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Preguntábamos al Padre Martín Ballester que reportaje suyo se debería volver a publicar en estos tiempos todavía proximos a la celebración del Año Sacerdotal. Y respondió, sin titubeos, que aquel referido a Thomas Merton. Y así lo reflejamos Merthon fue un ejemplo para todos. Y muy especialmente para los sacerdotes. Jesús Martí Ballester tiene toda la razón . He aqui el reportaje.


Thomas Merton

Por Jesús Martí Ballester.

Un gran maestro de espíritu, personalidad opulenta, hombre polifacético, poeta, místico, escritor, humanista, poco conocido en España

http://wmail35.movistar.es/cp/ps/Mail/Downloader?d=telefonica.net&fp=INBOX&contentSeed=7098d&c=yes&u=cdbll&disposition=inline&an=CDBLL%40telefonica.net&uid=13349&pct=108d9&dhid=attachmentDownloader&ai=1Prades, en los Pirineos Orientales, entre Perpignan y Villefranche, al pie del Canigó, cuna de Wifredo el Velloso, primer conde de Barcelona. Prades, que pasó a Francia en 1659 con los territorios catalanes por la Paz de los Pirineos. Prades, en la provincia del Rosellón, junto a la sombra del Canigó, macizo montañoso de los Pirineos, entre las comarcas de Rosellón y Alto Ampurdán, flanqueado por los monasterios de San Martín del Canigó y San Miguel de Cuixá. Canigó, que inspiró a Verdaguer la epopeya del mismo nombre: “Muntanyes de Canigó, fresques són i regalades”. Allí, de padre neozelandés y madre estadounidense, nació Tomás Merton, mirando a España. Era el 31 de enero de 1915, un año de convulsiones y de guerras. Allí comenzó una infancia nómada, que le llevó a vivir en Francia, en Bermuda, en Estados Unidos y en Inglaterra, donde estudió en Cambridge, y en Estados Unidos, en Columbia. Nunca oyó hablar de religión, aunque su padre era creyente. Sus padres, dedicados a la búsqueda inquieta de la belleza, marcaron a fuego su vida, dejando en él profundas huellas de su temperamento de artistas y personas independientes. Dice Merton: “Heredé de mi padre su manera de mirar las cosas y algo de su integridad; y de mi madre algo de su insatisfacción con la confusión en que el mundo vive y un poco de su varia capacidad. De ambos heredé facultades para el trabajo y visión y goce y expresión...” (La montaña de los siete círculos).

LA HUELLA DE SU MADRE

Fue su madre la que tatuó el alma de Thomas con rasgos definidos que luego él cultivaría toda su vida. “Mi madre quería que yo fuera independiente y que no me mezclara con la manada.... Tenía que ser original, individual, tenía que tener carácter definido e ideas propias. No debía ser un objeto de serie según el modelo burgués al uso, fabricado como la demás gente”. (La montaña de los siete círculos). Su madre le indujo a escribir sobre sí, cultivando desde niño una mirada hondamente reflexiva y sensiblemente perceptiva de todo cuanto acaecía en el ámbito de su interioridad vivida. Y él, fiel al deseo de su madre, se mira con hondura y contempla el mundo en que vive, con una capacidad de observación fabulosa de todo, árboles y pájaros, golondrinas, búhos, oropéndolas, ranas, jilgueros, gorriones, petirrojos, mirlos charlatanes, ruiseñores celestiales, lechuzas, y papamoscas, sonidos y flores, nombres de flores, rosas, lilas, azucenas, lirios, margaritas, flores de azafrán, de animales, ardillas, halcones, marmotas, luciérnagas, cardenales, venados de ojos castaños y observadores, y la belleza de todos sus movimientos, de árboles, abedules y rosales, nubes, tormentas y bonanzas, borrascas y colores, ocres, rojos, verdes, pastel, blancos, amarillos, azules, pardos, olores y perfumes, descripción de los fenómenos atmosféricos, tormentas impresionantes y su influjo en sus estados anímicos. Atardeceres suaves y amaneceres admirables y luminosos, noches glaciares y mañanas frías y despejadas. Y por su agudeza y sinceridad, en su prospección interior y la descripción de su amor, “de repente me vi inundado de un amor realmente extático y de lágrimas, pudiendo ver entonces su corazón, con todo su encanto ante Dios, con su belleza y don inestimable de su amor hacia mí. Lloré por espacio de media hora, sacudida por los sollozos”, con el amor me suena a San Agustín en sus Confesiones, y a Santa Teresa de Ávila.

