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1."Donde hay dos o más reunidos, estoy yo en medio" (Mt
18,20). Estando reunidos en casa, tal vez en el Cenáculo... entró Jesús.
Humano, pero con carne luminosa, vestido con túnica rozagante. Con su mano
taladrada de luz, él mismo descubre la túnica para mostrarles la llaga de su
costado, la que está junto al Corazón palpitante. Y mientras les sonríe con una gozosa aura
celestial, les inunda de paz y de gozo. Su presencia adorable era un cielo,
sus palabras tenían un acento divino que comunican vida. Les habla, les
invita a palparle, para que comprueben que tiene carne y huesos, come con
ellos...La comunidad es el ámbito de la presencia de Jesús. Sin comunidad no
hay presencia. Así lo entendieron y practicaron los primeros cristianos: Vida
común, todos unidos y concordes. Esto es lo que impresionaba y atraía a los
judíos. Y esa comunidad, llevada a las consecuencias de compartir, ayudarse y
ayudar. Así podía el Espíritu ir agregando nuevos brotes de olivo alrededor
de la mesa del Señor. Pero Jesús en medio, no en un lateral; en medio de los
problemas y dificultades, de los gozos y las tristezas, ayudando
poderosamente, consolando amorosamente.
2. "Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los
apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones"
Hechos 2,42. Lucas nos describe la vida de una comunidad modélica, que forma
su inteligencia y su corazón; que comparte sus bienes; que celebra la
eucaristía; y que ora aún, al estilo de los judíos, incorporando a su oración
el Padre nuestro, la oración del Señor. No han roto todavía con el templo de
Jerusalén a donde acuden cada día todos unidos, aunque la fracción del pan la
hacen en las casas, donde también se reúnen para comer. La característica
anímica de la comunidad es la alegría y la alabanza a Dios, lo que en
conjunto, hacía atractiva a la comunidad primitiva, acogedora y proselitista
por su propio encanto cautivador.
3. “Los creyentes vivían todos unidos”. Han tenido muy en cuenta la
oración de Jesús: “Te ruego, Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos
uno” (Jn 17,11). Tanto por la propia naturaleza de una comunidad que empieza
y la novedad y la necesidad de apoyarse mutuamente, porque se ven extraños en
un mundo hostil, como por la eficacia de la oración de Jesús por su unidad,
la unión de la primera comunidad aparece radiante y fascinadora. Están
viviendo la luna de miel de la nueva fraternidad. Los primeros años de un
matrimonio nuevo suelen ser deliciosos. Las pruebas llegarán después, cuando
se pierda el encanto de la novedad, y lleguen las primeras fricciones y roces
y surjan las primeras dificultades. Llegarán los tiempos de las divisiones,
el desgaste de las instituciones, la rivalidad que surge de la misma
naturaleza humana, y que se acentuarán con el paso de los siglos, porque el
hombre es así, y en el mismo colegio apostólico ya hubo sus diferencias, de
las que tenemos testimonio en el evangelio que nos cuenta la indignación de
la mayoría ante la pretensión de la madre de los Zebedeos, que pedía para sus
hijos los dos episcopados más importantes (Mt 20,21). Teniendo esto en cuenta
se debería promocionar más la formación cristiana a todos los niveles, la
convivencia fraterna y el trabajo en equipo familiar. Tenemos experiencia de
la formación individualista fomentada por el egoísmo y la rivalidad: la competitividad.
