaba otras armas que los ejemplos, la predicación y la doctrina; por lo cual, cuando toda aquella región era el escenario de una guerra de las más sangrientas, él se recluyó en Prulla, para sostener allí, cuando menos, un grupito de compañeros, que ya tenía, y otro grupo mayor de mujeres convertidas, base del convento de monjas. En 1212 quisieron hacerle obispo de Cominges; pero él rehusó humildemente, alegando que no podía abandonar la formación de esta doble comunidad.

PREDICA EN CARCASONA

En 1213, Domingo predica la Cuaresma en Carcasona. En esta ciudad, emporio de la herejía, peligraba hasta la vida de los predicadores; se les escupía, se les tiraba piedras y barro, se les insultaba y calumniaba. El obispo le nombró vicario. Al año siguiente le nombró capellán suyo, es decir párroco de Fangeaux  En 1215 el arzobispo Auch, quiso hacerle obispo de Conserans, diócesis sufragánea suya. Domingo vuelve a resistirse con tenacidad.

EL ROSARIO

Estando en Fangeaux una noche en oración, parece haber tenido una revelación especial, de la cual, como es natural, no queda documento fehaciente; queda solamente un monumentito del tiempo posterior llamado Seignadou. Y allí parece haber tenido el Santo cierta visión que le impresionó grandemente. ¿La revelación del rosario? Los santos nunca suelen sacar al público estos secretos. Entrar con más detalles en esto de la fundación del rosario no es fácil. La tradición unánime hasta tiempos muy recientes, avalada por gran multitud de documentos pontificios y con multitud de argumentos de toda clase, a Santo Domingo atribuye la fundación del rosario.

POBREZA AL SALIR A PREDICAR DE DOS EN DOS

Desde 1214 vuelve Domingo a su predicación y apostolado. Los testigos del proceso de su canonización nos ofrecen datos. Nunca iba solo, sino con un compañero, pues Jesucristo enviaba a sus discípulos a predicar de dos en dos. Solía llevar consigo un bastón. Uno de estos bastones se conserva todavía en Bolonia. Ninguna clase de equipaje ni bolsillos ni alforjas, sino tan sólo, en la única túnica remendada y pobrísima una especie de repliegue sobre el cinturón, en el que llevaba el Evangelio de San Mateo, las Epístolas de San Pablo y una navajita sin punta, para cortar el pan duro que le daban. Iba ceñido con una correa, como los canónigos de San Agustín a que pertenecía.

Caminaba siempre descalzo. Lo cual dio lugar a que un hereje le guió por los sitios más malos, llenos de piedras y espinos, de modo que al poco rato Domingo y su compañero llevaban los pies deshechos y ensangrentados. Domingo entonces comenzó a dar gracias a Dios y al guía, porque con aquel sacrificio, decía, era bien seguro que su predicación produciría gran fruto. Y hasta el mismo guía se convirtió.

MISION POLITICA

El rey Alfonso VIII había encargado al obispo de Osma, don Diego de Acevedo, en 1203, dirigirse a Dinamarca a pedir para su hijo Fernando, de trece años, la mano de una dama noble. El obispo aceptó. Y por compañero de viaje escogió a Domingo, dirigiéndose con él por Zaragoza a Tolosa de Francia. Pero allí observaron que toda esta región, y aun, al parecer, toda Francia, Flandes, Renania, y hasta Inglaterra y Lombardía, estaban grandemente infectadas de perniciosas herejías. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyón, y otras herejías procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo. Tenían hasta obispos propios. Y hasta llegaron a celebrar un concilio, presidido por un tal Nicetas, que se decía papa, venido de Constantinopla. Los poderes civiles, en general, de manera más o menos solapada, les favorecían. Su aspecto exterior era de lo más austero: vestían de negro, practicaban la continencia absoluta y se abstenían de carnes y lacticinios. Negaban todos los dogmas católicos, la unicidad de Dios, la redención por la cruz de Cristo, los sacramentos, etc., etc. Con la afirmación de dos dioses, uno bueno y otro malo, su religión venía a ser solamente una actitud pesimista frente a la vida, de la cual había que librarse por esa austeridad y mortificaciones con las que deslumbraban a las muchedumbres.