SU JUVENTUD TORMENTOSA

http://wmail35.movistar.es/cp/ps/Mail/Downloader?d=telefonica.net&fp=INBOX&contentSeed=7098d&c=yes&u=cdbll&disposition=inline&an=CDBLL%40telefonica.net&uid=13349&pct=108d9&dhid=attachmentDownloader&ai=2La adolescencia y juventud de Thomas Merton arrojan, como volcán en erupción, una vida generosa, exultante, de alto voltaje de vitalidad, siempre sin hipocresía. Su vida no está dirigida precisamente por principios morales cristianos, ya que se confiesa ateo. Su vida desordenada, superficial y frívola, le hace “sospechoso” por sus ideas subversivas y tiene que emigrar a Estados Unidos. El que había vivido una juventud esclavizado por el sexo y la bebida, escribirá después de su conversión: “El sexo se ha convertido en nuestro dios. Los hogares aún de los creyentes se han resquebrajado y no sentimos el dolor del arrepentimiento. Pornografía, Adicciones sexuales, Pecado oculto. Amargura. Resentimientos sin resolver. Perdida de perdón. Lamentamos el ayer y no disfrutamos del presente mientras enturbiamos las aguas del futuro. De todo eso tenemos que convertirnos. Hemos divido los pecados en pecados elegantes y pecados de bajo calibre, cuando pecado es pecado delante de Dios. Nuestros pecados que nos dominan son los mismos pecados que han hundido a nuestra nación pero en mayor escala. Es por eso que Dios nos confronta y nos pide conversión”. Había escrito al P. Francisco Rafael de Pascual: Una vida que fluye llena desde los huecos del silencio que ocultan la Palabra. Influenciado por sus lecturas e impulsado por una llamada interior, se convirtió al catolicismo en 1938.

Comienza sus estudios en un liceo francés, especializándose en literatura inglesa. De Francia pasa a Inglaterra donde continúa sus estudios en Cambridge. En 1938 obtiene en dicha Universidad el título de Bachiller en Artes y Master en Artes. Enseña primero en dicha Universidad y más tarde en la de San Buenaventura.

ASISTE POR PRIMERA VEZ A UNA MISA.

Un día se decide por primera vez a asistir a una misa. “Todo se hizo completamente misterioso cuando la atención se reconcentró en el altar. Cuando el silencio se hizo más y más profundo, y las campanillas empezaron a sonar, me sentí atemorizado de nuevo y, finalmente, haciendo la genuflexión con premura con mi rodilla izquierda, me apresuré a salir de la iglesia en medio de la parte más importante de la misa. Pero ya estaba bien. En cierta manera, supongo que respondía yo a una clase de instinto litúrgico que me decía que no me incumbía la celebración de los Misterios como tales. No tenía idea de 10 que representaban; pero el hecho era que Cristo, Dios, estaría visiblemente presente en el altar en las Sagradas Especies. Y estaba allí, sí, en Su amor para conmigo: también allí estaba en Su soberanía y Su poder, ¿y qué era yo? ¿Qué había en mi alma? ¿Qué era yo a Sus ojos?

Era litúrgicamente adecuado que saliera disparado al final de la misa de los catecúmenos, cuando el ostiario ordenado debiera estar allí para hacerla. De todas maneras, se hizo. Su encuentro con el Dr. Walsh, católico practicante, impacta vivamente su espíritu al comprobar que el cristianismo se dirige a los pequeños, a los perseguidos, a los humildes y marginados. Cuando se graduó era ya católico. Se había hecho bautizar en noviembre de 1938.

PRODIGO EN AMISTADES

En 1959 conoció al sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal cuando llegó al monasterio. Desde Nicaragua, Cardenal sostuvo con él correspondencia epistolar hasta su muerte que ha sido publicada; Cardenal lo considera su verdadero padre espiritual. Ernesto Cardenal habla de Thomas Merton. Lo que significa evocar el desierto de Gethsemaní, Kentucky, USA, y un monje ermitaño allí, haciendo cerámica de barro, estudiando, solitario, perteneciente a la Trapa. Escribe poemas para el coro de la iglesia, y otros poemas también, de índole personal e intimista. Comienza a ser conocido fuera de los círculos eclesiásticos, y posteriormente se interesa por los textos de origen asiático, especialmente budismo zen, sufismo e hinduísmo. Y en mucho el taoísmo. Escribe Gandhi y la No-Violencia, por ejemplo, donde su tema central es la acción de la no-acción, lo que lo lleva a admirar los métodos sociales de Martin Luther King. Viaja y a trata con estudiosos y líderes espirituales, como D.T. Suzuki –la mayor autoridad en zen para Occidente- y hasta con el propio Dalai Lama. Su muerte llega poco después del encuentro con los círculos institucionalmente más altos del budismo tibetano, en Tailandia, cuando en la carpa donde dormía tiene un accidente con un ventilador y fallece electrocutado.