Oposiciones, concursos, certámenes, parroquias de 1ª
categoría, de 2ª, de 3ª, y de ascenso, pasaron a la historia, pero ahí están
todavía las raíces que, si se cubren con digitalina que “descarta los hombres
de carácter, que han tenido mucho éxito y fecundidad, y se buscan
administradores con la menor propensión posible a iniciativas y creatividad
sustancial”, ha escrito Louis Bouyer,
el problema es más serio. Entre los científicos se ha impuesto en la
investigación el método del equipo de trabajo. A veces, en lo eclesial
permanece el estilo rival y no fraterno. Y esto no hace atractiva la unión,
como la de la primera comunidad modelo que hoy nos presenta el libro de los
Hechos. Y lo que es peor, no la hace más fructificante, sino todo lo
contrario, declinante, y amortiguadora
de las mejores iniciativas. Y ese primordialmente e indeclinablemente
es el ministerio de los pastores. Animar, unir, estimular, estudiar las
cualidades y carismas personales para hacerlos crecer, tratando uno a uno,
soldando voluntades, conquistando corazones y no dividiendo con imprudencias
e irreflexión, que puede repercutir en la disgregación del rebaño. De nada
nos servirá enviar montones de circulares, aunque firmadas, anónimas, porque
no sabemos quién es el autor, si no hay un contacto personal y directo,
desinteresado y lleno de amor y cordialidad. De ahí la necesidad de que los
pastores sean personas humanas y cristianas desarrolladas y maduras, que
hayan penetrado el misterio de Cristo con toda sabiduría. Cuenta el Cardenal
Lustiger, Arzobispo de París: “Yo conocía muy bien al Arzobispo Veuillot.
Algunos le criticaban diciendo: cuando pasa Veuillot es como si dijera:
<Yo, el obispo>”. Cuando le nombraron cardenal vi aparecer en él un
punto de vanidad... Pero, en el momento de la agonía, murió de cáncer, estaba
como purificado de todo aquello, y yo pensé: éste es el arzobispo que necesitamos,
ahora está maduro; y precisamente ahora es cuando lo perdemos. Y entonces es
cuando me decía:”Puro, puro, puro; es preciso que todo sea puro: Hay que
hacer una revolución espiritual. El Papa lo sabe, poca gente lo admite, pero
eso es lo que necesita la Iglesia”.
4. En efecto, en el desierto de este mundo, somos llamados y elegidos
para ser manantiales de unión, fuentes de amor, surtidores de agua viva de
concordia y fraternidad, pozos de cordialidad. Pero mientras no estemos
interiormente pacificados, los que se relacionen con nosotros no se sentirán
cómodos y relajados. Si estamos poseídos de envidias y de resentimientos, de
rencores y turbulencias que nos reconcomen y que mal disimulamos, saldrá
herido el que contacte con nosotros. Y los que se morían de sed, en el
sequedal de este mundo, seguirán sedientos. Y es un error creer que la
sociedad se transformará en masa. Se predica en general y en lenguaje teórico
y vaporoso para que todo sea socialmente ordenado. Se olvida que la reforma
nunca es general y en totalidad, sino individual de persona en persona. Si
queremos la unión, y la hemos de querer y buscar, hemos de comenzar por
nuestro propio interior. Un alma que se pacifica, pacifica al mundo. La paz
es el fruto del enorme trabajo que se hace allá dentro en lo escondido del
corazón, decía el Beato Juan XXXIII. Un grado de negatividad neutralizado, es
una descarga menos de adrenalina y electricidad negativa en el mundo.
Imposible conseguirlo por nuestras fuerzas propias y escasas. Ha de
intervenir la gracia, que no se consigue sin oración. Mientras no haya más
oración en la Iglesia y más espíritu interior, el mundo campará a sus anchas
por los caminos de la guerra y del odio, de la rebeldía y de la insolidaridad. Y
de la
destrucción. Seguirá cruzando de mar a mar la estela
maligna y devastadora de Caín. ¿Quiero decir que necesitamos ser santos?
Exactamente eso. Sobran ejecutivos y faltan orantes e intercesores, que viven
lo que dicen. Es el precio más caro, pero el único solvente.
5. La primera comunidad permanecía en estado de oración como queda
resumido en el Salmo 117: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque
es eterna su misericordia, que ha exaltado la piedra desechada por los
arquitectos, convertida ya en piedra angular”. El salmo 117, con el que se cierra el Hallel, o colección
de salmos de alabanza, cantado también por Jesús y sus discípulos en la última Cena, es un
himno de alabanza y acción de gracias por las manifestaciones de ayuda de
Dios a su pueblo, con gratitud del pueblo que sabe que la misericordia del
Señor nunca le ha dejado. Liberación de la esclavitud de Egipto, que
convierten al pueblo de Israel en piedra angular, la que en el vértice del
arco, sostiene toda la
construcción. Todo obra de su mano diestra liberadora,
poderosa, sublime. Los cristianos, herederos del pueblo de Israel, lo
centramos todo en la resurrección del Señor y la nuestra, como obra
portentosa del Señor, realizada hoy:
"Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro
gozo".