Desde San Bernardo, sobre todo, se venía luchando contra ellos sin conseguir apenas resultado alguno. En esta zona de Francia se les llamaba albigenses, por tener en la ciudad de Albi uno de sus centros principales. La primera noche en Tolosa tuvo Domingo ocasión de encontrarse cara a cara con uno de ellos, su propio huésped. Le pidió razón de sus errores, y el hereje se defendió como pudo. Y así la noche entera. Hasta que, al fin, el hereje, profundamente impresionado por el amor y la ternura con que le hablaba Domingo, reconoció sus propios errores y abandonó la herejía. A la mañana siguiente Acevedo y Domingo continuaron su viaje a Dinamarca, donde cumplieron bien su misión, aunque el matrimonio, concertado así por poder o por procurador, no llegó jamás a consumarse, a pesar de un segundo viaje hecho en 1205 por los mismos dos embajadores. Los cuales habían descubierto al norte de Europa un mundo no ya de herejes, sino de paganos, con muchas mayores dificultades para su evangelización, mundo que ya no se borrará jamás de su alma.

SIEMPRE HABLANDO CON DIOS O DE DIOS

En los caminos iba siempre hablando de Dios y predicando a los compañeros de viaje. Y cuando no comenzaba a cantar himnos y cánticos religiosos. Cuando el concilio de Montpellier, prohibió a los predicadores católicos ir descalzos, Santo Domingo llevaba sus zapatos al hombro y se los ponía al entrar en pueblos y ciudades. Ninguna defensa llevaba en sus viajes contra el sol, aun en lo más ardiente del verano, ni contra la lluvia o la nieve. Y cuando llegaba a un pueblo con su túnica de lana empapadísima y le invitaban a que, se acercase al fuego para secarse, él se disculpaba amablemente yéndose a rezar a la iglesia. Como consecuencia solía estar lleno de dolores, en los que se gozaba. Sus mortificaciones eran continuas e inexorables. Su camisa estaba tejida con crines de cola de buey o de caballo. Por debajo de ella tenía otros cilicios de hierro y, fuertemente ceñida a la cintura, una cadena, que no se quitó hasta su muerte. Con cadenillas de hierro también se disciplinaba todas las noches varias veces. No tuvo lecho jamás, y, cuando en sus viajes se lo ponían, lo dejaba siempre intacto, durmiendo en el suelo y sin utilizar siquiera una manta para cubrirse, aun en tiempos de mucho frío. En los conventos ni celda siquiera tenía, pasando la noche en la iglesia en oración. Para morir tuvieron que llevarle a una celda prestada. Parcísimo en el comer, ayunaba en las cuaresmas a pan y agua.

Jamás tuvo miedo a las amenazas que los herejes le dirigían. Un día unos sicarios, comprados por los herejes, le esperaban para matarle. Mas aquel día no pasó por allí el siervo de Dios. Y, habiéndole encontrado tiempo más tarde, le dijeron que qué hubiera hecho de haber caído en sus manos, a lo que les respondió: «Os hubiera rogado que no me mataseis de un solo golpe, sino poco a poco, para que fuese más largo mi martirio; que fuerais cortando en pedacitos mi cuerpo y que luego me dejaseis morir lentamente, hasta desangrarme del todo». ¡Qué grandeza! ¡Qué amor a la cruz y al que en ella quiso por nosotros morir!

DOS SEGUIDORES

Dos importantes caballeros de Tolosa se le ofrecieron para seguirle, no como los demás discípulos que le acompañaban, sino incorporándose plenamente con él. Uno de ellos, Pedro Seila, iba a heredar de su padre tres casas en la ciudad de Tolosa, y de aquí salió la primera fundación de dominicos, pues antes del año estaban las tres llenas de gente. El obispo, al aprobarles la fundación, había declarado a Domingo y a sus compañeros vicarios suyos en orden a la predicación, y en esto en forma permanente y sin especial nombramiento, cosa hasta entonces completamente desconocida en la historia de la Iglesia. Cuando sea el Papa el que tome una determinación parecida, la Orden de Predicadores quedará fundada. Los compañeros de Domingo eran todos clérigos y vestían, como él, túnica blanca, como los canónigos de San Agustín. Y Domingo se preocupó inmediatamente de buscarles un doctor en teología que les diera clase diaria, a fin de prepararles para la predicación. Primero doctores y luego predicadores.

APROBACION DE LA ORDEN POR EL PAPA

El Papa quería y veneraba mucho a Domingo, y cuanto más le iba tratando más le veneraba y le quería. Y, después de algunas vacilaciones y muchas consultas, dio su bula de 21 de enero de 1217, concediéndole a Domingo la confirmación de su Orden. Estando Domingo en Roma, se le aparecieron una noche en oración los apóstoles San Pedro y San Pablo y, entregándole un báculo y un libro, le dijeron ambos a la vez: «Ve y predica».