En Argentina es conocido tempranamente, y es recordado siempre su encuentro con Miguel Grimberg, director de la mítica Mutantia. Entre los años de 1963 y 1967 tuvo correspondencia también con el escritor rumano Stefan Baciu. Dan Walsh conocía bien a Gilsan y Maritain. Me presentó a Maritain en el Club del Libro Católico, donde este muy santo filósofo había dado una conferencia sobre Acción Católica. De Maritain, se sacaba la impresión que no se necesitaba hablar con él. Me alejé sintiéndome muy complacida de que existiera una tal persona en el mundo y confiando en que me incluiría de algún modo en sus oraciones. El mismo Dan se había impregnado grandemente de esta sencillez y santidad, y acaso la impresión que producía él era tanto más poderosa a causa de su mandíbula cuadrada, que presentaba una especie de rudeza potencial. Pero no; allí se sentaba él, este hombrecito rechoncho, que tenía algo del aspecto de un boxeador bonachón, sonriendo y hablando con la alegría más infantil y angelical simplicidad acerca de la Summa Theologica. Su voz era baja, y cuando hablaba, buscaba en los rostros de sus oyentes signos de comprensión, y, al encontrarlos, parecía sorprendido y satisfecho. Muy pronto me hice amigo de él, le informé sobre mi tesis y las ideas que intentaba desarrollar, quedando muy complacido.

Escribe: “Si quieres saber quién soy yo, no me preguntes dónde vivo, o lo que me gusta comer, o cómo me peino; pregúntame, más bien, por lo que vivo, detalladamente, y pregúntame si lo que pienso es dedicarme a vivir plenamente aquello para lo que quiero vivir. A partir de estas dos respuestas, puedes determinar la identidad de cualquier persona”

Decidió retirarse al Monasterio Cisterciense de Gethsemani, en Kentucky, para practicar unos Ejercicios Espirituales y salió hondamente impresionado al comprobar la vida de soledad, silencio, oración y penitencia de los monjes.

Como escribiría más tarde, dejando hablar a su propio subconsciente: “Cada momento y cada acontecimiento de la vida de todas y cada una de las personas sobre la tierra, siembra algo en su alma”. (Semillas de contemplación).

EL CAMINO DE DIOS PARA MÍ

Pero no tardó en aflorar con toda virulencia y acoso una pregunta que le va a acompañar toda su vida, que le va a ir desinstalando continuamente, en busca afanosa de su identidad personal más honda: -“¿Quién eres?” Descubrir la Voluntad de Dios.Este desazonante y transcendente problema, con el que en las escuelas de filosofía griega, tenía que enfrentar su vida todo iniciado: es el mismo embarazoso interrogante con que Jesús confronta a sus primeros discípulos cuando les pregunta: -“¿Qué buscáis?” (Jn 1,38).

La respuesta a esta pregunta define la vida. El hombre se define por lo que busca. O por lo que no busca. Jesús “obliga” a enfrentarse con uno mismo, y aclarar sus motivaciones últimas que estimulan y dinamizan su seguimiento. Y es que también existen opciones espurias que no se corresponden con lo que El pide. Las preguntas de Jesús aguijonean las respuestas.

¿FRANCISCANO, JESUITA, TRAPENSE?

Aquella visita a Gethsemaní sembró su alma de inquietudes tan desconocidas como persistentes. Una palabra le perseguía de día y de noche: “¡Vocación!”. Pero, al mismo tiempo, un mundo abigarrado de interrogantes, de dudas volubles y cambiantes como una veleta, se abatió sobre él, como a un turista desnortado en el desierto sin saber qué dirección tomar, consciente de que en ello se estaba jugando la vida.