6. Al comenzar a escribir la
homilía del Segundo Domingo de Pascua y recitar las primeras vísperas de la Divina Misericordia,
del año 2005, en la tarde amarga del sábado, y prolongarse la agonía, con la
angustia con que vivimos estas largas horas atentos a las noticias, pienso
que va a prevalecer la Misericordia a la promesa de la Virgen. Pero,
¡maravillas de la Virgen con su hijo fiel y querido, “Totus tuus”!, Dios
anuda en caricia maternal y signo de predestinación, la promesa de la Virgen
del Carmen y la fiesta de la Misericordia, instaurada por Juan Pablo II, que
de joven conoció, trató y comprendió a Faustina Kowalska, hoy Santa Faustina,
canonizada por él, cuando, no sólo era incomprendida, sino aislada,
perseguida y humillada. Las revelaciones a Santa Faustina sobre la Divina Misericordia,
marcaron tanto como San Juan de la Cruz y Santa Teresa al jovencísimo Karol
Wojtyla. Según el Papa no se puede comprender al hombre sino desde Cristo,
“Cristo revela el hombre al hombre”.
7. Sor Faustina había escrito en su diario, en mayo de 1938: “Cuando
estuve rezando por Polonia, yo oí estas palabras: ‘He amado a Polonia de modo
especial y si obedece mi voluntad, la enalteceré en poder y en santidad. De
ella saldrá una chispa que preparará el mundo para mi última venida’. Ni Faustina
ni Karol comprendían que esas palabras misteriosas le profetizaban como Papa.
El joven Wojtyla comprendió a Faustina porque se esforzaba por aprender y
conocer a Cristo. Los que no comprenden a Juan Pablo ahí pueden encontrar la
razón de su incomprensión. En una rueda de prensa televisada donde alguien
confiesa negar que el sufrimiento y el dolor sea cristiano, se quedó sin
palabras cuando uno de los contertulios le citó el capítulo 52 de Isaías. Lo
que había sido el Padre De la Colombiere para Santa Margarita en Paray
–le-Monial, será el Cardenal y Papa Wojtyla para Sor Faustina.
8- Entre los años 1959 y 1978,
las revelaciones de Sor Faustina, que habían sido mal traducidas,
permanecieron prohibidas por el Santo Oficio y la Congregación de la Fe. Nombrado Arzobispo
de Cracovia Karol Wojtyla, ordenó el estudio teológico de los documentos
originales del diario de Sor Faustina, estudio que duró diez años, al padre
Ignacy Rózycki, antiguo profesor de Karol Wojtyla, y director de su tesis
sobre Max Scheler. Resultado del estudio fue que el 15 de abril de 1978, la Santa Sede autorizó
las revelaciones. Había sido fruto de la intervención del entonces Cardenal
de Cracovia, Karol Wojtyla, tan sólo seis meses antes de ser elegido Papa
Juan Pablo II. Tres años después, el 22 de septiembre de 1981, el Papa Juan
Pablo II dijo en el Santuario del Amor Misericordioso, en Collevalenza,
Italia: “Desde el principio de mi Pontificado he considerado este mensaje
como mi cometido especial. La Providencia me lo ha asignado". El 30 de
abril del año 2000, al canonizar a la beata Sor María
Faustina Kowalska, el Papa Juan Pablo II concluyó un proceso que él mismo
había iniciado en 1965, como joven Arzobispo de Kracovia. El fue, el que, en
1967, ya nombrado Cardenal, clausuró el proceso informativo diocesano, y en
1993, ya como Papa Juan Pablo II, la beatificó y la canonizó. Como Jesús
debió soportar no sólo los ultrajes de los romanos sino también la traición y
el abandono de los suyos, muchos
profetas, santos y místicos de diversas épocas tuvieron que afrontar los
ataques, persecuciones y el hostigamiento de amigos, compañeros, hermanos y superiores, aun dentro de la misma Iglesia.
