FESTIVIDAD DE LOS SANTOS INOCENTES DE BELÉN

28 de diciembre

Autor: Jesus Marti Ballester

 

ASESINO

Manos hábiles de esclavas, maestras en el arte, ungían la cabellera del rey. Sobre un espejo de plata, Herodes el Grande seguía atentamente el proceso de la operación, mas, al cabo de un rato, se sumió en los sombríos pensamientos que bien le conocían todos los servidores de su corte. Envueltos en los reflejos de la luz que derramaban con profusión los cirios, iban surgiendo sobre el terso metal extraños rostros, unos rostros que le perseguían día y noche, todos ellos caras de muertos que miraban al rey con la fijeza de sus apagados ojos y ciegos, cuya boca pronunciaba la misma palabra:¡Asesino! La serie de difuntos a los que Herodes había hecho envenenar, acuchillar, estrangular o quemar, era imposible abarcarla con la mirada. En el espejo de plata se asomaban caras pálidas de muertos: Hircán, el anciano príncipe de los asmoneos; Antígono, el valiente macabeo; Costóbar, cuñado del rey Aristóbulo; su madre política Alexandra; los hijos de Baba, últimos miembros supervivientes de la destronada dinastía real; Judas de Sarafe y Matías de Margalot, que arrancaron del portal del Templo la odiada y aborrecida águila romana y fueron quemados vivos; la desdichada princesa armónica, Mariana, la segunda de sus diez mujeres; sus propios hijos Alejandro, Aristóbulo y

Arquelao. Muchos eran, en fin, los rostros que espiaban al rey con sus ojos muertos, y todos pronunciaban la misma lúgubre palabra: ¡Asesino! ¡Asesino! Pero, entretanto, Herodes no dejaba de ver su propio rostro morbosamente hinchado; los rasgos dibujados por el vicio, los ojos surcados por numerosos hilillos de sangre,  la boca, cuyos labios estaban pálidos a causa del miedo y del horror.

ARREBATO DE HERODES

El rey arrojó el espejo contra el suelo y se levantó tan bruscamente que el pesado sillón cayó al suelo.

-¡Fuera! jFuera todos! -les gritaba con bronca voz a las atemorizadas esclavas: ¡Fuera! ¡No quiero ver a nadie! De un manotazo arrojó el candelabro de plata porque no podía soportar la luz, y con la planta del pie pisoteaba las velas para apagarlas. Después se arrojó al suelo apretando los puños contra sus ojos para apartar de ellos la lúgubre visión, y seguía viendo los lívidos rostros de los muertos, que le acechaban con sus apagadas pupilas y cuyas bocas lanzaban el mismo gritoAsesino!  De pronto, se sobresaltó el rey.

EL AVISO

De la oscuridad del amplio salón sonaron unos pasos que acercaban con cautela.

-¿Quién anda por ahí- exdamó: He prohibido que nadie me moleste. No quiero ver a nadie. -Soy yo, señor- -Noticias importantes, señor. Ha llegado a la ciudad una caravana procedente del pais de los partos. Son unos Magos que van siguiendo a una estrella.

-Y eso, ¿a mí qué?

-¡Señor! ¡Es que preguntan por el recién nacido rey de los judíos! - informa el espía de Herodes.

Al oírlo, el rey se incorpora de un salto, temblando de miedo y de pavor. ¡Luz! - grita con voz estentórea -. iAnda, ve por luz!

Cuando, al cabo de un rato, el espía entra en la habitación con un candelabro de velas encendidas, casi retrocede al ver el rostro del rey.

LA LOCURA

Apoyado en un sitial estaba Herodes tiritando. Su rostro tenía la palidez de la ceniza; el cabello, de color rojo, le caía en. enmarañadas greñas sobre la frente, bañada en un mar de sudor; mientras en sus ojos, inyectados de sangre, se leía el miedo. Por un instante el confidente creyó reconocer en la mirada del monarca evidentes síntomas de locura.

La respiración de Herodes era sumamente fatigosa. Largo tiempo tardó hasta exclamar con voz entrecortada:

EL CONSEJO SUPREMO

-¡Que venga a reunirse conmigo el Consejo Supremo! ¡En seguida! ¡Soy yo quien lo ordena! Hizo entrar entonces de nuevo a las esclavas para acabar su tocado a toda prisa. Se estaba preparando para una bacanal. Una hora después supo Herodes que el Rey de los judíos, que no podía ser otro más que el detestado Mesías, debía haber nacido en Belén.

LLAMA A LOS MAGOS

Al día siguiente hizo llamar a los Magos a su presencia. Cierto es que sus profundas ojeras eran testimonio de una noche pasada en vela, cierto que sus manos temblaban, pero, por lo demás, aparecía el rey impuesto de toda su dignidad y de todo su propio dominio. Se  dio a conocer muy amablemente, complaciendo los deseos de los sabios y comunicándoles que al Rey tanto tiempo esperado se le tenía que buscar en Belén. Y les añadió, afectando una humildad bien representada, con un devoto énfasis en los ojos: -Buscad celosamente al Niño, y cuando le hubiereis hallado me lo anunciáis para que yo también pueda ir a prestarle mi homenaje.

Hondamente conmovidos por la amabilidad y por el piadoso sentimiento de Herodes partieron los tres sabios y, saliendo por la puerta de Jaffa, tomaron la dirección de la ciudad de David, y, con profundo regocijo, descubrieron cómo la estrella volvía a avanzar ante ellos. Largo tiempo tuvo que esperar Herodes en su palacio, que más bien tenía el aspecto de una lúgubre fortaleza, el retorno de los Magos. ¡Oh, sí, se maravillarían al ver la presteza con que acudiría a rendir homenaje tan pronto como supiese dónde se hallaba! Mas, cuando se dio cuenta de que había transcurrido con exceso una semana sin que el ruido de los cascabeles de los camellos le anunciase la llegada de la caravana, fue presa de una horrible desazón.