“Mi corazón se oprimía... Pensaba ¿En qué me estoy metiendo?” (La montaña de los siete círculos). Se lamentó de haber conocido a Santa Teresita del Niño Jesús tan tarde. Pero ya se convirtió en amiga del alma. La llamará LA FLORECITA. A ella le encarga su vocación y le hace una promesa: si me alcanzas la vocación, seré “tu monje”.

“No creo que jamás haya habido un momento en mi vida en que mi alma sintiera una angustia tan apremiante y especial...” Se dirige a la FLORECITA: “Por favor, ayúdame. ¿Qué voy a hacer? No puedo continuar así”. “De repente, tan pronto como hube dicho esta plegaria, me sentí consciente del bosque, de los árboles, de las colinas oscuras, del viento húmedo de la noche, y luego, más distintamente que cualquiera de estas realidades obvias, en mi imaginación, empecé a oír la gran campana de Gethsemani tocando en la noche... La campana parecía decirme cuál era mi sitio como si me llamara a casa” (La montaña de los siete círculos).

MONJE TRAPENSE

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Un fuego le quemaba el alma: “Escuchar la verdad e ir en busca siempre de la verdad”. “Darse todo a Dios”. Pudo equivocarse como todo humano, pero nunca fue infiel. La búsqueda de la verdad en sinceridad, dinamizó su vida. Fue su motivación inconsciente.

Ya en el noviciado, comenzó a paladear las mieles de los primeros fervores espirituales, con que Dios suele regalar a los principiantes. Se deleitaba en las venerables Tradiciones de la Orden: degustaba lo nuevo de la vida cotidiana, variada y sencilla de los monjes. “Los hombres no tienen idea de lo que puede hacer un santo: la santidad es más fuerte que todo el infierno. Los santos están saturados de Cristo en la plenitud de su poder real y divino y tiene conciencia de que con los actos más insignificantes pueden salvar al mundo con su mediación”.

MISA EN LA TRAPA

“Empezaba la misa simultáneamente en muchos altares. ¿Cómo viví aquella hora? Es un misterio para mÍ. El silencio, la solemnidad, la dignidad de estas misas y de la iglesia, el ambiente subyugante de oraciones tan fervientes que casi eran tangibles, me impresionaron de amor y reverencia que me quitaban el aliento. Sólo aspiraba el aire a boqueadas. ¡Oh Dios mío, con qué poder a veces decides enseñar al alma de un hombre Tus inmensas lecciones! Aquí, aun sólo por ordinarias vías, me llegaban las gracias que me cubrían coma un aguaje, verdades que me ahogaban con la fuerza de su ímpetu por los medios sencillos, normales de la liturgia: pero la liturgia empleada debidamente, con reverencia, por almas habituadas al sacrificio.

¡En qué cosa se convierte la Misa, en manos encallecidas por la labor agotadora y de sacrificio, en la pobreza, la humildad y humillación! "Mira, mira", decían aquellas luces, aquellas sombras de todas las capillas. "¡Mira Quién es Dios! ¡Date cuenta de lo que es la Misa! ¡Mira a Cristo aquí, en la Cruz! ¡Mira Sus heridas, mira Sus manos desgarradas, mira cómo el Rey de la Gloria es coronado de espinas! ¿Sabes lo que es el Amor? He aquí al Amor. Aquí, en esta Cruz, aquí está el Amor, sufriendo estos clavos, estas espinas, ese azote cargado de plomo, destrozado, sangrando mortalmente a causa de tus pecados y sangrando mortalmente a causa de los hombres que nunca Le conocerán, que nunca pensarán en Él y nunca recordarán Su Sacrificio. ¡Aprende de Él a amar a Dios y a amar a los hombres! ¡Aprende de esta Cruz, este Amor, a perder tu vida por Él! Casi simultáneamente alrededor de toda la iglesia, en todos los distintos altares, las campanillas empezaron a sonar. Estos monjes no tocan campanillas en el Sanctus ni el Hanc igitur, sólo en la Consagración: y ahora, súbitamente, solemnemente, alrededor de toda la iglesia, Cristo estaba en la Cruz, elevado, atrayendo todas las cosas hacia Sí, aquel tremendo Sacrificio desgarrando corazones de los cuerpos, llevándoselos a Él.