9. Dios reveló anticipadamente a Santa Faustina todo lo que tendría que
sufrir como “Secretaria y Apóstol de la Divina Misericordia",
por acusaciones falsas, pérdida de credibilidad y el sufrimiento físico por
los dolores de la Pasión de Cristo que, durante la Cuaresma de 1933,
experimentó invisiblemente, dato conocido únicamente por su confesor y
relatado en sus escritos: “Un día durante la oración, vi una gran luz y de
esta luz salían rayos que me envolvían completamente. De pronto sentí un
dolor muy agudo en mis manos, en mis pies, y en mi costado, y sentí el dolor
de la corona de espinas". Todo fue causa de desconfianza, burla y
desprecio de su congregación y de algunas autoridades de la Iglesia: “Al
darme cuenta de que no obtenía ninguna tranquilidad de las Superioras, decidí
no hablar más de esas cosas interiores. “Durante mucho tiempo fui considerada
como poseída por el espíritu maligno y me miraban con lástima, y la Superiora
tomó precauciones respecto a mí. Llegaba a mis oídos que las hermanas me
miraban como si yo fuera así". “Hasta aquí se pudo soportar todo. Pero cuando
el Señor me pidió que pintara esta imagen, entonces, de verdad, empezaron a
hablar y a mirarme como a una histérica y una exaltada, y eso empezó a
propagarse aún más. Una de las hermanas vino para hablar conmigo en privado.
Y se puso a compadecerme" (Diario 125). “Un día, una de las Madres se
enojó tanto conmigo y me humilló tanto, que pensé que no lo soportaría. Me
dijo: Extravagante, histérica, visionaria, vete de mi habitación, no quiero
conocerte. Todo lo que pudo cayó sobre mi cabeza" (Diario 129) “Una vez,
me llamó una de las Madres de mayor edad y de un cielo sereno empezaron a
caer truenos de fuego, de tal modo que ni siquiera sabía de qué se trataba.
Me dijo: ‘Quítese de la cabeza, hermana, que el Señor Jesús trate con usted
tan familiarmente, con una persona tan mísera, tan imperfecta. El Señor Jesús
trata solamente con las almas santas, recuérdelo bien' " (Diario133). Se
la condenó a una especie de cautiverio, para mantener a la religiosa en
constante vigilancia y observación. “Veo que soy vigilada en todas partes
como un ladrón: en la capilla, cuando hago mis deberes, en la celda. Ahora sé que
además de la presencia de Dios tengo siempre la presencia humana; a veces
esta presencia humana me molesta mucho. Hubo momentos en que reflexionaba si
desvestirme o no para lavarme.
De verdad, mi pobre cama también fue controlada muchas veces. Una
hermana me dijo que cada noche me miraba en la celda." (Diario128).
10. Cuando Juan Pablo II empezó a escribir Redemptor hominis, no
concebía su primera encíclica como panel inicial de un tríptico trinitario,
como una reflexión sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Su
gran impulso era que el humanismo centrado en Cristo fuera el tema conductor
de su pontificado, y así quiso anunciarlo a la Iglesia y al mundo. La
Reflexión sobre la dignidad de la persona humana redimida por Cristo le
condujo a la meditación del Dios, Rico en Misericordia, que ha enviado a su
Hijo como Redentor de los hombres; y al Espíritu Santo, enviado por el Padre
y el Hijo para proseguir la obra redentora y santificadora de Cristo
resucitado. Con lo que el crecimiento lógico de la Redemptor Hominis
dio origen a dos encíclicas más, Dives in misericordia, sobre Dios Padre, y a
la Dominum et vivificantem, sobre Dios Espíritu Santo. La Dives in
misericordia, la encíclica de mayor intensidad teológica entre todas las de
Juan Pablo, refleja dos dimensiones personales de su vida espiritual.
Kracovia había sido elegida para renovar la teología católica sobre la
misericordia de Dios, conducente a la renovación de la vida espiritual.
La Divina Misericordia del Padre, que envió al Redentor del
hombre al mundo para renovarlo por el Espíritu Santo, Dominum et
Vivificantem, y regaló a la Iglesia para la humanidad a un Papa grande y
humilde, padre y misericordioso, le puso en los labios las conocidas frases
con que abrió su servicio pontifical: ¡”No tengáis miedo”! ¡Abrid las puertas
a Cristo de par en par”! Eran las mismas expresiones que dirigía a Santa
Faustina Kowaska a quien un día Jesús le dijo: "La humanidad no
encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia
divina" (Diario, 132).
11. “Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres,
pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas,
entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio
sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por
Jesucristo” (1ª Ped 1,22). Jesús había enarbolado la bandera de la
Resurrección y la vida como programa de vida, que nosotros debemos retomar en
un mundo que avanza entre muertos, y se decanta hacia la cultura de la muerte. La
misericordia divina es el don pascual
que la Iglesia recibe de Cristo
resucitado y que ofrece a la humanidad.
12. "Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a
vosotros" Juan 20,19. El signo de
la presencia de Jesús era y es la PAZ. Alegría y gozo, que alejaban la tristeza y
la turbación. La
paz. Es aterrador el dato vivido hace unos años: La violación de las mujeres
bosnias por los serbios, más que la vejación de las mujeres, tiene como
objetivo engendrar el odio entre las madres y los hijos fruto de esas
violaciones: Les decían: <Tu hijo te sacará los ojos>. Desde el 11 de
septiembre del año 2001 estamos viviendo días aciagos. Y en estos mismo días
se está repitiendo con igual atrocidad la masacre y el genocidio execrable,
sin que nadie escuche las palabras del Papa que llama a la paz, clamando la
paz en Israel y lamentándose de que parece que en el mundo se está gritando
¡guerra a la paz. Una
mirada atenta al mundo nos permite percibir su clamor por la presencia de
Jesús, con su Paz. Pero no sabe dónde puede encontrar esa Paz. La ciencia es
capaz de instalar 30 satélites en cadena para percibir el movimiento de un
barco a miles de kilómetros, y localizar el coche desaparecido con un error
de sólo 5 metros,
pero es incapaz de organizar los mecanismos de un solo corazón. En medio de
odio tan fiero y concentrado, de tantos conflictos y dolor, de tanta venganza
e injusticia, esta sociedad no tiene sensibilidad para discernir que Cristo
es su salvación. No sabe dialogar la paz sin las pistolas encima de la mesa. Si al desierto le
fallan los oasis y al sequedal las fuentes, ¿quien podrá darle vida y sombra?
Perecerá. Se destruirá. Cristo da la paz a sus discípulos y se inundan de
consuelo y gozo: “Nadie podrá quitaros la alegría” (Jn 16, 32). La
resurrección de Jesús no sólo se transforma en el corazón de los discípulos,
en una certeza que insobornablemente pregonarán hasta su muerte, sino en una
fiesta permanente.
13. Primero les dio la paz y “dicho esto, exhaló el aliento sobre
ellos y les dijo: <Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los
pecados les quedan perdonados>”. Y con su Espíritu les comunicó su propia
vida, les curó, les santificó, les vivificó, les pacificó y les unió. Con su
soplo, simbolizó que les comunicaba la vida de Dios para perdonar los
pecados, como se la insufló a Adán en el paraíso. Es el fin principal de
Cristo, Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, como obstáculo que
impide que el Reino de Dios entre en el mundo. Mientras reine el pecado, no
puede vivir Dios. Los que quieren convertir a la Iglesia en una institución
social benéfica, en una ONG más, no han penetrado en su vida mistérica.
Ignoran que la Iglesia es un misterio. La Iglesia ha recibido la misión de
prolongar a Cristo con sus poderes sacramentales, quitando los pecados y
dando la vida de Dios, que incluye la filiación divina, la amistad de Dios,
la fraternidad con Jesús y la herencia eterna y gloriosa, “incorruptible,
pura e imperecedera”. “Si somos hijos, también herederos: herederos de Dios y
coherederos de Cristo” (Rm 8,17). No podemos hacer algo más grande que quitar
los pecados por la fuerza del Espíritu Santo. Proclamémoslo y practiquémoslo.