EL EMISARIO

Envió con toda urgencia a Belén a uno de sus emisarios secretos con la misión de investigar allí las causas que motivaron la demora de la llegada de los sabios. Este espía, que era un hombrecillo tullido, de enana estatura y cabeza horriblemente deformada, volvió por la tarde de aquel mismo día ante la presencia del rey, a quien, temblando, dio cuenta de cómo los Magos habían partido, regresando a su patria por distinto camino.

Lanzando un juramento, descendió el rey de su trono. Era tanto su furor, que los ojos le salían de sus órbitas. Llena de espuma su boca, se abalanzó sobre el enano, pegándole un manotazo y arrojándole al rostro estas palabras: -¡Como se me escape el Niño, te costará la cabeza, bribón! -¡No, señor! ¡No será así! - se defendía el enano pataleando y se apresuró a exponerle el plan que había forjado durante el camino a fin de escapar a la ira de su amo.

AVANZA LA MUERTE HACIA BELEN

Una mueca contrajo entonces la cara de Herodes.No está del todo mal! - dijo, dejando al enano en libertad-. Tu proyecto es digno de un verdadero cerebro, ¡Será ejecutado esta misma noche. La dirección corre a tu cargo. A ti te la confío. Sin cuidado me tiene de dónde saques tus auxiliares. Mañana, al salir el sol, me darás cuenta de que no queda viva en Belén ni una solo niño menor de dos años.

-La operación costará dinero, señor! - exclamó aquel siervo vil, tan digno de su dueño. Ahí tienes una bolsa llena de oro.-

-¡Con esto compras tu bienestar!- dijo el enano inclinándose con muchas reverencias.

Aquella noche, un nutrido grupo de siniestras figuras, cruzaba en silencio la puerta de Jaffa.  Se trataba de criminales, los contratados, extrayéndolos hasta de las cárceles. La paga que les prometía por su servicio era dinero. El en persona cabalgaba a la cabeza del grupo. Sobre su faz se dibujaba una mueca horrible. Era la muerte que avanzaba hacia Belén.

EL LLANTO Y EL LAMENTO DE RAQUEL

Pacíficas se extendían las casas y las chozas de la aldea en la quietud de la noche. Sus calles silenciosas se estremecían con el trepidar de los cascos de los caballos. Las puertas fueron hundidas con estrépito, Los mercenarios de Herodes irrumpieron en cada una de las moradas revolviendo cada aposento y cada alcoba. Allí donde encontraban un

pequeñuelo que pudiera tener menos de dos años le clavaban el puñal en el diminuto corazón. Arrancaban a los niños del pecho de sus madres y los estrellaban contra el suelo, pisoteándolos. Un alarido de horror resonó por las calles de Belén. Las madres lloraban y se lamentaban por los hijos de sus entrañas. Dondequiera que un hombre o una mujer se pusiera en guardia para proteger a un niño, ellos mismos caían atravesados por el cuchillo infanticida.

DEL CIELO DE LOS ANGELES AL INFIERNO DE LOS ASESINOS

La ciudad de David, sobre la que algunas semanas antes había descendido el cielo en pleno cantando paz y alabanzas, esparciendo bendiciones a raudales de armonías, se había convertido toda ella en un infierno de horror y de crueldad. El lugar en que la Vida había nacido al mundo ahora era un lugar de desesperación y de muerte.

Lentamente se fue extinguiendo el ruido de los cascos de los caballos, perdido en la oscura lejanía. La diabólica horda había emprendido el regreso a Jerusalén. La sangrienta hazaña había sido cumplida. Al siguiente día el tullido le declaraba a su señor que no quedaba en Belén un solo niño menor de dos años,

LA TRAMPA SE ROMPIO Y ESCAPAMOS

Lo que ni él ni su monarca sabían era que Aquel contra quien iba dirigida la criminal mortandad se hallaba, con María, su madre y San José, camino del desierto, consiguiendo entrar por las fronteras de Egipto.

Lloraban aún las madres de Belén, mesándose los cabellos, y era tan vehemente su desesperación, que golpeaban sus cabezas contra las paredes de sus casas, aún embebidas con la sangre inocente de sus hijos. Y así se cumplió el vaticinio del profeta Jeremías: "Una voz se oye en Ramá, Lamentación y gemido grande:Es Raquel, que llora a sus hijos y rehusa ser consolada porque no viven". Pero las almas de los niños se mecían ya y elevaban alabanzas a Dios, siendo ellos entre los hijos de los hombres, los primeros que alcanzaron con su sangre la corona esplendorosa del martirio. En el día de su fiesta canta la Iglesia estos versos de santa y cándida alegría:

Salve, ¡oh flores del martirio!

Que ya en tan temprana edad

Cual el viento azota al lirio

Os arrancó la crueldad,

Por Jesús os inmolaron,

Tiernas flores del vergel,

Las primeras que cruzaron

El martirio en pos de él.

Y ahora jugáis con anhelo

Ante el lumínico altar,

Donde mora el gran consuelo

De la excelsa Majestad.

¡Gloria a Dios en las alturas!

Con tiernas voces cantad.

¡Gloria a la Virgen pura

Por toda la eternidad!

 

 

Jesus Marti Ballester

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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