"Mira, Mira Quien es Dios, mira la gloria de Dios, subiendo hasta Él por este Sacrificio incomprensible e infinito en el cual toda historia empieza y acaba, todas las vidas individuales empiezan y acaban, en el cual toda historia se cuenta y se acaba, se resuelve en gozo o en dolor: el único punto de referencia de todas las verdades que están fuera de Dios, el centro, el foco de ellas: el Amor." Un débil fuego de oro se desprendía de los flancos oscuros del cáliz elevado en nuestro altar. "¿Sabes lo que es el Amor? Nunca has conocido el significado del Amor, nunca, tú que siempre has arrastrado todas las cosas al centro de tu propia nada. Aquí está el Amor en este cáliz lleno de sangre, sacrificio, mortificación. ¿Sabes que amar significa morir por la gloria del Amado? ¿Y dónde está tu amor? ¿Dónde está ahora tu Cruz, si dices que quieres seguirme, si pretendes amarme?" Alrededor de toda la iglesia las campanillas sonaban tan dulces y frescas como el rocío. Pero estos hombres mueren por Mí. Estos monjes se matan por Mí y por ti, por el mundo, por la gente que no Me conoce, por los millones que nunca les conocerán en esta tierra... Después de la comunión pensaba que mi corazón iba a explotar

PEREGRINO PERMANENTE

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Muy a su pesar, no pudo seguir el ritmo del duro trabajo de la vida monástica. Su salud física comenzó a resentirse y tuvo que recibir un trato especial en cuanto al trabajo manual. Y surgió su primer conflicto interior. Vio, sin embargo, el cielo abierto con semejante tropiezo serio en su vida monástica, que él intentó conjugar con optimismo espiritual: “Mejor; así podré concentrarme exclusivamente en la vida del Espíritu y unirme más a Cristo, entregándome a la oración contemplativa”.

ENRAIZADO EN LA ORACION. NO ENSIMISMADO

Thomas Merton es una personalidad compleja. En un principio el monasterio fue para él “la escuela del divino servicio”, el clima ideal donde poder realizarse en libertad, en el clima del silencio, soledad y oración. La oración enraizó tan vitalmente en lo hondo de su ser, que en adelante le fue imprescindible como el respirar. Hasta en el trajín ruidoso y nada propicio de la maraña de sus múltiples ocupaciones, siempre encontró un tiempo y un lugar para orar... Calibraba los lugares según le resultaban útiles o no para la oración. “Estoy llamado aquí a crecer. La «muerte» representa un punto crítico del crecimiento, la transición a un nuevo modo de existencia, a una madurez y fecundidad que de hecho no conozco, las que se dan en Cristo y Su Reino. El hijo en el vientre materno no sabe qué sucederá después del nacimiento. Tiene que nacer si quiere vivir. Yo estoy aquí para aprender a enfrentarme a la muerte como mi nacimiento.

Esta soledad: un refugio bajo sus alas, un lugar para esconderme yo mismo en su Nombre; por consiguiente, un santuario donde la gracia del bautismo perdura como realidad consciente, viva y activa, válida no sólo para mí sino para toda la Iglesia”.

La vida de Comunidad era el cauce por el que se deslizaba sereno su extraordinario don de gentes, su abultada capacidad de relacionarse con los demás. Y muy lentamente comenzó a morderle una secreta insatisfacción. Necesitaba, comunicar su experiencia de Dios, su fe, su oración. Sabía que el monje es un hombre solitario y solidario. Por eso entendía, que la experiencia de Dios no era un don que se le diera a él para su exclusiva fruición privada, ni siquiera sólo para su Comunidad. El horizonte se le ampliaba: los creyentes, el mundo entero. Le urgía. Era una gracia social.

ESCRITOR POR VOCACION Y CARISMA

La solución a su desasosiego interior llegó el día en que descubrió su vocación de escritor. “Soy consciente de este individuo que es monje y escritor”. (Conjeturas de un espectador culpable). “Esta gracia especial le unía al destello divino del Espíritu: "el ser verdadero” daba vida a su estilo como autor, confiriendo a sus escritos el poder despertar el mismo anhelo espiritual en los corazones de sus lectores”, dice Henry Nowen. Sus temas preferidos son la revitalización de la vida espiritual del monje, el amor a la soledad, el silencio y la oración continua, la contemplación y el lugar que ocupan los monjes en una sociedad como la nuestra, tan materialista, hedonista y agnóstica, en la cual todo es relativo. Sin perder de vista la vocación de los cristianos que viven y luchan por salvaguardar su fe en un ambiente tan paganizado.

“El ministerio peculiar del monje moderno es el de mantener viva la experiencia contemplativa, dejar el camino abierto al hombre de la tecnología moderna, para que pueda recuperar la integridad de sus profundidades más interiores”.

Su primer libro fue “La montaña de los siete círculos”, su obra más famosa, que al pertenecer al género de “sicología religiosa”, transmite en ella, más que teorías o conceptos, reflejos de su vida interior, valores auténticos que contagian a muchos jóvenes, que se convierten a la Iglesia Católica y buscan su realización personal en la vida monástica: “Recuerdo al P. Merton hablándonos a los estudiantes del Monasterio de que todos debíamos tender a ser teólogos, es decir, capaces de hablar de Dios y de los caminos de Dios para la humanidad, y no hacia pretensiones de estar académicamente preparados en teología”. (Patrick Hart, monje de Gethsemani).

TEOLOGO POR VIVIR EN DIOS

Sus mejores trabajos no son presentaciones sistemáticas de Verdades Divinas, sino una variedad plural de experiencias espirituales que ayuden al lector a descubrir el conocimiento amoroso de Dios.

Sus temas preferidos son la vida espiritual, la soledad, la contemplación y el lugar de los monjes, de los cristianos que viven y luchan en el mundo moderno. Y lo hace con un lenguaje sencillo y nuevo, asequible a todos los públicos: desde la propia y personal experiencia de Dios El era teólogo en términos patrísticos, es decir, podía hablar de Dios porque lo había experimentado. Evagrio describe al teólogo de una forma muy sucinta: “Quien verdaderamente reza es un teólogo”.

Thomas Merton no es propiamente hablando un teólogo: lo que transmite y cautiva es su propia experiencia interior, plasmada en libros como “Semillas de contemplación”, “El signo de Jonás”, “Las aguas de Siloé”, “Pan en el desierto, “Diarios 1939-1960. 1960-1968.

MAESTRO DE NOVICIOS

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El hombre es un ser que ha nacido para vivir en sociedad, para la comunicación, la comunión y el amor. Es la primera condición de la madurez humana.

Esto le llevó a declararse objetor de conciencia, superando la ética individualista como católico, y a criticar públicamente en un libro valiente, titulado “Semillas de destrucción”, la política de Estados Unidos en Vietnam, la violencia y el armamento nuclear, circunstancia que le acarreó, por parte del Abad General de su Orden, la prohibición de escribir de “política”, considerando esto ajeno a los monjes. Pero su pensamiento continuó siendo el mismo:

“En lugar de odiar a las personas que piensas que son las que hacen la guerra, odia los apetitos y el desorden en tu propio corazón, que son las causas de la guerra”.

Estaría con el Vaticano II cuando declara: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (G.S. 1).

LA ERMITA EN EL BOSQUE

Atraído por una fuerte exigencia interior a la soledad, obtuvo autorización, tras insistentes peticiones, para vivir en una ermita, cerca del monasterio. Allí siguió profundizando, en un clima de silencio, pobreza y oración contemplativa, en las tradiciones espirituales de su Orden y de sus principales escritores, a la vez que abrió sus horizontes espirituales a las tradiciones místicas de Oriente.

Dios había hecho de su pobreza, su morada de silencio, donde todo su ser se concentraba en adorar el secreto de su Presencia.

Al mismo tiempo que propone la línea monástica renovada y actualizada, desdibujada por el paso del tiempo y de los siglos, enseña a los cristianos a vivir la vida contemplativa en el mundo, viviendo los avatares de lo cotidiano.

“En Merton convivieron durante toda su vida tendencias e impulsos muy marcados y antitéticos: silencio y palabra, soledad y comunidad; memoria y profecía; trascendencia e inmanencia, crítica y esperanza, oración y servicio, la vía de la luz y la de la noche”.

LA UNION DE LAS DISTINTAS RELIGIONES. SU ECUMENISMO

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En la Abadía de Gethsemani, hay una lápida, adosada a una de las paredes de entrada al cementerio, en el que aparecen inscritos los nombres de los monjes difuntos del Monasterio. Entre la larga letanía de quienes pasaron a la Casa del Padre aparece un nombre: “Diciembre 10 N. Ludovicus. Sacerdos 1968”. Así de escueto. Es todo lo que queda de tanto título como en vida aureoló de popularidad y gloria al P. Thomas Merton. Después de todo es lo esencial para todo aquel que haya sido ungido sacerdote. Todo lo demás es accidental porque pasa: sólo es inmarcesible la palabra del Salmo 109,”El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”.