14. Es evidente que entre los discípulos de Cristo se manifiestan
temperamentos y talantes diferentes: Junto a la intuición de Juan, y el
corazón de María Magdalena, se da la impetuosidad y espontaneidad de palabra,
a la vez que la lentitud de comprensión de Pedro. Y el escepticismo terco,
positivista y rudo de Tomás: "Si no veo, si no meto los dedos en los
agujeros de los clavos, si no meto mi mano en el costado, no lo creo"...
Todos aman a Jesús y unos a otros se complementan entre sí y entre todos construyen
la Iglesia, si son humildes y saben escucharse mutuamente y recibir lo que
cada cual aporta, poniendo su propio carácter y carisma al servicio de la comunidad. También
la incredulidad de Tomás, que en realidad niega para obtener las pruebas que
ardientemente desea, va a prestar un servicio a la Iglesia y, sobre todo, a
los que se niegan a creer y pueden acusar de excesivamente crédulos e
inocentes a los apóstoles que han creído. A Tomás no le pueden echar en cara
que haya sido fácil. El era un hombre de corazón decidido y arriesgado. Era
el que había animado a los discípulos a ir a Judea con Jesús y morir con él,
cuando sus condiscípulos le disuadían porque le habían querido apedrear allí
(Lc 11,16), pero se niega a creerles y no sólo no acepta su testimonio, sino
que exige ver sus llagas y tocarlas. Nuestras dudas nebulosas de fe en la
resurrección de Cristo y en la nuestra, reciben con las suyas, confirmación y
luz. Allí tenían presentes Tomás, y todos sus hermanos, las santas llagas de
Cristo, y ante ellas, resplandecientes, se sintieron arder. “Dentro de tus
llagas escóndeme!”.
15. La incredulidad inicial de Tomás motiva la afirmación de Jesús por
la que sabemos que lo que a nosotros nos hace dichosos es creer sin haber
visto: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber
visto”. Bienaventuranza que le corresponde a toda la comunidad creyente al
aceptar por tradición ininterrumpida la fe en la Resurrección que le
transmitieron los testigos elegidos para ese ministerio: “No habéis visto a
Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él” Pedro 1,3. Esa fe y esa
esperanza viva de la gloria futura es la que nos anima y llena de alegría en
medio de las dificultades, pruebas diversas y tentaciones de esta vida, como
nos dice San Pedro en su carta, que, por duras que sean, serán breves y
pasajeras, porque “todo se pasa” como “una mala noche en una mala posada”
(Santa Teresa).
16. Reunidos nosotros celebrando la Eucaristía, ofrezcamos la ceguera
del mundo para que Cristo la ilumine; el odio entre los hombres, para que él
lo convierta en amor; el sufrimiento de los seres inocentes, para que él lo
consuele. Abramos nuestro corazón para que en él quepa todo el dolor y toda
la esperanza del mundo. Y aprestémonos a trabajar para difundir su luz y su
amor y su paz, que ha de comenzar desde nuestro propio interior.
17. Hagamos saber al mundo que ha construido la ciudad al margen de la
piedra angular, que Cristo es la piedra que han desechado los arquitectos, y
que sólo rectificando está a tiempo de encontrar la alegría y el gozo
verdaderos. "Porque el Señor es su fuerza y su energía y su
salvación" Salmo 117. El Corazón de Jesús ha dado todo a los
hombres: la redención, la salvación y la santificación. De
ese Corazón rebosante de ternura, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces
de luz que iluminaban el mundo. "Los dos rayos -le dijo el mismo Jesús-
representan la sangre y el agua" (Diario, p. 132). La sangre evoca el
sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, según la rica
simbología del evangelista san Juan, alude al bautismo y al don del Espíritu
Santo (Jn 3, 5). A través del misterio de este Corazón herido, no cesa de
difundirse también entre los hombres y las mujeres de nuestra época el flujo
restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad
auténtica y duradera, sólo en él puede encontrar su secreto.
JESUS MARTI BALLESTER
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