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DOMINGO 6 DE PASCUA C 13 de Mayo de 2007 EL ESPIRITU SANTO CON EL CONCILIO DE
JERUSALEN Autor: Jesus Marti
Ballester |
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1. La Iglesia es divina y es humana. Está integrada por santos y por
pecadores, pero sobre todo, está dirigida por el Espíritu Santo. Una noche,
el Papa Juan XXIII, desvelado en la cama preocupado por los problemas de la
Iglesia, se incorporó, y se hizo a sí mismo esta pregunta: "Angelo,
¿quien guía la Iglesia tú o el Espíritu Santo? Pues si la guía el Espíritu
Santo, no tienes por qué preocuparte". Y así tranquilamente se durmió. 2. Cierto que los momentos eran cruciales para el crecimiento de la
comunidad cristiana. Nadie tiene por qué escandalizarse de que, como
integrada por hombres de distintas culturas y con distintos pareceres,
sensibilidades y criterios, a la vez que tributarios de las razones del
corazón y ante realidades concretas, haya manifestado sus discrepancias, a
veces en medio de grandes peleas. 3. El judaísmo tenía raíces profundas. En él había dogmas y también
problemas pastorales, hijos de las situaciones diversas. Después de la
Resurrección y Ascensión de Jesús, algunos, sobre todo los fariseos
conversos, querían mantener a ultranza toda y completa la ley y las
costumbres, tradiciones y ritos, incluso en principios que no eran objeto de
fe. Los innovadores sagaces veían en ciertas prácticas judías una barrera
para la conversión de los paganos y, acertadamente pensaban que la mayoría no
aceptaría el evangelio por causa de ellas. 4. Pablo vivía el problema en Antioquía, en Asia meridional. Unos
judíos conservadores que fueron allí, inquietaron a los gentiles-cristianos,
que siguiendo el criterio de Pablo y Bernabé, no habían sido circuncidados. Y
les atemorizaron: "Si no os circuncidáis, no podéis salvaros". Se
produjo un altercado fuerte. Hay que acudir a la Iglesia de Jerusalén. Está
ya actuando el Espíritu, porque en vez de enconar el pleito, tuvieron
sabiduría para someterlo al juicio de 5. El conflicto en la Iglesia entre distintas apreciaciones, tiene
solución en la unidad de la doctrina del magisterio, infalible en lo tocante
a la fe y costumbres, aunque discutible en lo pastoral y cambiante. Hace
falta fe, humildad, sensatez y discernimiento. 6. Lo importante y fundamental es que "todos los pueblos alaben
al Señor" Salmo 66. Esa es la misión esencial y universal de la Iglesia,
a la que habrá que sacrificar muchos prejuicios, sentimientos y rudeza y
cerrazón de criterio para integrar en la diversidad culturas, razas,
tradiciones, que no sólo no restan, sino que enriquecen. 7. Jesús nos recuerda en el evangelio que "el Paráclito, el
Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe
todo". El secreto de toda fecundidad apostólica consiste en abrirse a la
acción del Espíritu Santo y que ésta hace intervenir la maternidad de gracias
de María y nuestra unión a ella. Lo que constituye su alma y su unidad es el
afán de poner en marcha, de una manera práctica y concreta, nuestra fe en el
Espíritu Santo como inspirador de Para el primer concilio y para todas las decisiones importantes, el
Espíritu iluminará a su Iglesia, la familia de Dios en la tierra, construida
con una muralla grande, custodiada por doce puertas, que son los Apóstoles
del Cordero, iluminada por Dios, cuya lámpara es el Cordero Apocalipsis
21,10. Así 8. 9. La Ciudad de Dios tiene “doce puertas”, siempre abiertas, tres en
dirección a cada uno de los cuatro puntos cardinales, como invitando a entrar
a todos los pueblos y culturas. Ciudad capaz de albergar a la muchedumbre
incontable del pueblo de Dios (Ap 7,9). “Su longitud, anchura y altura son
iguales”, lo que es signo de perfección y estabilidad. San Juan se ha
inspirado en la forma cúbica del Sancta Sanctorum o lugar Santísimo del
templo de Jerusalén (1 Re 6,20), pero con la diferencia de que el lugar
Santísimo era totalmente oscuro, mientras que la Ciudad de Dios esta
iluminada con la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero; y que mientras
en aquella sólo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año, en el Yom
Kippur, o Día de la Expiación, la Ciudad de Dios está abierta a todo el
pueblo de Dios por ser un “Reino sacerdotal” (Ap 1,6). 10. La Ciudad de Dios tiene grabados en sus doce puertas los nombres
de las 12 tribus de Israel, y en los fundamentos de sus murallas los nombres
de los doce apóstoles. Se sugieren así dos ideas básicas. Que el Antiguo y
Nuevo Testamento son dos etapas de un solo plan de salvación que culmina en
la Jerusalén del cielo. Y que la Iglesia es apostólica, es decir, edificada
sobre el fundamento de la autoridad y la doctrina de los apóstoles de
Cristo. 11. Juan ve en el centro de la Ciudad el trono de Dios y del Cordero,
a los que los bienaventurados contemplan cara a cara, y les rinden adoración
y acción de gracias. Y reinan por los siglos de los siglos. Dios y el Cordero
son la fuente de la vida eterna que colma la hondura del corazón humano. Por