Confirmada la Orden, volvió Domingo a Francia, y el 15 de agosto de 1217 reunió a sus dieciséis discípulos en Tolosa, para dispersarles por el mundo contra la opinión de casi todos, incluso de algunos obispos amigos. De estos dieciséis dominicos envió siete a París, dándoles por superior al único doctor con que contaba, fray Mateo de Francia, y poniendo, entre ellos dos con fama de contemplativos, uno de éstos su hermano. A España envió cuatro. Tres los dejó en Tolosa, y los otros dos se quedaron en Prulla, donde, además de las monjas, habían comenzado a congregarse un grupito de discípulos. Poco tiempo más tarde envió también religiosos a Bolonia, al lado de la otra universidad de fama mundial que entonces brillaba.

EN PARIS MAS DE TREINTA DOMINICOS

En 1219 visitó Domingo su comunidad de París, que tenía ya más de treinta dominicos, varios de ellos con el título de doctor. De modo que, no sólo tenían derecho a enseñar, sino que podían hacerlo en su propia casa, que ya entonces estaba establecida en lo que fue después, y vuelve a ser hoy, convento de Saint Jacques. En Bolonia le sucedió una cosa parecida, pues en 1220, por la acción del Beato Reginaldo, doctor también de París, y otros varios, que por él habían ingresado en la Orden, la universidad se encontraba en las más íntimas relaciones con los dominicos. El convento de París como el de Bolonia comenzó a ser desde el principio un Colegio Mayor.

En 1220 las herejías de cátaros, albigenses, etc., se habían extendido muchísimo por Italia. El papa Honorio III, determinó organizar una gran Misión. Pero, en vez de poner al frente de ella algún cardenal, o algunos abades cistercienses, encomendó la dirección a Domingo, con facultad para declarar misioneros a sus propios hijos, y reclutar misioneros entre los mismos cistercienses, benedictinos, agustinos, etc. Domingo acabó y agotó sus fuerzas por completo. Venía padeciendo mucho de varias enfermedades, sin querer cuidarse ni de dejar de predicar un solo día muchas veces y a todas horas.

SU MUERTE

El día 28 de julio llegó a su convento de Bolonia verdaderamente deshecho y casi moribundo. Pero no quiso celda ni lecho, sino que, después de predicar a los novicios, se fue a la iglesia a pasar la noche en oración. El 1 de agosto no pudo levantarse del suelo ni tenerse en pie, y por primera vez en su vida aceptó que le pusieran un colchón de lana, en una celda, que le dejaron prestada. La intensidad de la fiebre le transpone a ratos. Otras veces toma aspecto como de estar en contemplación, y otras mueve los labios rezando, otras pide que le lean algunos libros; jamás se queja; cuando tiene alientos para ello habla de Dios, y la expresión de su rostro demacrado sigue siempre dulce y sonriente.

El 6 de agosto habla a toda la comunidad del amor de las almas, de la humildad, de la pureza, condición necesaria para producir grande fruto. Después hace confesión general con los doce padres más graves de la comunidad, que más tarde declararon no haber encontrado en él ningún pecado, sino muy leves faltas.

BAJO LOS PIES DE MIS HERMANOS

Después, dijo: «Quiero ser enterrado bajo los pies de mis hermanos». Y viéndoles a todos llorar, añadió: «No lloréis, yo os seré más útil y os alcanzaré mayores gracias después de mi muerte». Y ante una súplica del prior levantó las manos al cielo, diciendo: «Padre Santo, bien sabes que con todo mi corazón he procurado siempre hacer tu voluntad. He guardado y conservado a los que me diste. A Ti te los encomiendo: Consérvalos, guárdalos». Y volviéndose a la comunidad, preparada para rezar las preces por los agonizantes, les dijo: «Comenzad». Y, al oír: «Venid en su ayuda, santos de Dios», levantó las manos al cielo y expiró. Era el 6 de agosto de 1221, cuando no había cumplido aún cincuenta años. Ofició en sus funerales el cardenal Hugolino, legado del Papa, al que había de suceder bien pronto, y que le había de canonizar.

SU PERFIL

Una de las monjas admitida por él «De estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y ligeramente sonrosado, cabellos y barba tirando a rubios, ojos bellos. De su frente y cejas irradiaba una especie de claridad que atraía el respeto y la simpatía de todos. Se le veía siempre sonriente y alegre, a no ser cuando alguna aflicción del prójimo le impresionaba. Tenía las manos largas y bellas. Y una voz grave, bella y sonora. No estuvo nunca calvo, sino que tenía su corona de pelo bien completa, entreverada con algunos hilos blancos.»

Fue canonizado por Gregorio IX en 1234. Y sus restos descansan en la hermosa basílica del convento de Predicadores de Bolonia, en una bellísima y artística capilla.

 

JESUS MARTI BALLESTER

www.jmarti.ciberia.es

jmartib@planalfa.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

--