eso dice que del trono brota “un río de aguas vivas”, el cual riega, no un
árbol de la vida como en el paraíso terrenal (Gn 2,9), sino toda una avenida
bordeada de “árboles de la vida”. 12. El Libro Sagrado comienza en el Génesis con un paraíso, perdido
por el pecado del primer Adán, cuando Adán y Eva dejaron de vivir bajo el
mismo techo de Dios, y termina en el Apocalipsis con el árbol del paraíso
recuperado por la gracia del segundo Adán, Jesucristo. Cuando Dios se revela
en el Sinaí, el pueblo permanece apartado: "Que nadie se acerque al monte"
(Ex 24,2). Lo mismo ocurre con el "Sancta Sanctorum" del Templo. La
Revelación nos dice que Dios poco a poco va acercándose a los hombres. Así
intuyen los profetas que un día se reencontrarán: "No temas, el Señor tu
Dios está en medio de tí", profetiza Sofonías. "Mi casa estará en
medio de ellos", tercia Ezequiel. "Vengo a morar en tí" añade
Zacarías. Juan afirma que Dios nunca será el acusador del hombre, sino su
Defensor, su Consolador. Pero los dos últimos capítulos del Apocalipsis describen
la felicidad del cielo con imágenes tomadas de los dos primeros capítulos del
Génesis, contraponiendo aquella lejanía con esta intimidad con Dios, aquella
desolación con los ríos de vida, árboles de vida y vida desbordante por todos
lados. La puerta del paraíso perdido y cerrado, custodiada por los ángeles,
ha sido abierta de nuevo. 13. 14. Caminamos hacia ella, en medio de problemas y dificultades,
sustentados también por los consuelos de Dios. Si guardamos la palabra de
Jesús, que se resume en el amor, seremos amados por el Padre, que quiere
hacer su morada en nosotros. Santa Teresa decía expresivamente: "No
estamos huecas por dentro". En su libro "Las moradas del castillo
interior", por la visión del diamante, describe minuciosamente y con
inmensa sabiduría, las siete moradas donde el rey habita. Estamos inhabitados
por 15. El Apocalipsis anuncia el retorno de la paz cuando arroje fuera al
diablo: "El dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás,
el seductor del mundo entero y sus ángeles fueron precipitados con él"
(Ap 12,9). En adelante, la humanidad puede reintegrarse en la Trinidad, con
un Hombre: Jesús. Ya puede reiniciarse la vida en común: "Vendremos a él
y haremos morada en él". La Trinidad es la causa de la paz admirable que
Cristo nos ofrece, diferente de la paz del mundo. Esta sólo pretende acallar
las armas y las bombas y las intrigas de la guerra fría y el terrorismo en
todos los grados. 16. «Mi paz os dejo, mi paz os doy. No como la da el mundo os la doy a
vosotros». Jesús no nos da la paz externa, ausencia de guerras y conflictos
entre personas o naciones diversas. En otras ocasiones él habla también de
esta paz, cuando dice: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
serán llamados hijos de Dios». Aquí habla de la paz interior, la del corazón,
de la persona consigo misma y con Dios. Por eso añade: «No se turbe vuestro
corazón ni tenga temor». Ésta es la paz fundamental sin la cual no existe
ninguna otra paz. Miles de millones de gotas de agua sucia no forman un mar
limpio, y miles de millones de corazones inquietos no componen una humanidad
en paz. La palabra utilizada por Jesús es shalom. Con ella los judíos se
saludaban, y todavía se saludan entre sí; con ella saludó él mismo a los
discípulos la tarde de Pascua y con ella ordena saludar a la gente: «En
cualquier casa que entréis, decid antes: la Paz a esta casa» (Lc 10, 5). En
la Biblia shalom dice más que la sencilla ausencia de guerras y desórdenes.
Indica positivamente bienestar, reposo, seguridad, éxito, gloria. San Pablo
habla incluso de la «paz de Dios» (Flp 4,7) y del «Dios de la paz» (Rm
15,32). Paz no indica, por lo tanto, sólo lo que Dios da , sino también lo
que Dios es. En un himno suyo, la Iglesia llama a la Trinidad «océano de
paz». Esto nos dice que esa paz del corazón que todos deseamos no se puede
obtener nunca total y establemente sin Dios, fuera de Él. Dante Alighieri
sintetizó todo esto en el verso más bello de 17. El Evangelio no promete una panacea para estos males; en cierta
medida, forman parte de nuestra condición humana, expuestos a fuerzas y
amenazas mucho mayores que nosotros. Pero indica un remedio. «No se turbe
vuestro corazón. Tened fe en Dios y tened fe también en mí» (Jn 14,1). El
remedio es la confianza en Dios. Al final de la última guerra, se publicó un
libro titulado Las últimas catas de Estalingrado. Eran cartas de soldados
alemanes prisioneros en la bolsa de Estalingrado, despachadas en el último
envío antes del ataque final del ejército ruso en el que todos perecieron. En
una de estas cartas, un joven soldado escribía a sus padres: «No tengo miedo
de la muerte. ¡Mi fe me da esta bella seguridad!». 18. Cuando nos deseamos recíprocamente, estrechándonos la mano,
intercambiamos en la Misa el deseo de JESUS MARTI BALLESTER |
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JESUS MARTI BALLESTER |
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Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |